sábado, 25 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.7 - ( Fans de Grey )

Sumido en la rabia y la impotencia, me levanto, siguiendo el ejemplo de Anastasia. Cuando me giro para salir de la cama veo el ibuprofeno y la pomada sobre la mesilla de noche, y de un fuerte revés los tiro al suelo. ¡Gilipollas!
Fuera se oye el murmullo del agua de la ducha. Anastasia se está preparando para irse. Joder, es de verdad. Esto es de verdad. Mis fantasmas han terminado por expulsar de mi vida lo único que de verdad quería. Y descargo de nuevo un puñetazo en la pared, lastimándome el puño. Pero me da igual, tal vez un poco de dolor físico me distraiga de este tormento.
En mi habitación, me visto, mecánicamente. Tiro los pantalones del pijama lejos, en el suelo, y me pongo unos vaqueros y una camiseta. No soporto más la sensación de intimidad, si ella va a irse. El teléfono suena en el salón. Miro el reloj, totalmente desubicado. Las nueve menos cuarto. Termino de vestirme con una camiseta y voy hacia allá.

-Grey –digo, tratando de ocultar la angustia en mi voz.

-Señor Grey. Soy Welch. Perdone que le moleste a estas horas, pero ha ocurrido algo. Se trata de Leila.

¡Leila! Me había olvidado completamente de Leila, de y toda aquella historia.

-Claro, Welch, dime.

-Se trata del doctor que la atendió, señor Grey. Hemos rastreado los archivos de su consulta, y resulta que Leila no pidió el alta voluntariamente.

-¿Qué? – le pregunto, incrédulo, intentando todavía volver a poner mi mente en esta historia.-

-Como lo oye. Se la dio él. La ha citado a diario desde entonces para hacer revisiones de su estado. Y… Leila ha acudido. A todas.

-¿Todo este tiempo ha sabido dónde encontrarla?

-Así es. Dejó un número de teléfono. He llamado pero lleva horas no disponible. Acabo de hablar con una de las asistentes del doctor, y me ha dicho que ayer salió muy alterada de la consulta. Que la escuchó decir: Iré a por ella, iré a por ella si hace falta. Y ninguno de vosotros me lo va a impedir con vuestras mierdas, vuestras pastillas, vuestras terapias. Dice que salió de allí como una exhalación.

-¿Te ha dicho que dijo eso? –respondo, gritando. No puedo poner en peligro a Anastasia. Más no.

 – ¡Mierda! Tendría que habernos dicho la puta verdad desde el principio, joder. Tengo que llamarlo, dame su número. Yo me encargaré. Joder Welch, esto es una puta cagada monumental.
No sabemos dónde está ahora mismo pero la última señal del GPS de su teléfono la ubica cerca de aquí, en Bellevue.

Noto movimiento en el salón y alzo la vista. Anastasia acaba de entrar, vestida con sus viejos vaqueros y una camiseta pequeña, el pelo recogido en un moño descuidado, en lo alto de la cabeza. No me mira, pero sé que me ha visto. Sabe que estoy ahí y, consciente de ello, recorre la estancia evitándome, ignorándome.

-Encontradla Welch. Cuanto antes.

Cuelgo el teléfono y observo a Anastasia dar sus últimos pasos por mi casa. La veo moverse con tanta naturalidad, esquivando los muebles, danzando entre las mesas y las sillas, como un hada. Como un hada madrina que me ha rescatado, y está a punto de marcharse, de romper un hechizo. Se acerca al sofá, donde está todavía su mochila, desde la noche pasada. Saca el Mac de ella, y avanza con él en la mano hasta la barra de la cocina, donde lo deja, junto a las llaves del coche, y la Blackberry. No quieres nada de mí, ¿verdad, Anastasia? Ni siquiera estas simples cosas materiales. Y lo entiendo. Yo tampoco quiero nada de mí.

-Christian –se gira hacia mí, muy seria-, necesito el dinero que le dieron a Taylor cuando vendió mi coche.

Suena fría, dura, lejana. Como si haber tomado la decisión de marcharse la hubiera llenado de fuerza y determinación.

-Vamos Anastasia, quédate esas cosas. Son tuyas, yo no las quiero. Llévatelas.

-No, de ninguna manera –responde, siempre fría, siempre dura y distante. – Nunca las quise. Las acepté de mala gana. No las quiero.

-Sé razonable – sin saber por qué, me descubro ganando tiempo. Como si discutir sobre los regalos que le he hecho pudiera comprarme unos minutos más a su lado.

-Christian, ¿no lo entiendes? No quiero absolutamente nada que me recuerde a ti. Por favor, dame el dinero que le dieron a Taylor por mi coche. Es lo último que voy a pedirte.

-¿Estás intentando hacerme daño? -¿por qué, por qué sacarme así de su vida? ¿Por qué olvidarme, borrarme, eliminarme? Me cuesta asumir que le haya podido hacer tanto daño.

-No. No es eso –responde, ahogando algo más.- Sólo quiero protegerme.

Lo he hecho tan mal que es de mí de quien se tiene que proteger. Yo, que sólo quería cuidarla. Y que no he sabido.

-Anastasia, por favor, quédate esas cosas. Son sólo eso. Son sólo cosas.

-Te he dicho que no, Christian. Además, no tengo ganas de discutir. Por favor, dame el dinero.

-¿Un cheque está bien? –pregunto, consciente de que he perdido la batalla.

-Claro, yo creo que puedo fiarme de ti –bromea.

Desparezco dentro de mi despacho, y saco la chequera del primer cajón. Relleno un cheque por el importe del escarabajo, y algo más. No quiero que a Anastasia le falte de nada, y si no voy a estar cerca para proporcionárselo, necesito estar seguro de que lo tiene. Levanto el auricular del teléfono y tecleo el número de marcación rápida.

- Taylor, soy yo. ¿Podrías subir? Necesito que lleves a la señorita Steele a su casa… Sí, ahora mismo. Gracias.

Introduzco el cheque en un sobre, y vuelvo al salón. Sigue de pie, quieta en el mismo sitio en el que la he dejado. Me acerco a ella y se lo alargo.

Tu escarabajo era un clásico, así que Taylor consiguió un buen precio por él. Puedes preguntárselo, si no me crees –digo, anticipándome a sus eternas protestas por todas mis decisiones. ¿Será ésta la última de sus protestas, de sus miradas de reproche? Dios, qué tristeza… Será mejor que termine cuanto antes esta agonía. Y con el rabillo del ojo veo a Taylor, entrando en el salón y saludándome con un gesto de la cabeza –Te llevará a casa.

-Puedo ir sola a casa –rechaza mi ofrecimiento-

.- Muchas gracias, no es necesario que me lleve.

¡Joder! ¿Hasta el final tiene que rebatírmelo todo? ¿Cuestionármelo todo?

-¿Es que me vas a desafiar en todo, Anastasia?

-¿Pero por qué voy a cambiar mi manera de ser? –responde, cansada.

Puede que tenga razón. Esto es lo que ha sido siempre. Mi forma de ser, su forma de ser. Pero sólo quiero que deje que Taylor la lleve a casa, sólo quiero hacerle la vida más fácil.





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