sábado, 18 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 25.9 - ( Fans de Grey )

¿Qué más, Anastasia? -Tanta insistencia acaba por provocar mi curiosidad. -¿Qué creías que me habías dicho?

-Mm… eres desagradable y altivo, y que en la cama eras desastroso. Buen intento de capear el temporal, Anastasia, pero no lo has conseguido.

-Estupendo, todo es lamentablemente verdad, pero estoy intrigado. ¿Qué es eso que no quiere decirme, señorita Steele?

-Nada –dice, demasiado rápido. –Absolutamente nada.

-Mientes fatal, Anastasia.

-Sólo que creí que después del sexo ibas a hacerme reír.

-¿Esperabas un chiste? –sonrío, qué poco me conoce… -Imposible, no sé contarlos.
 
-¡¿En serio?! ¡Algo que no sabes hacer!

-Soy malísimo contándolos.

Anastasia estalla en una carcajada.

-Tengo que reconocer que yo también los cuento fatal.

-Anastasia, me encanta oírte reír –le susurro al oído, besando su rostro.- Pero si estás intentando ocultarme algo voy a tener que torturarte hasta que me lo cuentes.

Sin dejar de reír me devuelve el beso, y se deja caer sobre la cama, de espaldas, agotada.

-¿Cansada? – le digo.

-¡Agotada! –responde ella.

-Ven aquí.

La tomo entre mis brazos, y la levanto de la cama. Y así, en volandas, la llevo hasta mi habitación, desnudos los dos, por la casa en total silencio. El suelo sin cubrir por la alfombra me recuerda el incidente con Leila, pero no quiero pensar en eso ahora. Estamos bien, estamos juntos, y solos. Nada va a sucedernos.

Aparto la sábana de arriba con un rápido gesto y deposito a Anastasia dentro de la cama, sobre los cojines. Me acuesto a su lado, cubriendo nuestros cuerpos, sobre los que el sudor empieza a enfriarse. En la habitación sólo entra la claridad de la luna reflejada en las nubes, que esta noche están muy altas. Debajo las luces de Seattle brillan como en una postal a través del ventanal.

-Qué bonito es esto Christian. Qué bonita se ve la ciudad desde aquí.

Se gira hacia el cristal, hacia el perfil de la ciudad. Cubriendo su espalda con mi pecho, acaricio su pelo oscuro, empapándome de su olor.

-Duerme, Anastasia.

Casi inconsciente suspira muy profundamente.

-Duerme tú también –me dice. Sonrío, es la única persona que se atreve a darme órdenes.
De todos modos sé que no voy a dormir.

-Shh –insisto. – Deja de hablar. O por lo menos, hazlo en sueños.

Farfulla algo sin ningún sentido ya. Está dormida. Me quedo unos minutos a su lado, sintiéndola vivir a mi lado, notando el calor de su cuerpo junto al mío debajo de las grises sábanas de seda. Sintiendo lo extrañamente feliz que me hace tener compañía, compartir algo. Y cómo quiero más, yo también. Yo también quiero más, quiero compartir más. Pero, ¿estaré a la altura? ¿Seré capaz de dejar caer mis muros, mis barreras, y abrir una puerta por la que ella quiera entrar?

El temor de perderla me asalta, la falta de control, la posibilidad de no controlar la situación me recuerda su nuevo trabajo, y cómo no he estado suficientemente rápido ahí. Pero no es tarde aún, puedo hacer algo al respecto.

Con mucho cuidado para no despertarla, me escurro de entre las sábanas, me pongo el pantalón del pijama y salgo de la habitación en silencio. Cierro la puerta y me dirijo a mi despacho. En google tecleo SIP para descubrir que Seattle Independent Publishing pertenece el grupo editorial del Pacífico Noroeste está a punto de quebrar. ¿Grupo Editorial del Pacífico Noroeste? Un nombre bastante pretencioso para una empresa casi en quiebra, por mucho que su rama editorial del SIP se mantenga a flote.

De: Christian Grey
Fecha: 4 de junio de 2011 04:14
Para: Andrea Morgan
Asunto: ojo a las Seattle Independent Publishing
Buenos días Andrea,

Por favor, encarga un informe sobre las finanzas del SIP. Pertenece al Grupo Editorial Pacífico Noroeste y creo que, por lo menos algunas partes del mismo, están a punto de entrar en suspensión de pagos.
Muchas gracias.

Christian Grey, presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

En mi bandeja de entrada entran varios mensajes, y no me siento con fuerzas de dedicarle mi atención a ninguno de ellos. Bajo la pantalla del ordenador y me dirijo al mueble bar para servirme una copa. Hago tintinear los hielos en el vaso, y miro a mi alrededor. Sobre la barra de la cocina siguen los platos de la cena, sin recoger. En el suelo, cerca de la puerta, la mochila que Anastasia traía colgada del hombro. Cuántas cosas han cambiado, en poco tiempo.

Me acerco al piano, y deposito el vaso en una pequeña bandeja sobre la tapa. La acaricio con los dedos antes de abrirla, y sin querer mis dedos recorren las teclas, reproduciendo la melodía de Thomas Thallis, una vez más.

Los recuerdos no son un préstamo, señor Grey. Eso me había dicho el doctor Grey esta misma tarde, al hablarle de lo que el motete había despertado en mí. Aquél niño que se acurrucaba entre la cama y la pared era usted. No era otro. Lo que ha vuelto hoy a la vida no era un recuerdo prestado, no era una historia que alguien le contó. Tiene que poseer sus recuerdos. Y manejarlos como tal. Recupere a ese niño herido, y sánelo.

Eso había hecho. Sanar un recuerdo herido. A partir de hoy el motete de Thomas Thallis ya no sería la sensación de angustia ligada a aquél niño que me atormentaba, sino que sería Anastasia la pobladora del recuerdo. Y no por el placer que me había provocado, sino por la sensación de seguridad que me da tenerla cerca, completamente opuesta a la del niño desvalido en la casa de acogida. El recuerdo vuelve a abatirme, e intento salir de él, tocando otra cosa.
Algo en mi radar detecta un movimiento al otro lado de la habitación. Anastasia está de pie, envuelta en un albornoz, escuchándome tocar. Sin decir nada, bajo la vista hacia las teclas otra vez, y sigo tocando.

-¿Por qué no estás durmiendo? Son las cinco de la mañana –le digo cuando se acerca.

-¿Y tú?

Está  tan terca que me hace sonreír.

-¿Acaso me está regañando, señorita Steele?
 
-Un poquito, señor Grey.

-No podía dormir –digo.

Se sienta a mi lado, visiblemente cansada, y apoya su cabeza en mi hombro.

-¿Qué estás tocando?

El opus 28 de Chopin. El preludio número 4 en mi menor, por si quieres saber más.

-De ti, siempre quiero saber más
.
Noto en su voz que se pierde conmigo. Que no sabe por dónde acercarse, y es mi culpa. Los muros que me rodean son tan altos… Por eso no puedo dormir, Anastasia. Beso su pelo a modo de disculpa.

-Perdona, no quería despertarte.

-Traquilo, no ha sido el piano. Será el jet lag, tengo el sueño alterado. ¿Podrías tocar la otra? –pregunta, más relajada.

-¿Cuál es la otra?

-La que tocaste la primera noche me quedé aquí, en tu casa. Una pieza de Bach.

-Ah –ya caigo. –Marcello.

Las notas de Bach salen de mis manos sin esfuerzo, que serpentean sobre las teclas moviéndose en un medio único: el que siempre he utilizado para expresarme. Cierro los ojos e intento que la melodía le transmita a Anastasia todo lo que yo no le puedo decir. Que sea la puerta abierta a mi alma.





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