miércoles, 22 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.4 - ( Fans de Grey )

Levanto el brazo y el cinturón me roza un hombro. Con todas mis fuerzas, golpeo.

- ¡Aaaahhhh! – el grito de Anastasia es desgarrador. Atraviesa el aire en la habitación, me atraviesa a mí. Su cuerpo se ha sacudido bajo el crujir del cuero al restallar contra la piel de sus nalgas, rápidamente enrojecida. Su grito no acaba. Su grito me duele, pero tengo que seguir.

- ¡Anastasia cuenta! –las reglas son las reglas.

- ¡Uno! –dice, con un alarido.

Armo el brazo de nuevo. Seis, le he dicho. Aún me quedan cinco golpes más. Golpe.

- ¡Dos!  Y una nueva marca roja cruza la piel erizada de su trasero. Uno más.

- ¡Tres! –chilla entre dientes.

Con cada golpe Anastasia se agarra más y más a los bordes del banco. Su cuerpo responde con muestras inequívocas de dolor: la carne bajo las uñas de las manos se torna blanca de la presión, los músculos de su cuello se tensan, los pies luchan por no despegarse del suelo mientras los talones conducen la intensidad del golpe de vuelta hacia las nalgas con el efecto rebote del dolor. Cargo de nuevo.

- ¡Cuatro!

Echo un vistazo rápido a su cara. Las lágrimas se escapan de sus ojos cerrados. Llora. De dolor. De rabia. De humillación. Anastasia no es una sumisa. Y yo tengo que acabar con esto de una vez por todas.

- ¡Cinco!

- ¡Seis!

Suelto el cinturón y desde donde estoy me inclino para cubrir su cuerpo con el mío, para  abrazarla, pero me rechaza. Soltando las manos del borde del banco me empuja lejos de ella, toda ira, toda rabia.

- ¡No! ¡No te atrevas a tocarme! – la furia que sale de sus ojos es aún peor que la de sus palabras.
Se seca las lágrimas torpemente, con el dorso de la mano, con la manga del albornoz. Se incorpora y se cubre la parte inferior del cuerpo atravesada por seis rastros rojos, seis marcas del dolor que le he causado.

- ¿Es esto lo que de verdad te gusta? – pregunta, entre las lágrimas. -¿Te gusta verme así?

Déjame acercarme Anastasia, déjame consolarte. No sé cómo enfrentarme a ella. Es la primera vez que me ocurre esto, que siento que he pegado a alguien, que el placer no ha sido el medio que me ha hecho llegar aquí y, mucho menos, el fin. Anastasia está rota de dolor y de rabia. Y me culpa.

- Eres un jodido hijo de puta –me fulmina, protegiéndose detrás del banco, para que yo no pueda alcanzarla.

- Ana –arranco, tratando de calmarla.

- ¡Nada de Ana! ¡Soluciona tu mierda, Grey!

Cerrándose el albornoz con las manos hasta el cuello, sale del cuarto de juegos, dejándome clavado allí. Inmóvil. Perdido. Sin saber qué hacer.

¿Qué he hecho? ¿Cómo he podido? ¡Anastasia! A lo lejos escucho los pasos que bajan del cuarto de juegos, que se alejan en dirección a su habitación. Escucho una puerta que se cierra. Y de repente ya no escucho nada. Ya no hay nada. No hay nada porque Anastasia se ha marchado.
¿Por qué accedí a sus deseos? ¿Por qué dije que sí, que le enseñaría cuánto podía doler? Derrotado, me apoyo sobre el banco en el que hace un momento estaba recostada ella, y resbalo hasta el suelo, y me siento. Soy un extraño en mi propia casa, vestido con los pantalones del pijama aquí. Nada de todo esto ha estado bien. El cuarto de juegos tiene unas normas y yo mismo me las he saltado. Aguzo el oído, intentando descubrir si Anastasia se va, o se queda. Por favor, quédate, quédate. Pero, ¿cómo va a quedarse, después de lo que acaba de pasar, aquí? He visto el terror, en sus ojos, he visto el odio y el desprecio.

Oh dios mío, Ana, perdóname… Perdóname por haberte metido en mi mierda. El recuerdo de su piel atravesada por los golpes del cinturón vuelve a mi mente. Sus gritos al sentir los golpes, sus sollozos ahogados. Un nudo sube desde mi estómago hasta la garganta, luchando por salir.

- ¡Joder! –reviento al fin, golpeando el banco con el puño cerrado. – ¡Joder! ¡Joder!

¿Qué coño me pasa? ¿Cuál es mi problema? Miro mis puños apretados, que tiemblan. Miro mi cuerpo, desmadejado en el suelo, a los pies del banco que ya no será más un banco, sino un potro de tortura. Eso era lo que se leía en los ojos de Anastasia. Anastasia, mi Anastasia…

Aprieto las mandíbulas luchando por reprimir las lágrimas, que amenazan con desbordar mis ojos. Y me levanto del suelo, dispuesto a intentar que la mujer que amo no salga de mi vida para siempre. Pero, ¿cómo? Muévete Christian. Aquí parado no vas a conseguir nada, me dice algo en mi interior. Ve a por ella. Lucha. Por ella.

Salgo de la habitación, y repito el recorrido que ha hecho unos minutos antes Anastasia. Temo tanto su reacción que mi paso es débil, lento. No sé exactamente dónde ha ido a refugiarse. La puerta de mi habitación está abierta así que no puede estar ahí. El portazo lo he oído claramente. Si ha ido a la suya significa que es el fin. Anastasia odia esa habitación, odia el concepto de ser una más, de ser la siguiente después de la anterior. Ella quería compartir mi vida, mi cama, mi espacio. Nunca quiso dormir allí, ni había necesitado el refugio. Christian eres gilipollas. Esta vez la has jodido pero bien. Inútil, trato de pensar en qué puedo hacer para ofrecerle consuelo y mitigar su dolor. Ibuprofeno tal vez ayude, incluso una pomada antiinflamatoria, que recojo del mueblecito de las medicinas del baño. Y sintiéndome un completo imbécil voy a su cuarto.

Mis pies descalzos no hacen ningún ruido sobre el suelo. El amanecer es sólo una línea que se dibuja sutil en el horizonte, detrás del perfil de los edificios de un Seattle que comienza a despertar ajeno al drama que acaba de tener lugar aquí dentro. A nadie le importo. Sólo a Ana le importaba, y la he jodido. Al llegar a la puerta de su habitación me detengo, pensando cómo hacerlo. Pensando qué decir y cómo decirlo, puesto que éstos podrían ser nuestros últimos momentos juntos. Y no quiero. Con miedo de encontrármela metiendo las pocas cosas que trajo en su mochila giro el pomo de la puerta, sin perder un solo segundo más. El metal está frío bajo mi piel. Una piel que nunca antes había sido tan sensible, ni tan culpable. Nunca antes le había hecho daño a nadie así.

La habitación está casi a oscuras, y en medio de la penumbra vislumbro el bulto de su cuerpo entre las sábanas, acurrucado en la cama. Contengo la respiración, y le doy unos instantes para que diga algo, si quiere. Si necesita que me vaya, lo haré. Me pida lo que me pida, lo haré. Pero no dice nada. En el silencio atronador de la casa el ritmo constante de sus sollozos es una música endiablada. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la oscuridad.










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