viernes, 17 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 25.8 - ( Fans de Grey ) ADULTOS

De pie en la cama, observo a Anastasia mientras me desnudo yo también, deslizando mis viejos pantalones vaqueros hacia abajo, desde mis caderas. La observo, sintiendo cómo su respiración entrecortada se vuelve calma otra vez. Su pecho sube y baja rítmicamente, pero cada vez más lenta, más intensamente. Más profundamente. Respira Anastasia, respira.

Cuando el himno vuelve a empezar otra vez y la misma voz femenina del principio implora al dios de todos los hombres reconocimiento ante su humillación, me coloco sobre ella. Noto su calor que sube, a través del poco aire que nos separa. Su piel, enrojecida por las colas del látigo, se eriza al más mínimo contacto con la mía. A horcajadas encima de su vientre, pero sin tocarla, acerco mis labios a su cuello, dispuesto a recorrer todo el camino que me separa de su sexo. Después del guante. Después del látigo. Ahora me toca a mí. Sin ninguna prisa. A medida que más y más voces se van sumando a la que ya cantaba, con más intensidad lamo su cuerpo, beso su piel, la araño con mis dientes. El cuerpo de Anastasia se convulsiona mínimamente, lo poco que le permiten los grilletes. Tomo entre mis manos sus pechos, y mordiendo un pezón, pellizco el otro, de modo que el pico agudo llegue desde ambos a la vez.

¡Aaaaaaahhhhh! –grita.

Pero esta vez la dejo gritar: no puede oírse. Succiono sus pezones antes de abandonarlos, los lamo, trazo círculos alrededor de ellos suplicando perdón por el dolor recién infligido, a sabiendas de que es un dolor placer, más placer que dolor. Y sigo bajando por la línea que une el esternón y el ombligo. Anastasia gime sin parar, ignorante de los sonidos que emite su cuerpo, perdida en la negrura del antifaz, en el sonido de las cuarenta voces que ahora cantan Dios de Israel, que puedes mostrar tanto la ira como la gracia. Eso es justo lo que voy a hacerte yo, Anastasia. Mostrarte mi ira y mi gracia. En esto consiste el juego en el cuarto rojo.

Llego a su sexo y con las manos separo sus labios, de modo que su clítoris quede entero a mi merced. Lo lamo sin piedad, de arriba abajo, con la fuerza justa. Anastasia gime, grita, implora, levanta las caderas de la cama, elevándose, basculando su pelvis de manera que mi lengua entre dentro de ella. Y así lo hago, la introduzco en su interior, saboreando sus flujos. Cuando noto que está al borde del éxtasis me detengo. Quiero que se corra conmigo, quiero estar dentro de ella cuando explote. Vas a tener que esperar, Anastasia, pero va a ser sólo un momento.

Arrodillado sobre la cama rápidamente me lanzo hacia los grilletes que le inmovilizan los tobillos y los abro, liberando sus piernas y ella, torpemente, las apoya sobre mi pecho. Aprovecho para tomarla de las caderas y la levanto, lo justo para que su sexo quede a la altura del mío. No pesa, es tan ligera… Y la penetro, entro entero dentro de ella, de una sola vez. Necesitaba esto, Anastasia. Necesitaba estar dentro de ti. Sosteniéndola en el aire, con las manos bajo su culo, aguantando su peso, arqueo la espalda para hacer más profunda la penetración, y llegar lo más recóndito de su cuerpo y ahí, sólo ahí, empiezo a embestir, a deslizar su cuerpo sobre mi pene rítmicamente, hasta que noto su primera convulsión. Entonces paro. Aún no, Anastasia.

¡Aaaahhh no pares, por favor!

Sí Anastasia. Sí paro. Paro cuando yo quiera, y cuando quiera seguir seguiré. Hoy, y aquí, soy el dueño de tu placer. Y para hacérselo saber aprieto sus nalgas entre mis manos. Fuerte. Comprende el mensaje y cesan sus imploros, sus lamentos. Bien hecho Anastasia. Cuando por fin se queda quieta vuelvo a entrar en ella que está preparada para recibirme, su cuerpo ligero otra vez. Y ahora por fin, hemos entrado los dos en la sintonía de Thomas Thallis. Ella se está dejando hacer, ha abandonado la voluntad de guiar sus sensaciones y simplemente se deja penetrar por mí, apoyada sólo con sus hombros en la cama, los brazos aún presos de los grilletes. Entro y salgo al ritmo de la música y nuestras respiraciones se acompasan. Anastasia gime casi en silencio, se lame los labios, gira la cabeza a un lado y a otro. Y entonces, justo cuando los ocho coros de la pieza musical alcanzan su punto álgido, el punto en el que las cuarenta voces de los cinco coros convergen, ella mueve la boca.

- Por favor –me parece adivinar que dice. – Por favor…

Está al borde del orgasmo, de nuevo. La apoyo sobre la cama y me coloco sobre ella, mis manos a los lados de su cuerpo. Y entonces la penetro. Una sola vez. Hasta el fondo. Anastasia llega al orgasmo en medio de un grito ahogado. Las convulsiones de las paredes de su vagina son tan fuertes que hacen que acto seguido, termine yo también, antes incluso de que cesen. Gimo. Fuerte. Pero mi voz se pierde entre los coros. Apenas puedo oírme. Soltando algo más que la intensidad de un orgasmo, me dejo caer sobre Anastasia.

Las cuarenta voces se van apagando, y la atmósfera del cuarto rojo es casi mágica. El olor de la madera se intensifica con el de los cuerpos sudados, los sentidos siempre se agudizan después de una experiencia sexual tan intensa. Apoyado sobre los codos salgo de ella, apago el equipo de música y retiro los grilletes de las muñecas de Anastasia, le aparto el antifaz y los auriculares.

Hey, hola -le digo.

Parpadea rápidamente, sus ojos intentando acostumbrarse a la luz de la habitación que, por tenue que sea, resulta cegadora después de haber tenido el antifaz puesto.

Hola –ella sonríe, y yo la beso.

Lo has hecho estupendamente. Ahora date la vuelta.

Sus ojos se abren en un gesto de incredulidad.

-Tranquila, quiero darte un masaje en la espalda, nada más.

Se gira sobre sí misma y se tumba en la cama, boca abajo, para que pueda tratar sus músculos agarrotados.

-¿Qué ha sido eso Christian? ¿Esa música?

- Es una pieza de Thomas Thallis. El motete a cuarenta voces. Son ocho coros de cinco cantores cada uno, al unísono.- Estoy a punto de contarle todo… pero no.- Siempre he querido follar con esta pieza.

- ¿Tu primera vez? También lo ha sido para mí.

Anastasia ríe, abandonada al placer de recuperar el riego sanguíneo en sus hombros y sus brazos.

-Hay algo que quiero preguntarte, Chr… señor. Quiero saber qué es lo que te dije en sueños.

-Me dijiste un montón de cosas, Anastasia –y todas me gustaron, pienso.- Me dijiste que querías más, y que me extrañabas. Y algo incomprensible acerca de jaulas, y de fresas.

-¿Ya? ¿Estás seguro de que no te dije nada más?





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