lunes, 27 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.9 - ( Fans de Grey )

Con los ojos nublados por las lágrimas, abro el denso aire para recoger el cinturón del suelo. Apenas con dos dedos, el tacto del cuero en mi piel abrasa. Enloquecido, grito de nuevo. Las mandíbulas apretadas, como si en el mordisco pudiera liberar todo el mal que llevo dentro. Y golpeo. Golpeo. Golpeo sin cesar. Golpeo las paredes, golpeo el banco, recién convertido en potro de tortura para mi pobre Anastasia, mi dulce Anastasia. Sin control, los latigazos destrozan todo a mi alrededor. Fustas, atizadores, pinzas, plumas, todo cae al suelo, cruje bajo mis pies cuando lo piso. Astillas de la madera de la cómoda saltan por los aires bajo los golpes de la hebilla del cinturón, que no perdona. No perdonó antes, y no lo hará ahora.

Y no perdonó ni perdona no porque el mal sea parte de él, sino porque yo lo llevo, yo lo guío y lo conduzco. Era mi mano la que empujaba cada golpe. La misma mano que nunca estuvo tan viva como cuando acariciaba su piel desnuda. Y el recuerdo de los momentos felices me enciende aún más. Tiro el cinturón y con las manos termino de destrozar todo. Rasgo las sábanas entre gritos, armado sólo con mi rabia y mi pena arranco los grilletes de los postes de la cama. Los grilletes que una vez sostuvieron sus tobillos, sus muñecas. Anastasia…

¡Anastasiaaaaaaa !

Acurrucado en el suelo, agotado, magullado y derrotado, hago lo único que puedo hacer. Lo último que puedo hacer. Estiro la mano hasta llegar al iPod, que apenas se ha salvado de mi afán destructivo, y pulso el play. Las voces que Thomas Tallis ideó para una reina servirán ahora para torturarme. Sólo quiero mi castigo. Sólo quiero sentir el dolor que está sintiendo ella para así, tal vez, liberarla. Subo al máximo el volumen, es ensordecedor, y me trae recuerdos encontrados. El muchacho de la casa de acogida, el cuerpo de Anastasia desnudo, mis lágrimas y mi impotencia, la sal del llanto y el sudor del sexo. Merezco sufrir. Y si hay un Dios, que me oiga, y me haga sufrir para liberarla.

He perdido la noción del tiempo. El motete a cuarenta voces se repite en bucle, aturdiéndome. Han pasado las horas y empiezo a tener frío, me duelen los músculos, los huesos, la cabeza me va a estallar. El silencio en el resto de la casa es ensordecedor. Le di el día libre a Gail para poder estar con Anastasia, a solas. Y sólo Taylor sabe que ella no está, pero no se atrevería a venir sin que yo le llamara. Sólo estoy yo, y así será el resto de mi vida. Apago el reproductor y me levanto, a duras penas, del suelo. Aparto con los pies los restos del destrozo que mi furia ha dejado a su paso, los restos de la vida que soy y que alejaron a Anastasia de mí para siempre. Los restos de una vida que soy yo y que odio. Arrastrando los pies, salgo del cuarto al que no creo que jamás vuelva a entrar. Lo quemaré todo. Tapiaré la entrada. Lo borraré. Y bajo las escaleras en dirección a mi habitación. Necesito ducharme, necesito lavar mi ira y descansar. Comer. Beber. Vivir, aunque no lo merezco.

El agua, como siempre, purifica. Levanto la cara para que corra por mi cara, dejando que entre en mi boca por la comisura de los labios, bañando su interior. El calor sobre mi piel me recuerda que estoy vivo y que una vez, solamente una vez, fui amado. Y ser amado es la única cosa comparable a la paz, al sosiego. Y me prometo a mí mismo, bajo lo más puro y lo más limpio que existe que nunca, nunca, volveré a amar a otra. Nunca lo hice antes, ni lo haré después. Consagraré mi vida al amor que no merezco, para así tratar de redimir la culpa que me provoca haber hecho que me quisiera y no haber sabido corresponder. Nunca traicionaré a Anastasia. Si amarla implica dejarla ir, así lo haré. Si amarla significa mantenerla lejos para que no sufra, así lo haré. Y penaré solo, sabiendo que es ella el sentido de mi vida. Sabiendo que he tenido la suerte de conocer al ser más dulce, más generoso y más valiente que ha pisado la tierra.

Busco mi imagen a través del vaho en el espejo, que me devuelve una figura borrosa, fría. Torpemente me seco, me aparto de mí. Y como si tuvieran vida propia, mis pies se dirigen al maldito cuarto en el que nos recostamos juntos por última vez. Un bulto llama mi atención sobre la cama. Una bolsa. Me acerco a abrirla con el corazón encogido, esperando que pueda ser la clave de la jugarreta del destino. Que sea algo que quiera decir que volverá. Que no se ha ido. Pero el corazón vuelve a rompérseme cuando al abrir la bolsa veo una maqueta del Blanik L123. El puto planeador. Y una nota manuscrito:

Esto me ha traído recuerdos de un tiempo feliz. Gracias.
Anastasia

Me tumbo en la cama y coloco el planeador a mi lado. Aprieto la nota en la palma de mi mano, pensando yo también en un tiempo feliz. Fuimos felices, Anastasia, tú y yo, fuimos felices. ¿Qué te he hecho, pequeña?

Las sábanas aún conservan el olor de su piel, en la almohada aún se adivinan los círculos oscuros de sus lágrimas. El ibuprofeno y la crema de árnica todavía están en la mesilla. El tiempo sigue detenido. El sol ha salido y se ha puesto otra vez. No hay razón para desear lo contrario. Sólo quiero la noche. Sólo quiero encontrar una estrella en lo más alto del cielo, y que me haga compañía. Porque nadie más se podrá acercar a mí nunca más y, después de haber conocido el calor del amor, me aterra quedarme solo. Con los ojos entrecerrados escruto cada centímetro del cielo que nos cubre ahora, por separado, a ella y a mí. ¿Dónde estás, Anastasia? ¿Cómo estás? Miro dubitativo el teléfono, pensando si llamarla. ¿Por qué? No quería el teléfono, no quería nada de mí, “arregla tu mierda”. No puedo llamarla, no tengo derecho pero, ¿cómo voy a saber que está bien? Me ocuparé siempre de que esté bien. Aunque ella no lo sepa. Jamás, jamás, dejaré que nada le ocurra.

Detrás de la aguja una estrella titila. Mi estrella. Dejando que brille en la distancia, le confío todos mis pecados, todos mis miedos y mis angustias. Con Anastasia cometí el error de no saber quién era, de dudar de mí y de tratar de ocultarme. Pero me descubrió y lo que vio hizo que se horrorizara. Y, rendido, caigo en un profundo sueño, abrazado a las sábanas que un día antes la abrazaron a ella.

Hace mucho frío, y todo es grande, enorme. Las sillas, las mesas, los pomos de las puertas están a una altura inalcanzable. Intento ponerme en pie, pero no puedo. Y gateo, gateo por una moqueta sucia, rancia, levantada a veces, haciéndome tropezar. Mis torpes manitas pequeñas (¿por qué, tan pequeñas?) se enganchan en las fibras podridas. Anastasia está sentada en el viejo sofá verde de mi madre, vestida con un body de cuero negro.




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