domingo, 16 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 28.5 - ( Fans de Grey )

- Pero eso es espantoso Christian, es terrible.

Es tan terrible que todavía me cuesta creer que fuera real. Que cuando lo pienso entiendo la oscuridad de mi alma, el rencor, la distancia. Las sombras que han cubierto todo desde que nací, el sol que no vi en años. El sol que me cuesta ver todavía. El sol que es Anastasia y que no ha podido retirar las cincuenta sombras que me conforman.

- Cincuenta sombras –murmuro en voz alta, terminando mi reflexión.

Anastasia, respetuosa, comprende que no puedo seguir, que no quiero seguir hablando, y se recuesta de nuevo sobre mi pecho lleno de sombras y de cicatrices. Marcas en mi piel que queman como el primer día cada vez que soy consciente de que están ahí, y de cómo llegaron. Puccini termina y vuelve a empezar, el piano suave meciéndonos en la oscuridad de la autopista. Anastasia sostiene aún mi mano en la suya, acariciándola, confortándome. Y me dejo hacer, con la cabeza apoyada en el respaldo, notando el calor de su aliento bajo mi cuello. Poco a poco, sus caricias se hacen lentas, pesadas, se está durmiendo. Duerme, mi ángel, duerme.

Cuando su respiración se hace profunda comprendo que se ha dormido. Y busco en su contacto el alivio que nunca, antes de hoy, había tenido. Y sabiendo que ella está allí, que despertará en unos minutos, cuando lleguemos a Seattle, dejo trepar mis recuerdos de la infancia. Por primera vez, no con los ojos del niño indefenso, sino del adulto que ha encontrado la fuerza en el apoyo de otro ser humano.

Veo la casa en la que crecí. La veo enorme, y yo soy pequeño, soy sólo un niño. La casa de paredes sucias, que alguna vez fueron blancas, y que nadie cuidó. Veo las puertas, de un color gris viejo y desvaído, con los pomos arrancados de su lugar a base de golpes. Veo el pequeño jardín trasero a través de los cristales en los que las gotas de barro rivalizan con las huellas dejadas por dedos grasientos en el interior. Cristales a través de los cuales veo otros patios traseros en los que los juguetes de los niños se amontonan bajo un toldo protector. Triciclos, un columpio, coches… Mi patio sólo tiene moho, verdín y hojas secas que nadie apartó nunca. Bolsas con botellas vacías. Restos de lo que una vez fue una barbacoa.

Veo el sofá verde que protagoniza mis pesadillas últimamente. ¿Fue verde, alguna vez? Aquellos guisantes congelados lo destiñen todo. Tal vez no fue verde, tal vez no fue un sofá, sino un colchón sucio en el suelo en el que mi madre pudiera drogarse cómodamente sin peligro de caer al terminar, completamente colocada.

Veo los pies del hombre gigante, que salen de la casa, estampando contra la pared la puerta doble de la entrada. La interior estaba rota, la de fuera no tenía cerradura y en lugar de cristal había una mosquitera con un agujero del tamaño de un balón de baloncesto. Oigo sus pasos que se alejan por la entrada, hacia el coche que supongo que tendría, aunque nunca me llevó en él. Oigo un motor que ruge, un motor que se aleja, un motor que desaparece. La luz que entra por la ventana es ya muy tenue, atardece. Mamá, llamo. Mamá. Pero no hay respuesta. Me queman has heridas del pecho, no sangran, pero el pus sale de ellas, pegajoso, dejando cercos redondos en la camiseta vieja y rota que llevo puesta. Mamá. Mamá, tengo hambre. Pero mi madre no responde. Su pelo rubio pajizo está abierto en abanico sobre el suelo, el cuello en una posición extraña. Quiero que me abrace, pero no viene hacia mí. Cuando la noche cae del todo y mis ojos se secan de llorar, salgo de detrás del sofá verde para acercarme a ella. Mamá… Mamá… Está fría. Su piel helada parece transparente, pero sus ojos están abiertos. No puede dormir. Qué ingenuo es un niño tan pequeño, que no considera siquiera la muerte como una opción. Ni siquiera yo, que nací rodeado de ella. Que debí estar a punto de morir tantas veces…

El cartel de Bienvenidos a Seattle me devuelve a la realidad, al coche y a Anastasia. Incluso a Puccini, que sigue tocando su piano a través de los altavoces del coche, con una belleza que poco tiene que ver con los recuerdos que me han acompañado todo el camino. Miro a Anastasia unos instantes antes de despertarla. Sus ojos relajados se mueven bajo los párpados cerrados, su boca entreabierta deja salir el aliento de mi vida. Le acaricio con delicadeza la línea del cuello, el pelo. Anastasia dormida es todos los armisticios del mundo. Cualquier guerra pararía por una visión como ésta. El recuerdo de mi madre se solapa por un momento con el rostro de la mujer que amo, rivalizando en placidez. Y me obligo a mirar bien a esta mujer, la real, la de carne y hueso, enfrentando los fantasmas. No son la misma mujer, Christian, me digo. No lo son. Pienso entonces en el regalo que tengo para ella, en la recopilación de canciones que le he grabado, en la que no encontrará ningún resto de mis relaciones anteriores. En la foto de la maqueta del planeador, colocada en la vitrina de mi despacho. En este regalo que he deseado tanto hacerle, y que temía no poderle dar si la conversación de hoy no salía por donde tenía que salir, y ella me rechazaba. Dios, habría sido tanto dolor… Pero no ha sido así. Ella duerme en mi regazo, “¿dónde tengo que firmar?”.

- Taylor –digo, golpeándole suavemente el hombro con un dedo, sin moverme para no despertar a Anastasia.

- ¿Sí señor? –dice, retirándose el casco del oído.

- Vamos a casa de la señorita Steele, por favor.

- De acuerdo, señor Grey.- Y vuelve a colocarse el auricular.

Es hora de despertar a Anastasia.

- Eh –le digo en un susurro. Abre los ojos y me mira, sonriente.

- Perdona, creo que me he quedado dormida –dice.

- Me podría pasar la vida viéndote dormir Anastasia –y dejándote derrotar a mis fantasmas…

- ¿He dicho algo, esta vez?

- No, hoy no. Ya casi hemos llegado a tu casa. Se incorpora para preguntarme:

- ¿A mi casa? ¿No vamos a la tuya?

- No –respondo.

- ¿Pero por qué no? –parece decepcionada.

- Porque mañana tienes que ir a trabajar.

- Ah… -dice, torciendo el gesto.

- ¿Acaso tenía algo en mente, señorita Steele? –pregunto, ansiando la respuesta de sí, meterme en tu cama…

- Bueno… tal vez.

Ha vuelto a sonrojarse, y su rubor se acentúa con las luces naranjas de la ciudad, que atravesamos ahora a toda velocidad.

- Anastasia, no voy a volver a tocarte hasta que me lo supliques.

- ¿Cómo? ¿Por qué?

- Porque así podrás empezar a comunicarte conmigo. La siguiente vez que hagamos el amor tendrás que decirme qué es exactamente lo que quieres, en cada momento.

- Oh, vaya –se lamenta.

En ese momento llegamos frente al portal de su casa, y Taylor detiene el coche.






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