Jack Hyde no era la persona idónea para dirigirla. Hacía falta alguien con una visión fresca, con ideas nuevas, y energías renovadas. ¿Anastasia? Tal vez. En cualquier caso comprar la SIP era la mejor manera de tener bajo control al gilipollas de su jefe, y saber que en cualquier momento podría cortar el grifo, y largarlo de allí. En cuanto se pasara de la raya. Y algo me dice que la está pasando ya. Pero no puedo decírselo así a Anastasia, porque no lo entendería. Y pensaría sólo que es uno de mis movimientos de “obseso del control”.
  • Si hace cualquier intento o acercamiento, Ana, prométeme que me lo dirás. Eso tiene un nombre: conducta inmoral grave. O acoso sexual.
Anastasia abre mucho los ojos antes de responder, y deja caer la mandíbula, incrédula.
  • Vamos Christian, sólo ha sido una copa después del trabajo.
  • Anastasia, te lo digo muy en serio. Si hace un solo movimiento en falso, Jack Hyde acabará en la calle.
El tono de la conversación ha ido subiendo hasta aplacar por completo la complicidad de hace sólo un rato. Ya no hay tensión sexual, ya no hay miradas que hablan solas. Ya no. Ahora sólo está el imbécil de su jefe y una conducta mía que Anastasia no va a querer justificar. Bajo ningún concepto. Pero tendrá que hacerlo. No hay vuelta atrás.
  • Tú no tienes poder para eso –me dice-. ¿O sí? Dime, Christian, ¿lo tienes?
Chica lista, Anastasia… Chica lista.
  • Espera, espera… Vas a comprar la empresa –dice en un murmullo, como si al no articular las palabras fuera menos posible que fuesen verdad.

  • No, no exactamente –respondo, satisfecho.

  • Ya la has comprado. La SIP. Eres el dueño de la SIP –se aleja aún más de mí cuando lo dice.

  • Es posible –digo.

  • ¿Cómo que es posible, Christian? ¿La has comprado o no la has comprado? –su voz empieza a crisparse.

  • Sí, Anastasia, la he comprado.

  • ¡¿Por qué?! –su voz ya es un grito, de incredulidad, de alucine, de miedo.

  • Porque puedo, Anastasia –digo, y podría añadir que porque ese depravado está intentando llevarte al huerto y no estoy dispuesto. Y tú podrías haberlo evitado, podrías haberte venido a trabajar para mí y nada de esto habría sucedido-. Necesito que estés a salvo.
El cuerpo de Anastasia se mantiene tenso a mi lado, cada uno de los músculos listo para reaccionar, listo para la defensa. Sus ojos centellean, y sus labios tiemblan ligeramente. Incluso así está preciosa… Y no voy a dejar que nadie le haga daño.
  • ¡Pero me dijiste que no ibas a interferir en mi carrera profesional, Christian!

  • Y no lo voy a hacer, descuida.
Con un gesto de cansancio aparta la mano,  que le estaba estrechando,  de mí, y se cruza de brazos con un mohín. Está enfadada. Pero yo prefiero que esté enfadada a que esté en peligro. Mueve a ambos lados la cabeza, balbucea mi nombre.
  • Christian….

  • Ana, ¿estás enfadada conmigo?

  • ¡Sí! –responde como un resorte-, claro que estoy enfadada contigo. ¿Cómo no voy a estarlo? Dime qué clase de ejecutivo responsable toma decisiones basadas en la persona que se esté follando en ese momento.
Mientras la noche de Seattle sigue corriendo a ambos lados de la carretera, el silencio se ha apoderado del asiento de atrás de mi coche. Claro que tomo decisiones en función de a quién me estoy follando. Y no sólo eso. Anastasia es tan inocente, sabe tan poco de los “ejecutivos responsables”, como dice ella… He hecho bien en tomar el control de la SIP, porque alguien tendrá que ocuparse de mi niña ingenua e inocente. Alguien que no quiera aprovecharse de ella. Alguien que no quiera engañarla diciendo que se trata sólo de unas copas al salir del trabajo para celebrar su primera semana.

Cuando el coche se detiene delante del edificio de ladrillo al que se ha mudado, Anastasia abre la puerta y prácticamente salta fuera en movimiento. Salgo detrás de ella, y calibrando las posibilidades de poder dormir con ella esta noche, le digo a Taylor:
  • Creo que lo mejor será que me esperes aquí, no tardaré.
Taylor asiente por toda respuesta, y yo salgo del coche. Delante del portal, Anastasia rebusca furibunda las llaves dentro del bolso.
  • Ana… -me mira, roja de ira, conteniendo la respiración…-. Ana, mira, lo primero, hace bastante tiempo que no te follo. Mucho tiempo, a mi parecer. Demasiado. Y segundo, yo ya quería entrar en el negocio editorial. Y de las cuatro editoriales serias que hay en Seattle SIP es la más rentable. Justo ahora, además, está pasando por un mal momento económico, y está a punto de estancarse. Necesita diversificarse, y yo puedo hacer que así sea.
Saca la mano del bolso, rindiéndose a la evidencia de que no encuentra las llaves, y a terminar esta conversación conmigo.
  • Así que ahora mi jefe eres tú –dice, con sarcasmo.

  • Bueno técnicamente no. Soy el jefe de tu jefe, nada más.

  • Y –replica con sorna – técnicamente esto es, ¿cómo habías dicho? Ah, sí, conducta inmoral grave: el hecho de que yo me esté tirando al jefe de mi jefe.

  • Para ser más exactos –respondo a su sarcasmo con más sarcasmo-, técnicamente estás discutiendo con el jefe de tu jefe.

  • ¡Pero es porque es un auténtico gilipollas! –estalla toda su rabia, al fin. Está bien, Anastasia, desahógate. Ya entenderás que lo he hecho por tu bien.

  • ¿Un gilipollas?

  • Sí –responde, sosteniendo el insulto con la mirada clavada en mis ojos.

  • ¿Un gilipollas? –no doy crédito a lo que estoy oyendo, y no puedo disimular una sonrisa.

  • Oh, vamos –dice, apartando la mirada, y esbozando una sonrisa-. ¡No me hagas reír cuando estoy enfadada!
Es tan adorable que me cuesta reprimir las ganas de estrecharla entre mis brazos, de decirle que hasta un “gilipollas” suena dulce viniendo de sus labios. Y ella sonríe también, la tensión diluyéndose entre nosotros.
  • El que esté aquí plantada sonriendo como una estúpida cuando en realidad no quiero no implica que no esté cabreadísima contigo.
Sin poder evitarlo más tiempo, me acerco a ella, y hundo la cara en su pelo. Me esperaba cualquier reacción, cualquiera más del tipo de “eres un obseso controlador”, y un enfado, un portazo, un no te quiero ver más. Pero no un dulce “eres gilipollas”. Y una sonrisa, como guinda del pastel.

- Señorita Steele, es usted imprevisible, como siempre.