miércoles, 19 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 29.1 - ( Fans de Grey )

Apuro el café mientras leo su último mensaje, con una punzada de emoción en el estómago: hemos recuperado la complicidad, y eso me tranquiliza. Y ahora viene lo siguiente: recuperar su cuerpo en mi cama.

De: Christian Grey
Fecha: 10 de junio de 2011 08:38
Para: Anastasia Steele
Asunto: ¿Un plátano es lo único que has comido?
Pues tendrás que esforzarte más, un plátano no va a darte la energía que necesitarás para suplicar.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Un subidón de adrenalina, o de libido, recorre mi cuerpo mientras pienso en ella. Nada que una sesión de gimnasio no pueda apaciguar, por lo menos hasta esta noche. Miro el reloj, las nueve menos cuarto, y calculo que aún tengo tiempo de hacer un poco de ejercicio antes de ir a la oficina, y llamo a Andrea para avisarla.

- Despacho de Christian Grey, le atiende su asistente Andrea Morgan.

- Andrea, soy yo. En una hora estaré en el despacho. ¿Algo urgente que no pueda esperar?

- Buenos días, señor Grey. Nada, Ross está aquí.

- Perfecto. Hasta luego.

- Hasta luego, señor Grey.

Para cuando cuelgo el icono de nuevo correo parpadea en la pantalla de mi ordenador. Pulso la tecla de refresco, sabiendo que es Anastasia la que me ha escrito.

De: Anastasia Steele
Fecha: 10 de junio de 2011 08:41
Para: Christian Grey
Asunto: Eres un pesado

Mire señor Grey, estoy intentando trabajar para ganarme la vida… y ya verá: será usted el que me suplique.
Anastasia Steele
Ayudante personal de Jack Hyde, editor de SIP

Fantástico, quiere que sea yo el que suplique… y la verdad es que no tengo ningún problema en suplicar. De hecho, suplicaría ahora mismo para que pasaran las horas que la separan de mi cama y tenerla aquí ya, desnuda entre mis brazos. Ya veríamos después quién iba a suplicar a quién.

De: Christian Grey
Fecha: 10 de junio de 2011 08:43
Para: Anastasia Steele
Asunto: ¡desafío aceptado!

Señorita Steele, vaya vaya… ¿Sabía usted que me encantan los desafíos?

Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Bajo la tapa de mi ordenador portátil, y voy a preparar el equipo para el gimnasio. Me siento extrañamente lleno de energía, a pesar de la mala noche que he pasado. Esta mujer, y la promesa que entrañan las súplicas de las que no hemos parado de hablar desde que ha salido el sol, me tienen a mil por hora. Me echo a los hombros la toalla, cojo el iPod y la bolsa, y salgo. Claude debería estar ya esperándome, y nunca es buena idea cabrear a un ex campeón olímpico de kick boxing.

- Buenos días, señor Grey. Parece que estamos de muy buen humor hoy… -me saluda Ross cuando entro a la oficina, y me la encuentro sentada en mi silla.

- No digas estupideces Ross. ¿Qué hay de nuevo? ¿Alguien te ha hecho presidenta sin consultármelo? Espera, no es posible. La junta tendría que haberlo aprobado y la junta soy yo. Aparta de mi silla. –No me gusta que nadie, ni siquiera Ross, se tome tantas licencias conmigo.

- Bueno, igual no estamos de tan buen humor –resopla levantándose y rodeando la mesa.

- ¿Alguna novedad?

- Una, nada más. Acabamos de recibir una oferta de Vietnam. Están dispuestos a rebajar el precio del cemento si compramos una cantidad superior a doce toneladas.

Hace unos meses empezamos a importar cemento a El Congo, y nuestro intermediario africano decidió que era mejor interrumpir las negociaciones con nuestro anterior proveedor, un español afincado en Kenya. Descubrimos que estaba hinchando el precio del transporte, y el negocio se paró.

- ¿Vietnam? –pregunto-. ¿No está eso un poco lejos de El Congo?

- Increíble, señor Grey. Cosas de la globalización. Hemos hecho números y, efectivamente, comprando por encima de las doce toneladas el negocio nos sale redondo. Más ahora que tenemos la flota Grey completamente operativa.

- Está bien, Ross. Déjame los informes, y nos reuniremos a las tres en punto con el resto de la junta para aprobarlo, si es que me convence.

Ross se despide con un gesto de la cabeza, me da una carpeta más pesada y gruesa de lo que debería. Empiezo a temer que la reunión de las tres se alargue, y retrase mi cita con Anastasia. A pesar de los cinco asaltos a los que me ha sometido el ex campeón Bastille, estoy aún a mil por hora. Y sólo hay una cosa que me pueda frenar. Sacudo la cabeza para recolocar lo urgente por delante de lo importante, y pulso el botón del interfono. Andrea responde al otro lado.

- ¿Sí, señor Grey? – escupe la voz metálica por el altavoz.

- Pon a mi padre en la línea, por favor.

- En seguida, señor Grey.

Tengo el tiempo justo de echar un vistazo rápido al informe que me ha dejado Ross antes de que la luz amarilla del teléfono de la mesa me indique que Carrick está en la línea 1.

- Señor Grey –digo a modo de saludo.

- Señor Grey –responde él. Es un juego estúpido, pero nos divierte.

- Tengo noticias, padre. Espero que tu partido de golf sea aplazable.

- Nunca es aplazable el golf de los viernes, hijo. Hay cosas con las que no se bromea.

- Pues habrá que hacerlo esta vez –replico-. Tenemos una reunión de la junta a las tres de la tarde, y necesito que estés presente.

- Oh, vamos, Christian… Tienes un equipo legal con más miembros que el ejército de Mao Tse Tung, ¿por qué ibas a querer a tu viejo padre en esa reunión? –sabe la respuesta, pero le encanta sentirse importante.

- Estoy a punto de cerrar un trato para llevar cemento de Vietnam a El Congo. Necesito la mejor asesoría, ya sabes cómo están las cosas en la zona. Y nadie sabe más de salidas de capital de África que tú. No quiero ningún problema.

- Ay… si me lo pides así –resopla, encantado de haberse conocido-, no me queda otra que aplazar mi partido de golf. Allí estaré.

- Gracias.

Paso el resto de la mañana leyendo y releyendo los informes, consultando con nuestras oficinas en oriente medio, en África. No podemos meter la pata con esto, o toda nuestra reputación se vendría abajo. Y me ha costado mucho levantar el respeto que tiene mi empresa. A medio día Grace aparece con una bolsa marrón de papel.

- Apuesto lo que quieras a que no has comido, hijo.

- Madre, qué sorpresa –digo-. Creía que tenía una secretaria que me libraba de entradas como esta en mi propio despacho –me asomo tratando de reprender a Andrea con la mirada, pero su puesto está vacío.

- Ella también come, cielo –dice Grace, excusando a mi secretaria.

- No tienes por qué enseñarme a gestionar mi empresa, madre. Te recuerdo que me la inventé yo solo, a partir de la nada. Pero ya que estás aquí, siéntate. ¿Has comido tú?







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