viernes, 21 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 29.3 - ( Fans de Grey )

Anastasia confunde mi mirada lasciva con un reproche y se recoloca la camisa, comprobando que el botón que cierra su cuello esté abrochado. Y como para cambiar de tema me espeta:

- ¿Te acuerdas de la última vez que estuviste en un supermercado?

- La verdad es que no –respondo con honestidad, tratando de hacer memoria.

- ¿Y quién se encarga de las compras de tu casa? ¿La señora Jones?

- Sí, y creo que Taylor la ayuda. Pero no estoy seguro.

No estoy seguro y ésa ha sido siempre el secreto de mi éxito, la clave del buen funcionamiento de toda empresa. Delegar. Y que funcione.

- ¿Qué te parece que hagamos algo rápido? Un salteado, o algo así.

- Un salteado suena maravillosamente –maravilloso en una carta de un menú en un restaurante…

- ¿Hace mucho que trabajan para ti? -pregunta Anastasia, y viendo mi mirada de no entender aclara- Taylor y la señora Jones.

- Ah… Creo que hace cuatro años que Taylor está conmigo. Y la señora Jones, más o menos igual. Tal vez desde un poco antes. ¿Por qué no tenías comida en casa?

- Ya sabes por qué –me contesta.

Sí. Lo sé. Me dejaste. Te fuiste. No querías comer. No querías nada. Respirar veinticuatro horas al día era suficiente tormento. Pero fue ella quien decidió irse, joder.

- Anastasia, fuiste tú la que me dejó a mí. Tú te fuiste.

- Ya lo sé –farfulla, y sale andando hacia la caja, sin esperarme.

Otra vez, el frío se ha apoderado de nosotros. ¿Esto va a ser así siempre? ¿Vamos a caer una y otra vez en el pasado, en qué hicimos, dijimos, y por qué? ¿En quién empezó? No, no puede ser. Así jamás conseguiremos avanzar. Así que decido quitarle hierro al tema.

- Comida no tenías en casa pero, ¿algo de beber?

- Mm… cerveza, creo –responde, sacudiendo levemente la cabeza.

- Voy a por vino –nunca he sido muy de cerveza, y mucho menos de la cerveza post universitaria que puedan tener en casa Kate y Anastasia. Vago por los pasillos del supermercado sin dar con lo que busco. Miro los carteles en lo alto, estratégicamente diseñados para ser claros y estratégicamente colocados para ser vistos desde todas partes y, sin embargo, no consigo dar con el pasillo de los licores. Suspiro, éste no es mi lugar, desde luego… Se me da mucho mejor manejar una multinacional que encontrar una botella de Cabernet Sauvignon. Me acerco a una mujer que coloca un estante con quesos, enfundada en una horrible camisa de rayas amarillas y verdes y un delantal con el símbolo de la cadena.

- ¿El vino, por favor? –pregunto.

- Siga un poco más adelante, está justo después de la nevera del yogur –me responde sin levantar los ojos de la caja de quesos que se vacía a sus pies. Y la balda sigue medio vacía. Y cuando alguien compre todo ese queso, tendrá que volver a llenarla. Repondrá queso que se comerá otra gente. Con esa camisa, con ese delantal, aquí. Qué mierda de trabajo.

- Gracias –digo, compasivo.

Detrás de la nevera del yogur hay una estantería pequeña pegada a una columna en la que descansan apoyadas contra el motor del refrigerador dos hileras de botellas de vino tinto. De marca completamente desconocida. De uva que a duras penas lo sería. Estropeando lo poco que hubiera bueno de ellas con el calor de la nevera de los yogures. Así que vuelvo de vacío a la cola donde Anastasia está a punto de pagar.

- No has encontrado nada que mereciera la pena, ¿verdad?

- No –respondo.

- Bueno, aquí al lado hay una buena licorería –dice mientras le entrega al cajero su tarjeta de crédito para pagar las cuatro cosas que ha cogido para la cena y que ha metido en dos bolsas de papel.

- Voy a ver. Nos vemos en la puerta.

- ¡No! Espérame, voy contigo.

Me acerco a la línea de cajas y mientras recoge el recibo de la compra, cojo las bolsas, y salimos del supermercado. Es un alivio para los ojos volver a la calle, y salir de ese sobreexceso de iluminación que hay en los sitios así, donde pretenden que todo brille más, que todo sea más apetecible, y lo único que hacen es cegarnos. Rodeamos la manzana en la que se encuentra el apartamento de Anastasia para ir a Downtown Spirits, la tienda que me decía antes. Aquí sí me sé mover, mucho mejor que en el supermercado. La diferencia entre un whisky y un bourbon la conozco, pero no entre un pimiento del piquillo y uno morrón. Me acerco al dependiente, le pido el vino, y antes de dos minutos estamos fuera, con una botella a temperatura perfecta, lista para beber. La sensación de llenar de alguna manera la despensa de Anastasia me tranquiliza. Tengo que hablar con Flynn de esto.

Sabe doctor, nunca había sentido una casa, hasta ahora, como un hogar. Siempre fui ajeno en casa de Grace y Carrick. No ajeno, pero aquello, era mi casa, no mi hogar. Algo parecido sucede con el Escala. No es más que una posesión. Es mío. Lo que contiene es mío también. Pero… ¿cuán mío? Los arquitectos dieron forma final a la reforma que yo sugerí, el decorador eligió el tono final de blanco roto de mis peticiones de un sofá blanco roto.
Anoche acompañé a Anastasia a su casa. Íbamos a cenar algo, pero no tenía comida. En su casa. ¿Puede una casa ser la casa de uno y no tener nada que comer? No, doctor, no.

- ¿A qué se refiere, señor Grey?

- A mi casa. A la casa en la que vivía mi madre biológica.

- ¿No había comida allí?

- Si alguna vez hubo comida de verdad no debieron invitarme.

- ¿Qué más recuerdos tiene de aquella casa, y de la comida? –indaga aún más el doctor Flynn.

- Los guisantes. Siempre los guisantes. Pero tal vez sea sólo un sueño –tumbado en el diván aprieto fuerte los ojos, intentando fijar y ubicar un recuerdo que quiere escaparse. Un recuerdo que sé que está ahí porque vuelve, pero no sé si me lo he inventado.

- Cuéntemelo, señor Grey. ¿De qué se trata? No importa que sea un sueño o un recuerdo. Lo que importa es que es la puerta que lleva a una parte suya a la que no es fácil llegar. Adelante, por favor.

Ahueco las piernas en el diván, y suspiro hondo.

- En el recuerdo, o en el sueño, yo soy un niño pequeño y sucio. Llevo una camiseta que me está pequeña, y está llena de manchas, de cercos y rodales. Llevo pañales todavía, y me avergüenzo de hacerlo. Mi madre está tendida en el suelo, sobre la alfombra mugrienta, con el pelo desparramado en forma de flor. Caída de lado, con los ojos cerrados. Y parece tranquila, por fin. Está muerta, joder. Sueño con una madre muerta.

- Está bien, señor Grey –Flynn me insta a retomar el hilo-, siga. 








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