viernes, 3 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.13 ( Fans de Grey ) / ADULTOS

El doctor Flynn y yo nos quedamos solos en la recepción del área de psiquiatría del Northwest Hospital, sin saber muy bien qué hacer.

- Ahora, a buscarla, evidentemente.

- ¿De verdad cree que es un peligro, doctor?

- No lo sé, y no lo sabré hasta que no tenga la oportunidad de examinarla, señor Grey –dice el doctor. – Lo que sí sé es que colarse en casa de un antiguo conocido y tratar de llamar la atención cortándose las venas delante de su ama de llaves no es un cuadro médico que yo llamara normal. ¿Sabe si alguna vez ha padecido episodios de este tipo?

- No, doctor Flynn. No tengo ni la más remota idea. Hace varios años que perdí toda conexión con ella.

- ¿Ha intentado ponerse en contacto con usted últimamente?

- No, ni ahora ni en los últimos tres años. De hecho, pensaba que tenía una pareja, creo que se habían casado.

- No es suficiente, necesitamos saber más, señor Grey. Es muy importante que demos con ella en las próximas cuarenta y ocho horas. Mejor encontrarla a ella que dejar que ella le encuentre a usted.

- ¿Cree que vendrá a por mí?

- Estoy seguro –respondió.- A por usted, o a por algo suyo.

- Yo me encargo, doctor Flynn. Muchas gracias por su ayuda –agradecí.

- Llámeme si la encuentra.

Me despido del doctor con una mano y con la otra reconecto mi teléfono móvil. Presiono la tecla de marcación rápida de Luke pero, antes de que suene el primer timbrazo, veo el R8 que entra por el parking en dirección a la entrada.

- ¿Todo bien, señor Grey?

- No Luke, todo un puto desastre. Leila se ha escapado. Arranca. Vámonos a casa.

- ¿Cómo dice?

- Se ha dado el alta a sí misma y el imbécil del servicio de psiquiatría lo ha permitido. Ahora mismo no sabemos dónde está, ni qué piensa hacer. Abatido, miro por la ventana a través de los cristales opacos del Audi.

- Tal vez hay algo que puedas hacer por mí Luke. Tenemos que encontrarla.

- Lo que sea, señor Grey. Estoy a su disposición. Cualquier cosa con tal de enmendar mi error… No sabe lo culpable que me siento.

- No tiene importancia ya. Lo que necesito es que busque en el pasado reciente de Leila, en los tres años que han pasado desde la última vez que nos vimos y hoy. Con quién ha vivido, dónde trabajaba, si se teñía el pelo, qué comía, y cuántas veces iba al baño. Necesitamos saberlo todo para dar con ella.

- Por supuesto, señor Grey.

- No ha tenido tiempo de irse demasiado lejos, sólo han pasado dos horas.

Seattle de pronto se me hace inmensa, fuera de control. En cada semáforo que el coche se detiene miro alrededor, detrás de cada esquina, en cada cabina de teléfonos, acechando tras un banco. Pero, ¿qué busco exactamente? Hace más de tres años que no veo a Leila, no desde que se marchó la última vez.

Leila pendía del techo en la posición del barco, el estómago hacia el suelo, los pies hacia arriba y las manos también, a un metro de altura. Los ojos vendados, la boca amordazada. Desnuda, su cuerpo parcelado por las cintas de cuero negro que partían de una argolla sobre su ombligo y que presionaban su carne, haciendo que sus pechos fueran aún más carnosos, su culo aún más apetecible. Me coloqué frente a ella, agachado, mis rodillas en el suelo, de modo que nuestras caras quedaran a la misma altura, pese a que ella no me podía ver.

- Voy a follarte –susurré en su oído.

Leila emitió un leve sonido y automáticamente un golpe seco de la fusta que llevaba en mi mano descargó sobre sus pezones, que se hincharon al momento.

- ¿Te gusta que te castigue, verdad? ¿Te gusta sentir mi azotador en tus pezones?

Mi sumisa no contestó. Sabía que lo tenía prohibido: hablar sólo cuando te preguntan. Pellizqué el pezón que acababa de golpear, estaba caliente y enrojecido. Lo retorcí entre mis dedos, sintiendo cómo palpitaba bajo la intensísima presión que estaba ejerciendo. La respiración de Leila se hacía dificultosa, pero seguía sin hablar. Buena chica.

- ¿Estás ya bien cachonda? Déjame ver.

Solté sus pechos y di la vuelta alrededor de su cuerpo, recorriendo el dibujo de su columna vertebral con la punta del azotador, desde el cuello hasta donde sus nalgas empezaban a separarse.
Me coloqué entre sus rodillas, empujándolas hacia los lados con mi cuerpo, y dejé la fusta. Las correas del arnés tensaban la piel de sus muslos separando los labios de su vagina. Deslicé mis dedos dentro de ella, primero uno, luego dos, y las paredes de su interior me acogieron rápidamente.

- Yo diría que estás lista.

Y la penetré. Con una mano sujetaba una de las cadenas que la mantenían en vilo para que el vaivén de mis embestidas siguiera mi ritmo y no el de la inercia.

Desenganché el arnés del que pendía Leila del techo con un hábil giro del mosquetón. A pesar de los más de cincuenta kilos que pesaba el mecanismo permite un rápido descuelgue. A menudo más rápido de lo que uno querría, y Leila estuvo a punto de caer al suelo. Pero reaccioné a tiempo, y la tomé entre mis brazos. Tenía la boca tapada con una bola ajustada con una correa de cuero detrás de la cabeza, y los ojos vendados, así que fue la sacudida de su cuerpo la que me transmitió su inseguridad. La apoyé en el sillón de cuero, la sesión había terminado.
Una vez liberada de las correas del arnés se sintió libre para retirarse la venda que le tapaba los ojos y retirar la mordaza que le impedía hablar. Despacio abrió los ojos y se humedeció los labios. Mientras yo me vestía ella se quedó sentada allí, con la mirada gacha. Los dedos recorriendo los caminos que los golpes del azotador habían dibujado en su cuerpo, sus pezones todavía rojos e hinchados.

- Vístete, tengo que irme –le dije.

- ¿Ya?

- Claro, ¿qué quieres, que te prepare una cena con champán y ostras? Date prisa.

Leila buscaba mi mirada desde el sofá, y se levantó. Pero en lugar de vestirse se tumbó en la cama.
- Ven conmigo, por favor.

- Oh vamos Leila –esta escena se había repetido en más de una ocasión.- No tengo tiempo para esto.

- Christian, tenemos que hablar.

- ¿Hablar de qué? Lo nuestro no es una cosa de hablar. Es de follar, de disfrutar, y de volver cada uno a nuestra vida después. Firmamos un contrato, ¿te acuerdas? La distancia emocional que yo ponía que con ella fue demasiado, y se tapó el cuerpo desnudo con la sábana.

- He dicho que te vistas –insistí, lanzándole sus tejanos y su camiseta.

- Me voy –replicó Leila, cogiendo su ropa, y poniéndosela.

- Claro que te vas, acabo de decirte que tengo prisa.

-No, no me has entendido. Me voy.






jueves, 2 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.12 ( Fans de Grey )

- Así que tuvo que haberla robado antes de que dejáramos de vernos –echo cuentas del tiempo.- Entonces ya se había dejado de utilizar aquella puerta así que nadie habría echado en falta la llave si se la hubiera llevado.

- Así es, señor Grey –dice Luke. –Si tuvo acceso a ese armario, o más bien, si sabía que ahí se guardaban las llaves, bien podría haber cogido también una de su casa. Y, si es así, es bastante probable que ésta no haya sido la primera vez que entra en su vivienda.

- ¡Mierda! –digo, golpeando de nuevo el volante con ambas manos- ¡Quiero todas las cerraduras de mi casa cambiadas, ahora mismo. Los códigos del ascensor, los de entrada al garaje, ¡todos!.

- Lo suponía señor Grey y ya he mandado renovarlo todo. Por supuesto, la empresa de seguridad está instalando ahora mismo una cámara nueva en la puerta de atrás, y su abogado está preparando una demanda para presentarla en el juzgado mañana mismo.

- ¡Me suda la polla, Luke! ¡Me importa tres cojones! –estoy a punto de explotar.- ¡Una loca casi se mata en mi casa, con mi navaja de afeitar! ¿No lo entiendes? –de un manotazo cierro la tapa de su portátil, y aunque creo que lo he roto, me da igual. –Quita esa mierda de mi vista. Vámonos.

Mi Audi R8 prácticamente vuela hacia el norte por la interestatal en dirección al Northwest Hospital, muy por encima de los 129 km por hora permitidos. El resto de coches pitan a nuestro alrededor, cuando les adelantamos a toda velocidad. Tengo el corazón acelerado, la boca y los ojos secos, como si me hubieran restregado arena. Recorremos en silencio los veinte minutos que nos separaban todavía del sanatorio y al llegar dejo el coche detrás de la entrada de psiquiatría. Le tiro las llaves a Luke.

- Sabes Luke, ya sé que esto no ha sido exactamente tu culpa, pero evidentemente podrías haberlo evitado. Lárgate. Haz algo útil, aunque sea por una vez. No te necesito aquí, y alguien tiene que supervisar a los inútiles de seguridad en el Escala. Llévate a Taylor –acabo de recordar que la señora Jones estará en shock, y que Taylor probablemente querrá irse con ella- y vuelve aquí en cuanto puedas.

- De acuerdo, señor Grey.

Taylor y Luke vuelven al coche y arrancan en dirección a la ciudad. Pruebo a llamar al doctor Flynn que, según me dijo, estaría aquí ahora para visitar a Leila pero su número móvil no contesta, el operador me informa de que está apagado. Probablemente ya esté aquí y haya tenido que apagarlo. Entro en la recepción del hospital y, siguiendo las indicaciones del área de psiquiatría, me dirijo hacia la segunda planta. Allí me encuentro con el doctor Flynn que discute acaloradamente con una enfermera vestida de amarillo, con zuecos blancos y una tabla con la ficha de algún paciente en la mano. La señala y se la enseña al doctor, que parece ignorar sus razones.

- Doctor Flynn, ¿qué ocurre?

- Ah, señor Grey, no se lo va a creer –estos inútiles le han dado el alta a la señorita Williams.

- ¡Oiga, un respeto! –la enfermera levanta el tono.- Aquí somos profesionales y ha sido bajo la opinión de un profesional que se le ha dado el alta.

- ¿A una suicida? –el doctor Flynn no da crédito.

- Un momento, un momento. ¿Quién ha supervisado el alta de la señorita Williams? –pregunto, tratando de aclarar la situación.

- Miren, voy a llamar al jefe del servicio de psiquiatría y le cuentan a él lo mal que les parece nuestra forma de trabajar y lo descontentos que están. Por si no se han dado cuenta esto es un hospital y aquí hacen falta todas las manos.- La enfermera se aleja por un pasillo sin dejar de maldecir.

- ¿Pero qué ocurre? –pregunto. -¿Se ha ido?

- Eso parece –el doctor se seca el sudor de la frente. –Es inconcebible, estas cosas no deberían ocurrir. Esa mujer es un peligro para los demás, y para sí misma.

- ¿Y por qué han dejado que se marche?

- Los protocolos de internamiento son delicados, y muchas veces depende más del criterio de un profesional que de las evidencias de un paciente. Según la enfermera Leila no mostraba síntomas psicóticos, ha pedido el alta, y se la han dado.

- ¿No tenía usted un amigo aquí, doctor?

- Sí, pero está de vacaciones en las Bahamas. Qué casualidad. Le he llamado esta mañana y me ha dicho que aunque él no estaba podía venir, que avisaría al resto de su equipo para que me dejaran verla

La enfermera vuelve con un doctor de bata blanca y aspecto apacible.

- Señores, dice mi colega que querían hablar conmigo.

- Así es, doctor –Flynn hace un esfuerzo por leer el nombre que lleva escrito en la placa del bolsillo de su bata. – Henderson. Me llamo Flynn, soy psiquiatra, y éste es Christian Grey.
Nos saludamos todos rápidamente.

- ¿En qué puedo ayudarles, caballeros?

- Verá, esta mañana han ingresado a una señorita, Leila Williams, que es conocida nuestra. Hemos venido a verla, tengo entendido que el supervisor del servicio de psiquiatría había dejado dicho que iba a venir.

- ¡Ah, sí! ¿Es usted? Sí, nos lo habían avisado esta mañana. Lo lamento mucho pero la señorita Williams pidió el alta hace apenas una hora, y se la dimos. No presentaba ningún síntoma peligroso, no parecía fuera de sí y, al contrario, parecía avergonzada por lo que había hecho.

- ¡Madre de Dios, doctor Henderson! ¡Esa mujer ha intentado matarse esta misma mañana! –el doctor Flynn ha vuelto a recuperar el estado de ansiedad que tenía cuando llegué yo, y discutía con la enfermera.

- Tenía un ligero corte en la muñeca, doctor. No ha sido nada más que una llamada de atención.

- ¡Justo por eso, idiota! ¿Es que le han regalado el título en un rifa? ¿En una tómbola? ¿Es que no le enseñaron nada en la universidad?

- Mire, doctor Flynn, en su consulta puede usted hacer lo que quiera, pero en este hospital el criterio que cuenta es el mío, y la firma necesaria para darle el alta a una mujer en perfecto control de sus facultades es la mía. Así que le agradecería mucho que saliera de aquí y dejara de alborotar en mi sala de espera.

- Está bien, está bien –interrumpo.- Vamos a calmarnos todos un poco, ¿de acuerdo? Diga, doctor Henderson, le ha dicho la señorita Williams a dónde pensaba ir?

- Pues evidentemente no, señor Grey. Esto no es un hotel en el que los huéspedes dejan una dirección de correo para que se les envíe la correspondencia cuando se marchan. Es un hospital, aunque parece que ninguno de los dos lo han entendido. Discúlpenme, tengo mucho trabajo. Ha sido un verdadero placer conocerles.

Flynn y yo nos quedamos viendo cómo se alejan por el pasillo el doctor y la enfermera, visiblemente enfadados.

¿Y ahora? – pregunto al doctor.




miércoles, 1 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.11 ( Fans de Grey )


- Señor Grey, dentro de muy poco aterrizaremos en Sea – Tac. ¿Desea tomar algo? No ha comido nada en todo el vuelo –la voz parece salir de entre mis sueños.

- ¿Perdón?

- Lo siento señor Grey, no me he dado cuenta de que estaba usted dormido.

- Gracias Evelyn. Es igual. No, no quiero nada.

- Muy bien, señor. Y por favor, discúlpeme, no quería molestarle.

Con un gesto de la mano le indico que se vaya. Miro el reloj, son casi las tres de la tarde en la costa oeste. ¿Cómo irán las cosas por aquí?

- Cabin crew please prepare for landing.

Evelyn va de un extremo al otro del avión guardando cosas en armaritos sellados, asegurados con cerrojos e imanes potentísimos. El avión dibuja un círculo perfecto y se lanza hacia abajo a toda velocidad. El monte Olympus se alza majestuoso en el centro de las Olympic, la cordillera más grande del estado. Su intenso color verde, incluso en esta época del año, enmarca la ciudad, a sus pies. Evelyn recoge una taza y un plato con restos de un sándwich de la mesa de Taylor.

- Gracias Evelyn.

- No hay de qué, Jason.

¿Jason? ¿Me duermo un rato y cuando me despierto mi hombre de confianza ha desarrollado una familiaridad así con la azafata? Pobrecilla, si piensa que le va a dar su teléfono. Taylor sólo tiene ojos para Gail. Al final se sienta en un transportín y comunica algo por el interfono al cockpit, la cabina del piloto.

Las imágenes de mi primer encuentro con Leila me nublan la mente. No sé si han sido potenciadas por el sueño, pero he revivido con tanta nitidez aquella tarde, aquella noche. Desde entonces Leila había vivido por y para mí durante casi tres años. Tres años en los que controlé su vida, sus idas y venidas, lo que comía y lo que compraba. Todo. Absolutamente todo.

- Bienvenidos al aeropuerto internacional Sea – Tac de Seattle. Son las 15 horas y 12 minutos, hora local, y la temperatura es de 19 grados centígrados. Espero que hayan tenido un vuelo agradable, y buenas tardes. Por favor, no se desabrochen los cinturones hasta que lleguemos a la terminal privada. Un coche les recogerá allí. Me desabrocho el cinturón y Taylor me regala una fría mirada de reproche.

- Vamos hombre, Taylor, no tenemos quince años. ¿Qué va a pasar?

- Nada, señor Grey, como quiera.

- Me pone enfermo que tarden tanto en llegar a la zona de aparcamiento. ¿Es que no se puede correr un poco?

- Sabe bien que no, señor Grey. Relájese, en media hora estaremos en el hospital. No vamos llegar antes por ponernos nerviosos ahora.

- Tienes razón Taylor. Estoy un poco alterado. Toda esta historia, Leila irrumpiendo en mi casa así, pasando por encima de toda la seguridad del Escala… Me tiro en mi asiento de nuevo, esperando que nos dejen desembarcar. Por fin veo aparecer mi R8 en la pista, y el avión se detiene por completo. Luke sale de él, y parece agitado. Un camión del servicio aeroportuario se detiene a su lado y de él saltan a la pista dos hombres. Uno de ellos carga el depósito de combustible de mi avión, el otro se acerca a abrir el compartimento de las maletas. Luke gesticula para avisarle de que no hay nada, y se marcha.

- Que tengan un buen día, ha sido un placer acompañarles.

- Igualmente, Evelyn –dice Taylor, ceremonioso.

- Adiós –digo yo sin pararme a estrechar su mano. – ¡Luke! ¿Qué coño ha pasado?

- Señor Grey, ha sido un accidente. No sé cómo ha podido ocurrir, pero la señorita Williams tenía la llave del antiguo acceso al edificio para la recogida de basura.

- ¡Y una mierda! ¡Eso es imposible! –grito cabreado, entrando en el coche. – Dame las llaves.

- ¿Cómo lo saben? –Taylor está mucho más sereno que yo.

- Siento contradecirle señor Grey, pero es así. Habíamos revisado las grabaciones de las cámaras de seguridad de todo el edificio en las doce horas previas al “espectáculo” de la señorita Williams sin encontrar absolutamente nada. La empresa de seguridad tiene instaladas cinco cámaras en el edificio, una en la entrada principal, una en el ascensor, dos en el garaje y una última en la entrada del helipuerto. No había absolutamente nada fuera de lo normal y, desde luego, la señorita Williams no aparecía ahí.

- ¿Entonces cómo coño se explica que estuviera dentro de mi casa Luke? ¿Puedes explicármelo de una puta vez? – Golpeo cabreado el salpicadero del coche por encima del volante.

- Si estaciona el coche un segundo puedo incluso enseñárselo, señor Grey.

Aparco el coche en el arcén de la interestatal 5 sin preocuparme mucho de lo ilegal que eso es. Si se para un agente, ya lidiaremos con ello.

- Verá, señor Grey, cuando revisamos todas las horas de las cintas sin encontrar nada en ninguno de los accesos posibles del Escala, quedó claro que la señorita Williams había accedido al edificio por una puerta no controlada por las cámaras de seguridad. Si no había sido ni por la entrada a pie de calle, ni por el garaje (ni por el helipuerto, que aunque era harto imposible lo comprobamos) sólo quedaba una opción: la entrada de servicio. Es la única que no está videovigilada.

Luke abrió su ordenador portátil mientras hablaba. Tecleó algo y en la pantalla apareció una imagen de malísima calidad de la entrada trasera del edificio de apartamentos en el que yo vivía. El más lujoso de la ciudad. El más seguro. En teoría.

- Inmediatamente –continuó Luke- nos pusimos en contacto con la compañía de seguridad para preguntar si no tenían un registro de otro tipo, si no había forma humana de saber quién y cuándo había accedido al edificio por la entrada de servicio.

- ¿Y qué coño te dijeron?

- Que no.

- ¡Malditos inútiles hijos de puta!

- Dijeron que había una mientras el acceso permanecía abierto del exterior al interior para recoger las basuras, pero que desde que instalaron la recogida neumática la quitaron. Sin embargo, al otro lado de la calle hay una cámara de tráfico que vigila el cruce de Stewart con la Quinta Avenida. Y mire lo que hemos encontrado.

En la pantalla del ordenador aparece borrosa la imagen de Leila, que entra en el campo de la cámara prácticamente corriendo, envuelta en una especie de gabardina. La grabación no es muy nítida pero se ve perfectamente cómo mira a ambos lados, y saca algo de un bolsillo interior. Tiene que ser una llave, porque justo después hace algo en la puerta, y desaparece tras ella.
Se hace el silencio en el interior del coche. Los tres nos quedamos con la vista fija en la pantalla mientras la imagen se repite en bucle, una y otra vez.

- Para eso de una vez, joder. Está bien claro que es ella y que ha entrado por allí. Tuvo que robar la llave de casa. ¿Pero cómo sabía dónde estaba? ¿Quién la tiene?

- Sólo hay una, señor Grey –dice Luke- y por lo que sabemos la tenía la señora Jones guardada en el armario del recibidor, con el resto de las llaves. Le hemos preguntado esta mañana y dice que está allí, que por lo menos la suya, no ha desaparecido.