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jueves, 1 de octubre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 31.10 - ( Fans de Grey ) ADULTOS

- No sé si debería ponerme de rodillas, y adorarte como a una diosa, o darte unos azotes que te quiten el aliento.

- Prefiero lo segundo, gracias -contesta ella, desafiante, escondida también detrás de una gran sonrisa, que es casi lo único que su máscara me permite ver. ¿A qué viene este ataque de envalentonamiento? ¿Desde cuándo se viene arriba así, la tímida Anastasia?

Sin embargo, el hecho de que me diga tan abiertamente que prefiere unos azotes, me enciende aún más. Su seguridad, su aplomo, sólo pueden ser fruto de la excitación. Está tan cachonda como yo. Y, además, ha llevado las bolas de plata varias horas en su interior… Sus ojos brillantes y su boca entreabierta lanzan todo tipo de señales. Las manos, que juguetean nerviosas la una en la otra, evitando acercarse a mí, el olor que rezuma su cuerpo, que conozco ya a la perfección… Ella lo quiere tanto como yo. Pero parece un pez fuera del agua. No sabe cómo ha de comportarse aquí. Qué puede y qué no puede hacer. Voy a echarle una mano. Acaricio con el dedo índice la línea de su mentón, intentando no resultar demasiado obvio, al menos no para el resto de nuestros compañeros de mesa.

- Estás pasándolo mal, ¿eh? A ver qué podemos hacer para solucionarlo.

Su respiración se acelera. Voy bien. Lo estoy haciendo bien. La rodeo con un brazo y la atraigo poco, pero con firmeza, hacia mí. A nuestro alrededor nadie mira. Bien. Con el dedo índice dibujo delicadas filigranas sobre su espalda desnuda. Adoro tocarla. Y que ella me toque. Decido ponerla a prueba. ¿Se atreverá la tímida señorita Steele a regalarme unas caricias delante de mis padres, de mis abuelos? ¿De la alta sociedad de Seattle? Es probable que sí, visto el arranque de autodeterminación del que ha hecho gala hace unos minutos. Veamos cómo de valiente eres a la hora de la verdad, señorita Steele…

El primer paso es tomar su mano y besarla con dulzura, como haría cualquier enamorado. Hasta aquí, todo normal. Pero luego bajo su mano hasta apoyarla en mi regazo. El brazo de Anastasia se tensa, adivinando mis intenciones. Sí, nena. Sí. Ahí vamos. Con su mano escondida sobre la mía, la empujo hasta mi muslo, y entre las piernas, después. Por un momento sopeso retirar la mía y dejar que explore sola, pero tengo demasiadas ganas de que me acaricie. Y no parece que vaya a animarse ella sola. Así qué dejo mi palma sobre su mano para ofrecer algo de protección, una suerte de disimulo.

Estudio su reacción mientras en el escenario se subasta una estancia de una semana a bordo del yate del doctor Larin y su esposa. Una pareja encantadora, pienso durante un segundo. Después, mis ojos se dirigen a mis compañeros de mesa. Todos buscan a los Larin con la mirada. La de Anastasia pelotea como en un partido de tenis de un lado a otro, preguntándose si debe hacerlo, o no. Oh por Dios, nena, sí, hazlo. Los músculos de mis muslos se tensan, oprimiendo mi incipiente erección. Anastasia lo nota y deja escapar una risita que sólo yo noto. Y deja que lleve su mano hasta mi miembro, que empieza a hincharse. Coloca la palma hueca y deja que se vaya llenando con mi pene, que crece, y crece. Mis dedos siguen jugando con su nuca del mismo modo que me gustaría hacer con su clítoris. Mi pulgar sube y baja por la línea de la nuca, donde empieza el pelo. Por mi mente cruzan a la misma velocidad que siguen las pujas las imágenes de la tarde. Nosotros dos, la línea roja, la mamada que me ha hecho, lo sexy que estaba en tacones y medias, dejándose introducir las bolas en la vagina…

- Setenta mil a la de una, setenta mil a la de dos, setenta mil a la de tres. Adjudicada la estancia en el yate por setenta mil dólares a la encantadora pareja del antifaz de arlequín.

Reviso la lista de lotes para la subasta y descubro con alivio que sólo queda uno. La estancia en la casa de mis padres en Montana, en el lago Adriana. La mano de Anastasia sigue jugando con mi pene, cada vez con más confianza, mientras la cifra de la puja sube y sube. Siempre es así, es último lote es no sólo el más suculento, sino el de los benefactores de la fiesta, el de los anfitriones, los señores de la casa. El objetivo primordial de todos los participantes a esta gala no es otro que quedar bien con mis padres. Ser los que salgan a su lado en la fotografía que abra los ecos de sociedad de los periódicos de la mañana. Al fin, la puja termina.

- ¡Adjudicado el lote del señor y la señora Grey por ciento diez mil dólares!

El aplauso es de obligado cumplimiento así que nuestro pequeño juego sexual termina ahí. Pero una vez finalizada la subasta, podemos escaparnos. Ahora vendrá la puja por las chicas para el baile inaugural, un horror de mal gusto que podemos ahorrarnos. Me acerco a Anastasia para proponerle una escapada a la casa del embarcadero. Quiero follar. Ahora. Antes de que el efecto de las bolas de plata se haya pasado.

- ¿Estás lista, nena?

- Lo estoy -responde echándose hacia delante en su asiento, dispuesta a levantarse.

- ¡Vamos Ana! ¡Ha llegado el momento! -interrumpe Mia apareciendo a nuestro lado y levantando a Anastasia de un brazo, bruscamente.

- ¿El momento de qué, Mia? -pregunta Ana, a quien mi hermana ha cogido completamente por sorpresa.

- El momento de la subasta para el baile inaugural. Oh, vamos, me has dicho antes que participarías…

¿Cómo? De pronto siento que toda la sangre que fluía por la mitad baja de mi cuerpo hace tan sólo unos minutos bulle ahora hacia mi rostro, y agradezco llevar la máscara puesta porque el arranque de ira es notable. ¿Cómo que Anastasia va a participar en la subasta por el baile? Es una práctica deleznable, y me parece del todo intolerable que se haga con ella. No puedo permitir que nadie trate siquiera de arrebatármela, que se imagines en el centro de la pista rodeando su cintura co n los brazos. Dispuesto a imponerme me pongo de pie y cuando hago un ademán de retenerla, Mia me fulmina con la mirada, detrás de su antifaz. Una súplica callada de que no le arruine la diversión. Así que dejo que se vayan. Por ella. Por mi hermana. Con Anastasia de esto hablaré luego. Nadie podrá arrebatarme mi primer baile con ella. Nadie que no sea yo respirará su aroma. Nadie mirará en lo más profundo de sus ojos detrás del antifaz. Nadie querrá hacerla volar, danzando entre la gente. Nadie osará atraerla de las caderas. Nadie tocará su piel. Nadie aquí dispone del dinero, ni de la determinación, para hacerlo. Nadie. Nadie. Nadie. Sólo Christian Grey. Sólo yo.







viernes, 28 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 29.10 - (Fans de Grey ) - ADULTOS EXCLUSIVAMENTE

- Sé lo que estás haciendo, Anastasia.

- Sí, se llama cocinar –dice, riendo, mientras se coloca a mi lado para seguir troceando verdura. Sus pies tocan los míos. Su codo toca el mío. El olor de su pelo lo inunda todo. La tensión sexual también. Enciende el fuego y el aceite empieza a chispear.

- Lo haces bastante bien –me dice, irónica. Tal vez no haya nadie tan lento en cortar un pimiento.

Pero tampoco hay nadie tan preciso. Y puedo llegar a ser muy preciso. Anastasia y sus orgasmos múltiples lo saben. Y sé que es a esto a lo que se refiere, pero me encanta entrar en su juego.

- ¿Picar verdura? Es sólo cuestión de práctica.

Anastasia deja en la encimera el cuchillo y se gira para dejar el bol con los trozos de pollo al lado del wok. Y su culo toca, literalmente el mío. Y se detiene una décima de segundo. Y se regodea.

- Si vuelves a hacer eso, te follaré en el suelo de la cocina, Anastasia –digo, sin dejar de picar el pimiento.

- Primero tendrás que suplicarme –me dice colocándose de puntillas sobre mí, su aliento en mi cuello, sus pechos en mi espalda.

- ¿Me está usted desafiando, señorita Steele?

- Es posible, señor Grey –contenta retrocediento un par de pasos, y noto en mi espalda la falta de sus pezones endurecidos.  Dejo el cuchillo, dejo lo que quedaba por picar del pimiento, me seco las manos con un trapo, y me giro hacia ella. Así lo ha querido. Y así lo quiero yo. Estoy a punto de explotar de deseo, tengo que follármela ya. Apago el fuego.

- Creo que podemos comer después. Toma –le alcanzo el bol con los dados de pollo-, guarda esto en la nevera.  Con pretendida normalidad coge el pollo y lo guarda en la nevera. Pero la conozco bien, y el rubor de sus mejillas es de lo más revelador.

- ¿Vas a suplicarme, Christian?

- No –respondo colocándome a su lado, sabiendo que esta vez ningún juego va a retrasar más el momento de entrar dentro de ella-. Nada de súplicas.

Mis manos van decididas a sus caderas, agarrándolas firmemente. Cojo su poco peso y la atraigo hacia mí, hasta que su pecho vuelve a hundirse en el mío, hasta que el calor de mi entrepierna encuentra refugio en el contacto con su cuerpo. Ana me coge la cabeza, y responde a mi beso con fogosidad, metiendo su lengua en mi boca, ansiosa, hasta que por fin encuentra la mía. La apoyo contra la nevera, necesito más presión de mi cuerpo sobre el suyo, necesito sentirla cerca. Y ella se deja hacer.

- ¿Qué es lo que quieres, Anastasia? –pregunto en medio de un jadeo, sin apartar su boca de la mía.
 
- A ti, Christian. A ti –gime ella.

- ¿Dónde?

- En la cama.

Lamo una vez más sus labios y me aparto para tomarla en brazos e ir hasta su habitación. Empujo la puerta con el pie, estaba abierta. Entramos. Entra un poco de luz de la calle permitiéndome ver dónde está la cama, y haciendo un pequeño pasillo entre las cajas apiladas y el cabecero metálico, la deposito en el suelo. Busco en la penumbra la mesilla de noche, y enciendo una lamparita que me deja ver el resto de la estancia. Corro la cortina de una gran ventana demasiado cerca del edificio de enfrente. Pero a mis ojos les cuesta prestar atención a nada que no sea exclusivamente ella.

- ¿Y ahora qué? –susurro en su oído.

- Hazme el amor, Chrisitan.

- ¿Cómo Ana? ¿Cómo quieres que te lo haga?

Anastasia me besa en silencio, no contesta.

- Tienes que decírmelo, nena.

- Desnúdame –empieza ella.

- Buena chica –respondo yo, recorriendo con una mano la línea que va de su mandíbula a su escote y, con dedos ágiles, soltando los botones que ocultan su pecho.
A través de los cristales de las ventanas sube el murmullo callado de una noche que empieza a dormir. Algún rumor de coche lejano, voces apagadas… En medio de ese silencio sólo quedamos nosotros, nuestra respiración, el crujido leve de la seda de la camisa de Anastasia cayendo hacia abajo, desde sus hombros. La quietud acentúa mis sentidos, alerta. Sigo con la yema de los dedos la caída de la tela, frenándome al llegar a la cinturilla del pantalón, y me inclino hasta que queda a la altura de mi cara. Desabrocho el botón de sus vaqueros, abro la cremallera, regodeándome en cada segundo que pasa y su cuerpo empieza a liberarse de la ropa que lo cubre.

- Dime qué quieres, Anastasia.

La miro desde abajo, la curva de sus pechos tapándome parcialmente la visión de su cara, enmarcada en la cascada de pelo moreno que le cae sobre los hombros.

- Quiero que me beses desde aquí, hasta aquí –responde trazando una línea en su cuello.

Obediente, retiro su pelo. Abro la boca para rozar con mi lengua la base de su cuello, y lo sigo hasta el lóbulo de la oreja, donde deposito un suave mordisco. Su olor, lejos de nublar mis sentidos, los agudiza.

- Ahora los vaqueros. Y las bragas –susurra, antes de darme tiempo a pedir más instrucciones.

Sin despegar las manos de su piel, las bajo abiertas hasta su cintura, pasando por las axilas, por la tela suave del sujetador, por sus caderas. Meto los pulgares por debajo de las bragas y tiro suave pero firmemente de toda la ropa que le queda hacia abajo. Su sexo se presenta majestuoso ante mí, puedo sentir el calor que emana, el olor de la excitación… La ayudo a quitarse los zapatos para sacar los pantalones por sus pies y se queda así, casi desnuda, delante de mí que sumiso la miro desde el suelo.

- ¿Y ahora?

- Bésame –me dice.

- ¿Dónde quieres que te bese?

- Oh, Christian, ya lo sabes –se queja, y se toca entre las piernas.

Dudo entre presionar un poco más y forzarla a que me diga que le bese el sexo, pero la tentación me puede. El gesto ha sido suficiente. Y mis ganas de comerla son imparables ya.

- Encantado, señorita Steele.

Con ambas manos separo un poco sus piernas, la cara interna de sus muslos, dejando a la vista el hueco entre ellos. Anastasia me agarra el pelo, empujando mi cara contra ella. Respiro hondo su olor, separo los labios, y empiezo lamiendo sus ingles, mientras allano el camino hacia su clítoris con los dedos, anticipando el sentido de mi lengua. Ella gime, respira hondo, los músculos de su vientre se tensan. Noto los fluidos de su cuerpo resbalar por mis dedos mientras me acerco a su vagina y empuja involuntariamente con las caderas para obligarme a entrar, como si me mostrara el camino. A punto de llegar donde ella quiere que llegue, abro aún más con las dos manos sus labios, dejando su clítoris ante mí, y lo lamo, desde la base hasta arriba. Mis dedos aún jugando con su vagina, sin llegar a entrar. Siento como ella se revuelve al notar mi lengua jugando con él, endureciéndose cada vez más, hinchándose.






lunes, 13 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 25.4 - ( Fans de Grey ) ADULTOS

Está tan cerca que parece un sueño. La toco con la mano abierta, recorriendo su figura. Bajo desde el cuello, donde mi mano estaba atrayendo su boca hacia la mía, y recorro toda la espalda, por un lado. La punta de mis dedos pasa por debajo de su axila, por el arranque de su pecho, por su cadera, por su cortísima falda. Y bajo ella me detengo.

- Christian, ¿qué te pasa?

- No pasa nada. Es sólo que me alegro mucho de que hayas vuelto –respondo.- Ven a la ducha conmigo. Ya.

La tomo de la mano y la saco del salón. Sé que le he dado la noche libre a Gail pero puede que aún no se haya marchado. Pero yo quiero a Anastasia desnuda, y la quiero ahora.

- Como quieras –susurra ella.

Ya no tengo prisa por seguir mi plan para esta noche. Ella y su presencia lo han cambiado todo, Anastasia me desarma. Thomas Tallis puede esperar, pero yo no. Abro el grifo del agua caliente para que la estancia se vaya llenando de vapor. Y la miro como si hiciera meses que no la veo.

- Me encanta tu falda. Es tan corta… Y tienes unas piernas maravillosas.

Me la como con los ojos y me desnudo también. Ella empieza a quitarse la ropa, primero los zapatos. Pero yo no quiero esperar más. Me acerco a Anastasia, empujándola con mi cuerpo hasta la pared de la ducha. Sé que se va a dejar hacer. Sé que ella también me desea.

- Quiero hacértelo ahora mismo. Te quiero follar rápido. Y duro.

Anastasia deja escapar un jadeo. Haces bien en empezar a jadear nena, y eso que estoy sólo calentando motores. Aprisiono su cuerpo entre el mío y los azulejos de la pared, obligandola a arquear su espalda para besarme, alzando su pecho. La beso con unas ganas contenidas que no puedo controlar. Beso sus ojos, su cuello, sus labios, sus pechos. Me agacho frente a ella, colocando mi cara a la altura de su ombligo, que beso también.

- ¿Aún tienes la regla?

- No –me dice en medio de un jadeo.

Apoyo mis manos sobre sus muslos, y las subo, arrastrando la corta falda verde con ellas, hasta llegar a las caderas. La falda recogida deja a la vista unas sencillas bragas de algodón blancas, que esconden lo que más deseo.

- Me alegro de saberlo.

Introduzco un dedo en mi boca, y lo humedezco. Sigo con él la línea de la goma de sus bragas, y lo introduzco por debajo, buscando su clítoris. Cuando lo encuentro todo su cuerpo se estremece, a sabiendas de lo que va a venir. Noto su olor, que me fascina, a través de la tela de las bragas. Y se las arranco de un tirón. Está medio desnuda, frente a mí, completamente mojada. Y yo a punto de llegar a mi parte favorita. Pocas cosas me gustan más en esta vida que separar los muslos de una mujer que está húmeda. Notar cómo no hay ninguna resistencia, cómo giran hacia fuera sus piernas, dejando al descubierto la más íntima de sus partes. Hundo la cara en su pubis, e inhalo. Anastasia me coge del pelo, guía sin querer mi cabeza hacia su interior y yo, obedezco. Busco con la lengua el clítoris, y me entretengo en él, mientras ella gime, cada vez más intensamente. Lo recorro entero, de arriba abajo, de lado a lado. Dejo que la punta de mi lengua se introduzca en el interior de su vagina, notando el tacto de sus piel ahí donde es más sensible.
A punto de estallar, me levanto, abriendo diestramente con una mano la bragueta de mi pantalón y dejando salir mi miembro, ansioso por encontrarse con ella.

- Sube, nena –coloco mis brazos alrededor de su cintura para ayudarla a escalar hasta mí.- Enrolla las piernas alrededor de mi cuerpo.

Justo cuando ella se coloca sobre mí, la penetro. Hondo. Y duro, como le había prometido. Dejo caer todo su peso sobre mí para hacer más intensa la sensación y ella se retuerce, cierra los ojos, se lame los labios. Acelero los movimientos, cogiendo su peso por las nalgas, levantándola y dejándola caer rítmicamente sobre mi pene. Está tan excitada como yo. Echa la cabeza para atrás, tira de la tela de su blusa, intentando despegarsela, queriendo arrancar los botones y liberar sus pechos. A medida que su excitación aumenta subo el ritmo de las embestidas, hasta que al final, estalla en un sonoro orgasmo. Y los espasmos de las paredes de su vagina me hacen estallar a mí también. Y me corro todo lo dentro de ella que soy capaz, apretando su cuerpo contra mí, abriéndole más las piernas con la presión de mis caderas.

- Yo diría que te alegras de verme –me dice risueña, mientras la ayudo a bajar al suelo de nuevo.

La beso, muy satisfecho.

- Y yo diría que mi alegría es más que evidente, señorita Steele. Anda, ven a ducharte conmigo.

Desnudar a una mujer que amo es una experiencia terriblemente nueva. Casi tanto como desnudarme sin reparos delante de una mujer que amo. Y tan nueva como amar a una mujer.

- ¿Cómo te ha ido el viaje? –le pregunto, y sigo desnudándola.

- Muy bien, muchas gracias por los billetes de primera clase –responde.- Podría acostumbrarme a viajar así, es mucho más cómodo.

- Acostúmbrate nena.

Uno a uno desabrocho los botones de la camisa hasta que se la quito por completo, y le bajo los tirantes de un sujetador tan blanco como las braguitas de algodón que llevaba antes, y me recreo en la vista de sus pechos, apareciendo bajo la tela.

- Christian, hay algo que tengo que contarte –dice, tímida, casi a media voz.

- ¿Sí? Adelante, cuéntame –respondo tirando su sujetador al suelo, encima de la montaña a que ha quedado reducida el resto de nuestra ropa.

- Envié unas cuantas solicitudes de empleo antes de salir para Georgia. Y… por lo visto he encontrado trabajo.

¿Trabajo? Rechazó las prácticas en mi empresa. ¿Dónde ha encontrado trabajo? He estado tan ocupado persiguiendo a Leila que me he olvidado de estar al tanto de los movimientos de Anastasia, y éstas son las consecuencias. Pero no quiero que lo note, no quiero estropear este momento.

- Mi más sincera enhorabuena, señorita Steele –finjo indiferencia.- ¿Y se puede saber dónde?

- ¿Pero es que no lo sabes? –pregunta.

Acierto cuando digo que me conoce muy bien. Ella misma se ha sorprendido de haberme pillado en un renuncio, de que no sepa dónde va a trabajar. Pero me vendrá bien para seguir con la pantomima del disimulo.

- No sé por qué iba a saberlo, tú no me has contado nada y que yo sepa la prensa tampoco lo ha hecho público hoy.

- Pensé que podrías haberlo investigado por tu cuenta. Ya sabes, por tu tendencia al acoso…

¿Acoso? No es acoso. Es control. Es cautela. No puedo permitirme no saber dónde está, no saber qué hace ni con quién.





viernes, 3 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.13 ( Fans de Grey ) / ADULTOS

El doctor Flynn y yo nos quedamos solos en la recepción del área de psiquiatría del Northwest Hospital, sin saber muy bien qué hacer.

- Ahora, a buscarla, evidentemente.

- ¿De verdad cree que es un peligro, doctor?

- No lo sé, y no lo sabré hasta que no tenga la oportunidad de examinarla, señor Grey –dice el doctor. – Lo que sí sé es que colarse en casa de un antiguo conocido y tratar de llamar la atención cortándose las venas delante de su ama de llaves no es un cuadro médico que yo llamara normal. ¿Sabe si alguna vez ha padecido episodios de este tipo?

- No, doctor Flynn. No tengo ni la más remota idea. Hace varios años que perdí toda conexión con ella.

- ¿Ha intentado ponerse en contacto con usted últimamente?

- No, ni ahora ni en los últimos tres años. De hecho, pensaba que tenía una pareja, creo que se habían casado.

- No es suficiente, necesitamos saber más, señor Grey. Es muy importante que demos con ella en las próximas cuarenta y ocho horas. Mejor encontrarla a ella que dejar que ella le encuentre a usted.

- ¿Cree que vendrá a por mí?

- Estoy seguro –respondió.- A por usted, o a por algo suyo.

- Yo me encargo, doctor Flynn. Muchas gracias por su ayuda –agradecí.

- Llámeme si la encuentra.

Me despido del doctor con una mano y con la otra reconecto mi teléfono móvil. Presiono la tecla de marcación rápida de Luke pero, antes de que suene el primer timbrazo, veo el R8 que entra por el parking en dirección a la entrada.

- ¿Todo bien, señor Grey?

- No Luke, todo un puto desastre. Leila se ha escapado. Arranca. Vámonos a casa.

- ¿Cómo dice?

- Se ha dado el alta a sí misma y el imbécil del servicio de psiquiatría lo ha permitido. Ahora mismo no sabemos dónde está, ni qué piensa hacer. Abatido, miro por la ventana a través de los cristales opacos del Audi.

- Tal vez hay algo que puedas hacer por mí Luke. Tenemos que encontrarla.

- Lo que sea, señor Grey. Estoy a su disposición. Cualquier cosa con tal de enmendar mi error… No sabe lo culpable que me siento.

- No tiene importancia ya. Lo que necesito es que busque en el pasado reciente de Leila, en los tres años que han pasado desde la última vez que nos vimos y hoy. Con quién ha vivido, dónde trabajaba, si se teñía el pelo, qué comía, y cuántas veces iba al baño. Necesitamos saberlo todo para dar con ella.

- Por supuesto, señor Grey.

- No ha tenido tiempo de irse demasiado lejos, sólo han pasado dos horas.

Seattle de pronto se me hace inmensa, fuera de control. En cada semáforo que el coche se detiene miro alrededor, detrás de cada esquina, en cada cabina de teléfonos, acechando tras un banco. Pero, ¿qué busco exactamente? Hace más de tres años que no veo a Leila, no desde que se marchó la última vez.

Leila pendía del techo en la posición del barco, el estómago hacia el suelo, los pies hacia arriba y las manos también, a un metro de altura. Los ojos vendados, la boca amordazada. Desnuda, su cuerpo parcelado por las cintas de cuero negro que partían de una argolla sobre su ombligo y que presionaban su carne, haciendo que sus pechos fueran aún más carnosos, su culo aún más apetecible. Me coloqué frente a ella, agachado, mis rodillas en el suelo, de modo que nuestras caras quedaran a la misma altura, pese a que ella no me podía ver.

- Voy a follarte –susurré en su oído.

Leila emitió un leve sonido y automáticamente un golpe seco de la fusta que llevaba en mi mano descargó sobre sus pezones, que se hincharon al momento.

- ¿Te gusta que te castigue, verdad? ¿Te gusta sentir mi azotador en tus pezones?

Mi sumisa no contestó. Sabía que lo tenía prohibido: hablar sólo cuando te preguntan. Pellizqué el pezón que acababa de golpear, estaba caliente y enrojecido. Lo retorcí entre mis dedos, sintiendo cómo palpitaba bajo la intensísima presión que estaba ejerciendo. La respiración de Leila se hacía dificultosa, pero seguía sin hablar. Buena chica.

- ¿Estás ya bien cachonda? Déjame ver.

Solté sus pechos y di la vuelta alrededor de su cuerpo, recorriendo el dibujo de su columna vertebral con la punta del azotador, desde el cuello hasta donde sus nalgas empezaban a separarse.
Me coloqué entre sus rodillas, empujándolas hacia los lados con mi cuerpo, y dejé la fusta. Las correas del arnés tensaban la piel de sus muslos separando los labios de su vagina. Deslicé mis dedos dentro de ella, primero uno, luego dos, y las paredes de su interior me acogieron rápidamente.

- Yo diría que estás lista.

Y la penetré. Con una mano sujetaba una de las cadenas que la mantenían en vilo para que el vaivén de mis embestidas siguiera mi ritmo y no el de la inercia.

Desenganché el arnés del que pendía Leila del techo con un hábil giro del mosquetón. A pesar de los más de cincuenta kilos que pesaba el mecanismo permite un rápido descuelgue. A menudo más rápido de lo que uno querría, y Leila estuvo a punto de caer al suelo. Pero reaccioné a tiempo, y la tomé entre mis brazos. Tenía la boca tapada con una bola ajustada con una correa de cuero detrás de la cabeza, y los ojos vendados, así que fue la sacudida de su cuerpo la que me transmitió su inseguridad. La apoyé en el sillón de cuero, la sesión había terminado.
Una vez liberada de las correas del arnés se sintió libre para retirarse la venda que le tapaba los ojos y retirar la mordaza que le impedía hablar. Despacio abrió los ojos y se humedeció los labios. Mientras yo me vestía ella se quedó sentada allí, con la mirada gacha. Los dedos recorriendo los caminos que los golpes del azotador habían dibujado en su cuerpo, sus pezones todavía rojos e hinchados.

- Vístete, tengo que irme –le dije.

- ¿Ya?

- Claro, ¿qué quieres, que te prepare una cena con champán y ostras? Date prisa.

Leila buscaba mi mirada desde el sofá, y se levantó. Pero en lugar de vestirse se tumbó en la cama.
- Ven conmigo, por favor.

- Oh vamos Leila –esta escena se había repetido en más de una ocasión.- No tengo tiempo para esto.

- Christian, tenemos que hablar.

- ¿Hablar de qué? Lo nuestro no es una cosa de hablar. Es de follar, de disfrutar, y de volver cada uno a nuestra vida después. Firmamos un contrato, ¿te acuerdas? La distancia emocional que yo ponía que con ella fue demasiado, y se tapó el cuerpo desnudo con la sábana.

- He dicho que te vistas –insistí, lanzándole sus tejanos y su camiseta.

- Me voy –replicó Leila, cogiendo su ropa, y poniéndosela.

- Claro que te vas, acabo de decirte que tengo prisa.

-No, no me has entendido. Me voy.