martes, 21 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.3 ( Fans de Grey )

No puedo decírtelo Anastasia, huirías para siempre. Te irías. Te alejarías de mí. Volvería a quedarme solo con mis fantasmas, y no puedo hacerlo. No soy el Christian todopoderoso capaz de lidiar con sus cargas. Ya no. Escruto el rincón del suelo sobre el que cae mi mirada intentando retrasar lo más posible el momento de contestar, tratando de ganar tiempo. No puedo mirarla, no quiero volver a ver todo ese miedo en sus ojos.

- ¿Por qué quieres hacerme daño? –insiste.

- Porque lo necesito –respondo, y armándome de valor, la miro.

- ¿Pero por qué?

- No puedo decírtelo –digo en un susurro y, vencido, aparto mis ojos de los suyos.

- ¿No puedes? ¿No es más bien que no quieres decírmelo? –Anastasia parece cargada, de repente, de todo el valor que me falta a mí

- No quiero –me rindo a sus preguntas.

- Pues entonces lo sabes. Sabes por qué quieres hacerme daño.

- Sí, lo sé –respondo mecánicamente.

- Pero no quieres decírmelo.

Quiero, Anastasia. Quiero contártelo todo. Quiero que lo sepas todo de mí, quiero fundirme contigo, quiero que me acompañes en por esta tortura que es mi vida y que, sólo a tu lado, ha encontrado respiro. Pero soy oscuro dentro y tú… tú eres todo luz. No tengo derecho a hacerte sombra, y aún peor, temo hacerte sombra y que entonces te marches, en busca de más luz.

- No quiero porque si te lo digo, Anastasia, te irás. Saldrás corriendo y nunca querrás volver. – Hablo con cautela, temiendo que la voz se me rompa. Sólo la idea de perderla… – No puedo arriesgarme a perderte.

- ¿Quieres que me quede contigo? –me pregunta.

- Sí. Más que nada en este mundo. No sería capaz de soportar la vida si te perdiera.

No ahora que te conozco. No ahora que he probado la vida con amor. No ahora que he tenido aquello que no conocí hasta que no llegué a casa de Grace y que vi de lejos sin sentir nunca que fuera del todo mío. Un nudo me oprime desde la boca del estómago y me cierra la garganta, y un vacío físico me obliga a abrazarla, a estrecharla entre mis brazos y besarla.

- Por favor, no me dejes –digo, sin apartar mi boca de la suya.- En sueños me dijiste que nunca ibas a dejarme, y me suplicaste que no te dejara yo a ti. Jamás. No me dejes, Anastasia.

- No quiero dejarte, Christian –responde y su palabras llenan de alivio mi corazón, que se calma dentro de mi pecho.

La estrecho aún más, alimentándome de su olor, reteniéndola, como si abrazándola pudiera impedir que se marche de mí.

- Quiero que me lo enseñes –dice.

- ¿Cómo?

- Quiero saber cuánto puede llegar a doler.

- Anastasia, ¿qué dices? –respondo, apartándome. Esta mujer me confunde más de lo que nunca lo ha hecho nadie. Hace sólo un momento me estaba diciendo que le aterraba la idea del castigo y ahora quiere llevarlo al extremo.

- Castígame, Christian. Enséñame qué es. Tengo que enfrentarme a ello.

- ¿Harías eso por mí? –pregunto.

- Ya te dije que lo haría.

- Me confundes, Ana.

- Yo estoy confundida también, estoy intentando entender todo esto. Si me enseñas cómo puede ser sabremos los dos, de una vez, si puedo seguir adelante con esto. Tal vez, si yo puedo, tú podrías…

¿Dejarme tocar? ¿Podría? Decido que sí, que tal vez, consciente de que necesito superar el terror a perderla para enfrentarme a la prueba que me ha propuesto, La agarro del brazo decidido a acabar de una vez por todas con esta incertidumbre. Si quiere saber lo que es un castigo, lo va a saber. Tiro de ella para que se ponga en movimiento y avanzamos rápidamente hacia las escaleras que llevan al piso superior, y al cuarto de juegos.

- Ven, voy a enseñarte cómo de malo puede llegar a ser el castigo, y te decides. – Al llegar a la puerta me detengo, y la miro.- ¿Estás preparada, Ana?

Se ha dejado arrastrar escaleras arriba como una marioneta, y así sigue ahora, asintiendo en albornoz, en la puerta del cuarto de juegos. Por un momento barajo la posibilidad de que lo haya dicho sin pensar, que en realidad no quiera probarlo, pero sea como sea, tiene razón. Si no hacemos esto de una vez por todas, no podremos estar juntos. Apoyo la mano en el pomo de la puerta y espero cuatro segundo más, dándole tiempo a arrepentirse. Pero no lo hace. Y entramos.
Esta madrugada la habitación me parece, por primera vez, hostil. Casi un sitio nuevo. Es como si lo estuviera viendo a través de los ojos de Anastasia, de los ojos del miedo al castigo. Sacudo la cabeza intentando liberarla de la idea absurda de que yo nunca he estado aquí, recuperando al Christian Amo, al Christian que castiga. Tomo un cinturón de cuerpo de detrás de la puerta y conduzco a Anastasia hasta el centro de la sala.

- Apóyate en el banco, Anastasia.

Obedece sin decir una palabra, pero sé que no lo hace por acatar las reglas en el cuarto de juegos, en el que no se puede dirigir a mí, en el que no puede hablar si yo no le pregunto. Está callada porque tiene miedo. Una y otra vez quiero echarme atrás. No quiero que sufra. El cinturón me quema en la mano, el cuero suave me resulta desgarrador, la hebilla metálica es hielo. Se recuesta sobre el cojín del banco, el pecho apoyado, las piernas estiradas apoyadas en el suelo, sus nalgas ofrecidas bajo el albornoz.

- Anastasia, has accedido a hacer esto, por eso estamos aquí. Porque tú has querido – y me meto en el papel. Ahora soy el Amo.- Además has correteado huyendo de mí. Voy a pegarte seis veces. Tienes que contar, en voz alta. Ir numerando cada uno de los golpes.

No ha abierto la boca desde que abandonamos el salón. Callada, se agarra con ambas manos la borde del banco, preparándose para lo que va a venir y desconoce. Sin decidirme a desnudarla por completo, levanto el albornoz para dejar sus nalgas al descubierto. Acaricio su suave piel con los dedos, desde la espalda hasta los muslos, en la zona que voy a azotar. Rodeo el banco para colocarme delante de ella, y me agacho.
- Voy a castigarte para que no olvides que no debes huir de mí. Ha sido muy excitante, pero no quiero que lo hagas nunca más –susurro inclinándome hacia su cabeza. –Y me has puesto los ojos en blanco, por si fuera poco. Ya sabes lo que ocurre cuando lo haces.
Recupero la postura erguida para empezar con el castigo. Envuelvo mi mano derecha en el principio del cinturón, de modo que la hebilla queda atrapada en la palma. Sólo el cuero tocará su piel. Esto va a dolerte, Anastasia. Pero tú lo has querido así. Lo siento. Apoyo una mano sobre su espalda, sujetándola con fuerza para que aguante el golpe. 






lunes, 20 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.2 - ( Fans de Grey )

- Tu   Deberías saber que soy bastante rápida. No te va a ser fácil cogerme.

- Y yo –respondo, al instante. Y si no viene por sus medios, la cogeré yo. – ¿Vas a venir sin protestar?

Anastasia me mira desde el otro lado de la barra sin dejar de deslizarse a lo largo de ella, dibujando la elipse que yo tengo que seguir para intentar atraparla.

- ¿Acaso lo he hecho alguna vez? -me desafía con una pregunta.

- Señorita Steele, ¿a qué se refiere? Iré a por ti si es necesario, pero será mejor que no lleguemos a ese punto.

Me planto en mi lado de la barra, firme en el suelo, sosteniendo su mirada, y sonriendo. Aceptando su juego. Ella se para también.

- Sólo llegaremos a ese punto si consigues atraparme Christian, y te aseguro que en este momento no tengo ni la más mínima intención de dejarme coger.

- Podrías caerte y hacerte daño, Anastasia. Y eso sería una violación directa de la antigua norma número siete –miro la mesa, sobre la que sigue el contrato, y corrijo sobre la marcha –que ahora es la número seis. Seguridad personal –leo en voz alta- : la sumisa no beberá demasiado ni podrá fumar o tomar sustancias alucinógenas. Tampoco se someterá a situaciones de riesgo innecesarias. A mí me parece que claramente corriendo alocadamente por la cocina te estás sometiendo a un peligro innecesario.

- Señor Grey, desde que te conocí, estoy en peligro constante, independientemente de las normas.

- Tienes razón, Anastasia.

Con un gesto cansado coloca sus brazos sobre las caderas, en jarras, mientras levanta al cielo los ojos, como si estuviera cansada de mí, de mis normas. Pero al hacerlo el albornoz que lleva puesto deja al descubierto el arranque de su escote, y me lanzo sobre ella, excitadísimo de nuevo.

- ¡Aaaah! –chilla, y huye, corriendo hacia la mesa del comedor. Y una vez más agradezco mentalmente a mi decorador que no colocara más tabiques de los necesarios en esta casa, o este juego podría haber sido mucho más complicado. Se parapeta detrás de un sillón y se gira para mirarme, para medir las distancias y calcular la provocación.

- Está claro Anastasia que sabes cómo distraer a un hombre.

- Señor Grey, nos proponemos complacer –una mirada libidinosa acompaña esa frase tan carnal.- ¿Y se puede saber de qué te distraigo, Christian?

¿De qué me distraes? Sería más acertado preguntar si hay algo en el mundo de lo que no me hayas distraído, algo que quede más poderoso que tú.

- Me distraes de la vida, de más allá de la vida, de todo el universo –respondo, haciendo un gesto con las manos que intenta mostrar lo imposible de abarcarlo todo.

Y pese al tinte intenso que está tomando la conversación sigue escabulléndose, saltando de detrás de un sofá a la mesa del comedor y vuelta a la cocina. Hablando y jugando a la vez. Distrayéndome siempre.

- Pues a mí me parecías bastante preocupado cuando me he levantado y te he encontrado tocando el piano.

- ¿Sabes? –digo, plantándome, ansioso por tenerla ya entre mis brazos. –Antes o después conseguiré cogerte. Pero cuanto más tarde lo haga, peor será para ti. Tendré que castigarte.

- No señor, no.

- Parece que no quieres que te coja, Anastasia.

- Es que no quiero que me cojas, Christian, ¿no lo entiendes? ¡Ésa es la cuestión! Para mí que me castigues es como para ti que te toque.

Y ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo su terror, su inquietud, su miedo a mí nunca fue tal: no me teme a mí, teme mi castigo. El castigo. No hay contrato que pueda firmar, no hay reglas que pueda acatar, no hay nada. Igual que nada podría hacer que yo me sintiera cómodo dejándome tocar. Si ella me pusiera en la situación de elegir, de hacerme firmar un papel en el que pusiera que para estar juntos tenía que dejarme tocar, no podría. Tendría que dejarla ir. Me iría yo. Me he ido muchas veces. Nadie me puede tocar. Y no toleraría que alguien me obligara a firmar un documento que a ello me comprometiera. Me iría. Me tendría que ir.

- ¿Es eso lo que sientes, Anastasia? –pregunto, completamente presa del miedo. Ahora sé cuál sería mi respuesta si la pregunta fuera al revés.

- No, no –responde, en una actitud radicalmente distinta a la de hace nada más un momento. –No me afecta tantísimo, sólo lo he dicho para que puedas hacerte una idea de cómo me siento –murmura.

Intento responder algo, pero no me salen las palabras.

- Ah.

El tiempo se ha detenido, y una angustia asfixiante crece dentro de mí. Me apoyo en el respaldo de una silla tratando de calmar la voz que en mi cabeza me repite esto tiene que acabar. ¿Qué estás haciendo, Christian? Anastasia no es una sumisa. Nunca lo ha sido, y no lo quiere ser. Como para probar lo que mi voz interior me dice ella rodea la mesa, y se acerca a mí, mirándome, clavando sus ojos en los míos.

- ¿Lo odias, Anastasia? –necesito saberlo todo, y necesito saberlo ya.

- Mmm… no lo odio. O sí, tal vez un poco –su voz refleja tanta indecisión como sus palabras. –O sea, no es que me guste, pero no lo odio.

¿No es que me guste? Llevo semanas haciéndolo, semanas castigándola cada vez que hace algo que rompe las reglas. Convirtiendo en juego sus ojos en blanco, el labio que se muerde. ¿Hace semanas que yo obtengo placer de hacer algo que ella odia? Hace tan sólo unas horas la até, la inmovilicé, golpeé su piel con un látigo, la sometí a mi voluntad, fui yo quien decidió cómo y cuando ella iba a disfrutar. ¿Y no le gusta?

- Pero Anastasia, anoche, en el cuarto de juegos me dio la impresión de que…

- Christian, lo hago solamente por ti –me interrumpe.- Lo hago porque tú lo necesitas. Yo no necesito que me aten y me castiguen. Lo de anoche… lo de anoche fue distinto. No me dolió. Soy capaz de racionalizarlo a un nivel íntimo porque confío en ti. Pero cada vez que dices que quieres castigarme, me preocupa que me hagas daño.

Puede maquillarlo, puede endulzarlo, puede hacer que suene menos parecido a lo que me ha dicho antes, pero es lo mismo.

- Anastasia, yo quiero hacerte daño –murmuro.- Pero nunca te provocaría un dolor que no pudieras ser capaz de soportar.

Cuando levanto los ojos para encontrar los suyos lo que veo es terror. Y sinceridad. Su respiración se acelera, delatando la ansiedad que poco a poco la domina.-

¿Pero por qué, Christian? ¿Por qué quieres hacerme daño?







domingo, 19 de julio de 2015

BookTrailer Grey | Libro Perspectiva de Christian