lunes, 3 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 27.7 - ( Fans de Grey )

Con el gesto mecánico del que no quiere arrepentirse pulso enviar. Listo. Enviado. Es extraño. Pocas veces lanzo un mensaje sin saber bien qué va a ocurrir después. Sin tener control del impacto que va a tener, de las consecuencias. Y en este momento, mientras pasan los minutos y Anastasia aún no ha respondido, hago un análisis mental de la situación. Y lo que veo no me gusta.

La inauguración es en Portland, lejos de Seattle, lejos de mí, lejos de lo que sea que haya significado su vida conmigo. Anastasia irá allí, vulnerable, albergando quién sabe si algo más que rencor por mí… ¿Dolorida? Esperemos que no, seis días tendrían que haber sido suficientes para curar sus heridas. Las físicas. Las otras son más difíciles de sanar. Y estará allí sola, triste, y será carne de cañón para el idiota de su amigo el fotógrafo quien, por si fuera poco, estará cubriéndose se laureles por el éxito de su exposición. Que digo yo que lo será porque este tipo de actos de provincias suelen estar llenos a rebosar de pseudoadmiradores que piensan que cualquiera que sobresalga un poco de la capa de gente sin capacidades es un nuevo Einstein, un nuevo Rembrandt.

En la inauguración de José no habrá ni un solo crítico, ni un solo representante del mundo artístico. Algo de cobertura local, a lo sumo. José Rodríguez es un don nadie. Y sin embargo la idea de que mañana por la noche vaya a disfrutar de la compañía de Anastasia. Que será él quien la consuele, quien le ofrezca un hombro sobre el que llorar. Mierda. No puedo permitir que éste sea el curso de los acontecimientos. Ni de coña.

Golpeo con fuerza la mesa con el puño cerrado, liberando un poco de la tensión que me provoca haber perdido el control, haber tenido que soltar las riendas. Y entonces, la pantalla me chiva:

“Mensaje desde la bandeja de entrada: acaba de recibir un correo nuevo de Anastasia Steele, a las 14:26 horas. Por favor, chequee su bandeja de entrada.”

Rápidamente abro el mensaje que se mantiene en negrita, sobre todos los demás.

De: Anastasia Steele
Fecha: 8 de junio de 2011 14:26
Para: Christian Grey
Asunto: Re: Jueves

Buenos días, Christian:

Sí, recibí las flores, y tengo que decirte que son preciosas. Muchas gracias.

Y sí, te agradecería mucho que me acompañaras mañana a la exposición.

Anastasia Steele
Ayudante de Mr. Jack Hyde, editor de SIP Seattle

Sí, Anastasia ha dicho sí. Y no ni siquiera he tenido la necesidad de luchas más de lo ya luchado. Anastasia Steele no es de las mujeres que se niegan a las ofertas que Christian Grey les puede hacer. Ya no queda nada más que ultimar los detalles y, mañana, la cercanía hará el resto. Podré recuperar a Anastasia. Volverá a ser mía.

Pulsando el botón de responder al último mensaje, escribo sobre la pantalla en blanco:

De: Christian Grey
Fecha: 8 de junio de 2011 14:28
Para: Anastasia Steele
Asunto: Re: Re: Jueves

Querida Ana,
¿A qué hora quieres que pase a recogerte?

Christian Grey, presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc

Enviar, de nuevo. Estas charlas a través del correo electrónico con Anastasia me recuerdan también a tiempos mejores. Tal vez son la prueba de que no todo está perdido, que es posible retomar las cosas donde las dejamos, pero no de la manera en la que las dejamos.

De: Anastasia Steele
Fecha: 8 de junio de 2011 14:33
Para: Christian Grey
Asunto: Re: Re: Re: Re: Jueves

He hablado con José y la inauguración es a las 19:30. ¿A qué hora crees que deberíamos salir para estar allí a tiempo?

Anastasia Steele
Ayudante de Mr. Jack Hyde, editor de SIP Seattle


Haciendo cálculos mentales decido que lo mejor es recogerla antes de las seis. Así tendremos tiempo de pasar un rato a solas antes de fundirnos entre la masa de pueblerinos que inundará la exposición de José.

De: Christian Grey
Fecha: 8 de junio de 2011 14:35
Para: Anastasia Steele
Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: Jueves

Querida Ana,
Portland está lejos, si queremos estar allí a tiempo para la inauguración debería recogerte a las seis menos cuarto. Pasaré por las oficinas de SIP a por ti. Estoy deseando verte.

Christian Grey, presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Una vez enviado el último mensaje me pregunto si he hecho bien en decirle que tengo ganas de verla, pero, ¿por qué no? No es ningún secreto, esto ya lo habíamos hablado. Y puede jugar en mi favor que ella sepa que vengo en son de paz.


De: Anastasia Steele
Fecha: 8 de junio de 2011 14:35
Para: Christian Grey
Asunto: Re: Re: Re: Re: Re: Re: Jueves

De acuerdo. Nos vemos mañana a las seis menos cuarto, pues.

Anastasia Steele
Ayudante de Mr. Jack Hyde, editor de SIP Seattle


Mi “tengo muchas ganas de verte” o ha caído en saco roto, o no ha calado lo suficientemente hondo como para que ella me diga lo mismo. No importa. De no ser así, de no querer verme, no habría accedido a ir conmigo a la inauguración de la exposición, y lo ha hecho.

Presiono el botón del interfono






domingo, 2 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 27.6 - (Fans de Grey )

Al llegar a casa me pongo en contacto con el equipo de seguridad que está vigilando a Anastasia. Nada nuevo, nada inesperado. Ha entrado y salido exclusivamente para dirigirse al trabajo, y ha tomado el autobús cada vez. Ana, ¿por qué no te quedaste el coche? Qué testaruda… Kate tampoco puede llevarla porque está en Barbados pasando las vacaciones. Está sola. Las fotos que han captado las cámaras de seguridad revelan una mujer mucho más seria, mucho más segura que la que conocí aquel día sobre la alfombra de mi oficina. Parece elegante, y camina con decisión, aunque la fuerza con la que aprieta la cartera entre las manos delata su inocencia. Tengo que asegurarme de cómo funcionan las cosas por allí. En cuanto las negociaciones se terminen y sólo yo tenga el control de la editorial, la cosa será distinta. Y además, Anastasia no tiene por qué enterarse. Pero así podré protegerla, podré estar cerca de ella construyendo una burbuja que nada podrá atravesar.

Una y otra vez reviso las imágenes para verla. Sale del portal y salta a la calle como si careciera de peso. El pelo suelto ondea al aire de la primavera, su cuerpo en un elegante traje de chaqueta beige, la falda de tubo envolviendo sus piernas firmes y torneadas, subidas en los zapatos de tacón…

“Sólo quiero recuperarla”, me digo a mí mismo, de nuevo. Las mismas palabras que le dije anoche a Elena cuando nos despedimos. La mujer a la que tanto odia Anastasia y que, sin embargo, me respondió: pues hazlo. En el fondo del aparador del recibidor la pequeña caja roja de Cartier me recuerda cuánto la echo de menos. Lo seguro que me sentía de mí, de nosotros, en el momento en el que compré esos largos pendientes para ella. Me acerco hasta allí y cojo la caja, la abro y los miro de nuevo.

Pues hazlo.

¿Debería hacerlo? ¿Debería, de verdad, hacerlo?

Sabiendo que no voy a poder dormir, me dejo caer sobre la silla, tras el escritorio, con el firme propósito de retomar el control de esta situación. No puedo seguir engañándome a mí mismo, tenían razón todos, el doctor Flynn y Elena. No he tratado a Anastasia como una sumisa en ningún momento, no he sido capaz de hacer de ella el prototipo de mujer que buscaba para vivir. Pero con Anastasia he encontrado un prototipo distinto: una mujer que me hace sentir. Una mujer a la que no sólo tengo el instinto de dominar, sino de proteger.

Un carrusel de recuerdos empieza a girar en mi mente, trayendo cerca los momentos felices, como decía la nota que dejó junto al planeador. En una especie de duermevela, a altas horas de la madrugada vislumbro la cara de Anastasia diciéndome que el jueves inaugura su amigo el maldito fotógrafo José su exposición. Y que le gustaría que fuéramos juntos. ¡Mierda! Había olvidado por completo su inauguración. Enciendo el portátil y tecleo: José Rodríguez fotografía inauguración Portland. La cara del pretencioso amigo de Anastasia me desafía desde el fondo de la pantalla, pero consigo lo que quería: toda la información de la exposición. Hora exacta. Fecha. Anastasia había querido que fuera con ella. Lo haré. Si una vez lo quiso, lo querrá también ahora.

Son casi las cuatro de la mañana, pero opto por recostarme en el diván del despacho unas horas. No tardará en amanecer. Además, ni mi mente quiere reposar ni las pesadillas la dejarían. Constantemente me asaltan en sueños amenazas de un futuro que he jodido. De un futuro que, cueste lo que cueste, voy a arreglar. Y empezaré a arreglarlo mañana.

Después de una noche más de insomnio me levanto de madrugada y bajo al gimnasio para descargar tensión, para descargar sueño y cansancio. Para sudar, y limpiarme. He pasado las últimas horas dando vueltas a la situación, y a mi afán por recuperar a Anastasia. El ejercicio siempre calma mi mente, y me ayuda a pensar, a aclarar las ideas. Ya sé lo que voy a hacer. Y cómo hacerlo. Ya sé cuál será la estrategia para tener a Anastasia de vuelta. Una estrategia que, además, me permitirá protegerla.

  • Buenos días, señor Grey. No le esperaba tan pronto en la oficina –me dice Andrea, que espera el ascensor cuando las puertas se abren en mi planta para dejarme salir.
  • ¿Acaso pensabas que iba a dejar que Ros tomara el control eternamente? Sabes, Andrea, puede que Bailey sea buena, pero te recuerdo que Grey es el apellido que aparece antes de Enterprises Holdings Inc –respondo.
  • Por supuesto, señor Grey. ¿Puedo hacer algo por usted?
  • Mándame un briefing con todos los asuntos que tengan que ser liquidados en las próximas horas. Me ocuparé personalmente.
  • No es necesario, señor Grey. La junta se reúne a las doce, porque pensábamos que…
  • ¿Pensábamos qué, Andrea? Estoy aquí, ¿no lo ves? Desconvoca la reunión. Y tráeme el briefing inmediatamente.
  • Sí, señor Grey.

Retomo el camino a mi despacho sintiendo el suelo más firme bajo los pies. Ros aparece pocos minutos después, alertada de mi presencia por Andrea. Rápidamente me pone el día y cerramos los asuntos que habían quedado pendientes. Para cuando terminamos la luz roja de mi Blackberry parpadea. Chequeo los mensajes, esperando, aunque sea, un mínimo agradecimiento de Anastasia por las flores.

* Espero que hayas ido algo más elegante que ayer a trabajar. Te tenía por un tipo con clase. Fue agradable. Besos, Elena.
* ¡Hermanito! ¿Has vuelto? ¿Salimos a navegar?

Mia y Elena. Parece una conspiración de las mujeres de mi entorno, atacar en manada al animal solitario. Pero nada de Anastasia. Nada.

Es hora, entonces, de poner en marcha mi plan. Mañana es la inauguración del amigo de Anastasia y no dejaré que ese buitre pasee sus garras sobre ella, ausentándome de allí. Tengo la excusa perfecta: ella no tiene coche, y Portland está lejos. Yo puedo llevarla. Iremos juntos en mi helicóptero.

Dejó su Mac en mi casa, y me consta que no ha vuelto a utilizar la cuenta de correo que usaba para hablar conmigo. También sé cuál es la que utiliza en SIP, y que no la utiliza para nada más que para sus ridículas funciones profesionales de editora en prácticas, de becaria, de… ¿cómo lo llamaba? Es igual.

De: Christian Grey
Fecha: 8 de junio de 2011, 14:05
Para: Anastasia Steele
Asunto: Jueves
Querida Ana:

Lamento mucho entrometerme en tu correo profesional así. Espero, además, que esté yendo bien. Y que recibieras mis flores. Anoche recordé que la inauguración de tu amigo José es mañana, y me extrañaría que hubieras tenido tiempo de comprarte un coche ya para poder ir hasta allí. Está lejos, así que me gustaría mucho acompañarte, si te apetece a ti, por supuesto.

Espero tu respuesta.
Christian Grey, presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.






sábado, 1 de agosto de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 27.5 - ( Fans de Grey )

* Nos vemos en media hora. Espérame allí. XXX Elena

El 1022 South está vacío a estas horas. Hasta que no cierran las oficinas del distrito financiero no empiezan a dejarse caer por aquí los grupos de ejecutivos que se aflojan la corbata. Y yo podría desentonar un poco, pero no lo hago. Sigo con la ropa que me puse esta mañana al salir de Aspen. Los vaqueros y una camisa negra. Doy vueltas entre la palma de la mano al vaso bajo en el que el bourbon empieza a deshacer las dos piedras de hielo que tapan el fondo.

Es agradable volver a casa. No tendría que haberme ido. Tendría que haber sabido que la solución era enfrentarme de cara a los problemas y no salir corriendo como un adolescente fuera de control. Ése no soy yo. Y ahora entiendo la trampa de Flynn. Por eso me dijo que me fuera. Irme para volver. Lección aprendida.

Mi Blackberry descansa muda sobre la barra, al lado de la servilleta negra que hace de posavasos. Sin noticias de Anastasia. Sé dónde está, por supuesto. Welch la tiene vigilada. Así que ya no es miedo. Es… añoranza. Es dolor por su sufrimiento.

Apuro de un trago la copa y el camarero me hace una seña con el mentón, indicándome que si quiero otra. Alguien, por encima de hombro, responde por mí:

  • Que sean dos, por favor –es Elena.- No tienes muy buen aspecto que se diga, Christian.

Me besa en la mejilla, y se sienta a mi lado. Levanta el vaso bajo de la barra, y lo huele.

  • ¿Bourbon? Señor Grey, esto sí que no me lo esperaba.
  • Elena, estás preciosa. Como siempre.
  • Y tú sigues siendo un galán, pese al mal aspecto de esos vaqueros. No sabía que en tu armario guardabas cosas así –señala con desdén los pantalones.
  • Y no lo hago –respondo con una sonrisa.- Estaban en Aspen, en el armario de las ropas olvidadas. Hay un mono de esquiar de Elliot también, y por supuesto, los pantalones bota de pescar.
  • ¿Has salido de allí huyendo? ¿Te perseguían los malos?
  • Algo así. Digamos que el servicio de lavandería no era lo suficientemente rápido en Colorado –respondo, cogiendo los vasos que nos ofrece el camarero y poniendo uno en la mano de Elena.- Tome, señora Lincoln, su bourbon.

Elena acepta el suyo, y hace un gesto para brindar.

  • ¿Brindamos? –pregunta.
  • No tengo por qué brindar –respondo tajante, bebiendo de mi vaso.
  • ¿Anastasia? –me pregunta, y yo respondo con un leve gesto de la cabeza. Wow, Christian… Sí que debe ser grave. ¿Se puede saber qué te pasa? Desde que te marchaste a Georgia has estado de lo más raro. Desde que conociste a esa chica, más bien.

  • Digamos que ha sido… difícil. ¿Nos sentamos?

El maître nos acompaña a una mesa y deja dos menús sobre ella, entre los platos.

  • No será necesario –respondo.- Traiga una tempura de verduras de temporada, gracias.

Cuando se marcha, Elena vuelve a preguntar.

  • Vamos querido, sabes que puedes contar conmigo. ¿Qué ocurre?
  • Estoy… roto, Elena.
  • No si sigues siendo el Christian que yo conocí hace ya muchos años. Ése Christian se puede caer, pero no romperse.
  • ¿Será entonces que he cambiado?
  • No, querido, no. Será simplemente que has vuelto a ser humano –me mira con cariño de muchos años, sonriendo.- Ya sabes lo que opino de esa muchacha, y de lo que su relación contigo te ha traído.
  • Elena, sólo hay un camino posible y ése camino es alejarla de mí.
  • Oh, vamos, no seas tan dramático, Christian. Estas cosas tienen arreglo y no creo que sea nada más que una pelea de enamorados. Esa chica sabe lo que sientes por ella.
  • No. No lo sabe, Elena. No se lo he dicho.

El camarero llega con el plato de verduras y lo deposita en la mesa.

  • Que aproveche.

Los dos miramos la comida, sin tocarla.

  • ¿Cómo es que no se lo has dicho, Christian?
  • Porque no soy bueno para ella. Yo no puedo hacerla feliz.

Para cuando termino de contarle los acontecimientos de la última semana nos hemos tomado otros dos bourbons y no hemos tocado la comida. Ahora ya lo sabe.

  • No tengo muy claro si hemos vivido una mentira o no. Yo sabía que ella no estaba hecha de la misma pasta que las sumisas y, ya lo sabes, si hubiera querido una sumisa te lo habría dicho, como siempre. Esta vez no, o no del todo. Y ella… ella siempre supo que no lo era. Es rebelde, desobediente, es…
  • Un espíritu libre –termina Elena la frase por mí.- No puedes domar a un espíritu libre, querido mío. No puedes ni siquiera intentarlo, porque se romperá si se da cuenta de que intentan atarlo con una cuerda.
  • La quiero para mí, Elena. ¿Es eso atarla con una cuerda?
  • No, claro que no. Atarla con una cuerda es querer que sea feliz haciendo algo que ella no disfruta. Es convertirla en alguien que no es. Es inútil, y doloroso. Y falso.
  • Entonces, ¿no hay esperanza?
  • Yo no he dicho eso, Christian.
  • Creo que no la hay. Ayer le envié un ramo de flores. Empezaba el trabajo nuevo y quería darle la enhorabuena. Además me… me dejó un regalo, cuando se fue. La maqueta de un planeador igual que uno en el que volamos en mi viaje a Georgia. Quería agradecérselo, y no quise llamar.
  • ¿Flores? Eso está muy bien, Christian.
  • Rosas. Sí. Con una nota muy breve. Y no me ha contestado. Así que ahora soy yo el que recibo los castigos, me temo.
  • Dale tiempo, igual te contesta en unos días.
  • No –respondo. –La conozco bien. Anastasia se mueve por impulsos. Si no lo ha hecho ya, no lo hará. Y es culpa mía, no debería haber forzado tanto la máquina.

El maître se acerca de nuevo para indicarnos que están a punto de cerrar el local, y nos invita a marcharnos. Nos levantamos para salir, y en la puerta, caminamos por la calle hacia el aparcamiento.

  • ¿Y qué es lo que quieres, entonces? –me pregunta.
  • No lo sé. Creo que a ella. Pero la quiero sin causarle dolor. No puedo verla sufrir, no otra vez.
  • Sabes que eso no es necesario. ¿Desde cuándo accedes a juegos no pactados, Christian? Lo sabes tan bien como yo, los límites son lo primero que se pactan y tú te lo has saltado, con una pobre chica a la que ni siquiera le apetecía. Por el amor de Dios…
  • ¡Ella me preguntó que cuánto podía doler! –replico.
  • Lo que puede doler depende siempre de los límites, Christian. Ya lo sabes. El límite está en el que participa en el juego. No lo pone en los libros, no se mide la fuerza de un golpe… lo mide el placer de los dos.

Tiene razón…

  • Dios mío Elena, ¿qué he hecho?
  • Asustarla, Christian. Alejarla de ti. Tal vez se estaba acercando demasiado.
  • Quiero recuperarla, Elena.