domingo, 26 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.8 ( Fans de Grey )

Señorita Steele, iré a buscar el coche –zanja la conversación Taylor, ayudándonos a desenredar una madeja imposible.
Busca mi aprobación y la obtiene, tras un gesto de asentimiento de mi cabeza, desaparece por la puerta. Solos en una habitación, tal vez por última vez, el metro y medio que nos separa se me hace insufrible. Sin apartar los ojos de ella, avanzo con seguridad. Un solo paso. Pero ella, como un resorte, retrocede otro, manteniendo la distancia entre nosotros.

Y la terrible realidad que nos rodea vuelve, después del paréntesis de la discusión a causa de Taylor. Se va, Anastasia se está yendo. Nuestros caminos se separan, nuestras vidas, desde hoy, discurrirán por sendas separadas, por caminos lejanos e independientes.

- Ana, no quiero que te vayas –murmuro, suplico, ruego…

- Pero no puedo quedarme, Christian. Sé bien qué es lo que quiero, y no puedes dármelo tú. Y –su voz se apaga un poco- yo tampoco te puedo dar lo que quieres.

En un absurdo intento por convencerla, avanzo de nuevo, tratando de romper la barrera invisible que se ha levantado, inmensa, entre nosotros.

- Por favor, no –Anastasia levanta sus manos a modo de escudo para evitar que me acerque, y se aparta.- No puedo seguir así, me marcho.

Y el tiempo se detiene mientras el final de mi vida pasa por delante de mis ojos: ella se aparta, ella me aleja con un gesto, ella rechaza mi despedida, mi adiós. Ella se aleja, coge su mochila, y se va. Ella se dirige al vestíbulo y mis pies, ajenos al resto de mi cuerpo, la siguen hasta las puertas del ascensor. Ella, que se queda paralizada, agarrando con las dos manos el asa de su mochila infantil. Pulso el botón de llamada y mientras el tiempo no avanza, el motor de la maquinaria suena detrás de las puertas. Cada vez más cercano. A por ella. Cada vez más cerca mi final.
Y el tiempo sigue detenido cuando las puertas del ascensor se abren, cuando ella entra, cuando ella se gira y se para, frente a mí, a punto de marcharse.

- Adiós, Christian –creo escuchar que dice. En realidad no lo oigo. Pero leo sus labios por encima del zumbido que taladra mis oídos y martillea mi cabeza, cada vez más fuerte, más intenso.

- Adiós, Anastasia –creo contestar, pero la voz no me llega a los oídos. ¿He dicho algo?

Aparta sus ojos azules de los míos y el tiempo sigue detenido. Parado mientras las puertas no se cierran todavía, parado mientras pienso reacciona Christian, joder, haz algo, salva tu vida. Parado cuando no puedo actuar, no puedo hablar, no puedo detenerla. Parado cuando el mecanismo de cierre de las puertas, silencioso hasta hoy, con un estruendo esconde a la única mujer que he amado entre ellas. Anastasia, engullida por el ascensor, desaparece. Y el tiempo sigue sin avanzar, una prueba más de que mi vida se ha terminado.

Como un autómata me arrastro hasta la ventana, esperando poder ver desde las alturas la pequeña mancha del coche que se llevará a Anastasia lejos de mí, de por vida. Con el gusto por el dolor del que ama el sufrimiento me apoyo contra el frío cristal, esperando. El zumbido sigue, incesante, aturdiendo mis pensamientos, nublando mi mente. Pero, ¿quiero aclararla? ¿Realmente quiero apartar este velo opaco, y descubrir qué hay detrás? Detrás no estará ella, detrás no hay nada.
Derrotado, voy hacia el piano, esperando que las melodías tristes que Anastasia me escuchaba tocar me hagan compañía. Estoy perdido. Estoy solo y perdido. Mis dedos acarician en frío marfil de las teclas, pulsando sin ritmo, sin control ni compás. Y golpeo desesperado con los puños cerrados el teclado, dejando salir un estruendo desafinado mucho más parecido a lo que llevo dentro ahora, que las melodías de Bach. Y, por primera vez en mucho tiempo, en décadas, siento que he perdido. Las líneas que separan las teclas se difuminan bajo mis ojos, poco a poco vencidos por las lágrimas
.
-¡Aaaaaaggggghhhh!

El dolor que me parte dentro sale, con la fuerza del trueno, de mis entrañas. Todo me da vueltas, la habitación a mi alrededor gira y me apoyo en el piano, para no caer de la banqueta. Las lágrimas que me queman por dentro empiezan a salir de mis ojos, limpiando los canales tanto tiempo atorados. Entre gritos de angustia y sollozos voy siendo dolorosamente consciente de que Anastasia no está. Pero, ¿qué va a ser de mí, si tú no estás?

Sin ti no volverá a haber un sol que perseguir, los amaneceres no valdrán la pena. Y te esperaré siempre, en el fondo de los recuerdos que compartimos, a salvo de la luz de ese sol que ya no quiero volver a ver. Porque sin ti, nada tendré que hacer. Viviré para esperarte. Viviré por si alguna vez quieres volver. Se secarán los mares, volarán los bosques y el mundo será un enorme e inhóspito desierto, por el que vagaré solo, buscando escuchar alguna vez tu voz, que me devuelva a la vida. Porque estoy muerto. Esta vez sí. El mundo que recorrí contigo y era de colores, era brillante y oloroso, me entierra ahora. Es mi nicho, mi lápida y mi cementerio. Justo había empezado a vivir, y ahora… Ahora he perdido toda la esperanza. Sin ti, no hay esperanza.
El sol brilla cada vez más alto en el cielo, devorando el perfil de los edificios a su paso. Destellos de luz sobre el aluminio de las puntas de los rascacielos se cuelan en la habitación, recordándome, implacables, que la vida sigue fuera. Que sólo yo he muerto. Y es parte de mi castigo. Lo acepto. Lo asumo.

Sorbiendo mi dignidad, con el estómago encogido y el cerebro bloqueado, me levanto de la banqueta, para limpiar los restos de lo que fui, y empezar mi nueva vida muerte. La vida que ya no quiero vivir. Porque sin Anastasia, la vida no es vida.

Subo las escaleras hasta la puerta del cuarto de juegos, recordando cada minuto que pasamos allí la noche pasada. El olor a madera, a cuero y a limón se mezclan todavía con el olor de nuestros cuerpos. Con el olor metálico, de acero y ceniza, que dejan el miedo y el dolor. Por detrás de mis ojos cruza en un relámpago la voz de Anastasia: “enséñame cuánto puede doler”. Como en una sucesión de flash backs, de fotogramas congelados, revivo nuestro paseo hacia el cadalso, asidos de la mano. A duras penas consigo llegar de nuevo a la puerta, y abrirla para entrar. Allí, todavía, testigo de la ejecución, el cinturón yace en el suelo, burlón. Vencedor.






sábado, 25 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.7 - ( Fans de Grey )

Sumido en la rabia y la impotencia, me levanto, siguiendo el ejemplo de Anastasia. Cuando me giro para salir de la cama veo el ibuprofeno y la pomada sobre la mesilla de noche, y de un fuerte revés los tiro al suelo. ¡Gilipollas!
Fuera se oye el murmullo del agua de la ducha. Anastasia se está preparando para irse. Joder, es de verdad. Esto es de verdad. Mis fantasmas han terminado por expulsar de mi vida lo único que de verdad quería. Y descargo de nuevo un puñetazo en la pared, lastimándome el puño. Pero me da igual, tal vez un poco de dolor físico me distraiga de este tormento.
En mi habitación, me visto, mecánicamente. Tiro los pantalones del pijama lejos, en el suelo, y me pongo unos vaqueros y una camiseta. No soporto más la sensación de intimidad, si ella va a irse. El teléfono suena en el salón. Miro el reloj, totalmente desubicado. Las nueve menos cuarto. Termino de vestirme con una camiseta y voy hacia allá.

-Grey –digo, tratando de ocultar la angustia en mi voz.

-Señor Grey. Soy Welch. Perdone que le moleste a estas horas, pero ha ocurrido algo. Se trata de Leila.

¡Leila! Me había olvidado completamente de Leila, de y toda aquella historia.

-Claro, Welch, dime.

-Se trata del doctor que la atendió, señor Grey. Hemos rastreado los archivos de su consulta, y resulta que Leila no pidió el alta voluntariamente.

-¿Qué? – le pregunto, incrédulo, intentando todavía volver a poner mi mente en esta historia.-

-Como lo oye. Se la dio él. La ha citado a diario desde entonces para hacer revisiones de su estado. Y… Leila ha acudido. A todas.

-¿Todo este tiempo ha sabido dónde encontrarla?

-Así es. Dejó un número de teléfono. He llamado pero lleva horas no disponible. Acabo de hablar con una de las asistentes del doctor, y me ha dicho que ayer salió muy alterada de la consulta. Que la escuchó decir: Iré a por ella, iré a por ella si hace falta. Y ninguno de vosotros me lo va a impedir con vuestras mierdas, vuestras pastillas, vuestras terapias. Dice que salió de allí como una exhalación.

-¿Te ha dicho que dijo eso? –respondo, gritando. No puedo poner en peligro a Anastasia. Más no.

 – ¡Mierda! Tendría que habernos dicho la puta verdad desde el principio, joder. Tengo que llamarlo, dame su número. Yo me encargaré. Joder Welch, esto es una puta cagada monumental.
No sabemos dónde está ahora mismo pero la última señal del GPS de su teléfono la ubica cerca de aquí, en Bellevue.

Noto movimiento en el salón y alzo la vista. Anastasia acaba de entrar, vestida con sus viejos vaqueros y una camiseta pequeña, el pelo recogido en un moño descuidado, en lo alto de la cabeza. No me mira, pero sé que me ha visto. Sabe que estoy ahí y, consciente de ello, recorre la estancia evitándome, ignorándome.

-Encontradla Welch. Cuanto antes.

Cuelgo el teléfono y observo a Anastasia dar sus últimos pasos por mi casa. La veo moverse con tanta naturalidad, esquivando los muebles, danzando entre las mesas y las sillas, como un hada. Como un hada madrina que me ha rescatado, y está a punto de marcharse, de romper un hechizo. Se acerca al sofá, donde está todavía su mochila, desde la noche pasada. Saca el Mac de ella, y avanza con él en la mano hasta la barra de la cocina, donde lo deja, junto a las llaves del coche, y la Blackberry. No quieres nada de mí, ¿verdad, Anastasia? Ni siquiera estas simples cosas materiales. Y lo entiendo. Yo tampoco quiero nada de mí.

-Christian –se gira hacia mí, muy seria-, necesito el dinero que le dieron a Taylor cuando vendió mi coche.

Suena fría, dura, lejana. Como si haber tomado la decisión de marcharse la hubiera llenado de fuerza y determinación.

-Vamos Anastasia, quédate esas cosas. Son tuyas, yo no las quiero. Llévatelas.

-No, de ninguna manera –responde, siempre fría, siempre dura y distante. – Nunca las quise. Las acepté de mala gana. No las quiero.

-Sé razonable – sin saber por qué, me descubro ganando tiempo. Como si discutir sobre los regalos que le he hecho pudiera comprarme unos minutos más a su lado.

-Christian, ¿no lo entiendes? No quiero absolutamente nada que me recuerde a ti. Por favor, dame el dinero que le dieron a Taylor por mi coche. Es lo último que voy a pedirte.

-¿Estás intentando hacerme daño? -¿por qué, por qué sacarme así de su vida? ¿Por qué olvidarme, borrarme, eliminarme? Me cuesta asumir que le haya podido hacer tanto daño.

-No. No es eso –responde, ahogando algo más.- Sólo quiero protegerme.

Lo he hecho tan mal que es de mí de quien se tiene que proteger. Yo, que sólo quería cuidarla. Y que no he sabido.

-Anastasia, por favor, quédate esas cosas. Son sólo eso. Son sólo cosas.

-Te he dicho que no, Christian. Además, no tengo ganas de discutir. Por favor, dame el dinero.

-¿Un cheque está bien? –pregunto, consciente de que he perdido la batalla.

-Claro, yo creo que puedo fiarme de ti –bromea.

Desparezco dentro de mi despacho, y saco la chequera del primer cajón. Relleno un cheque por el importe del escarabajo, y algo más. No quiero que a Anastasia le falte de nada, y si no voy a estar cerca para proporcionárselo, necesito estar seguro de que lo tiene. Levanto el auricular del teléfono y tecleo el número de marcación rápida.

- Taylor, soy yo. ¿Podrías subir? Necesito que lleves a la señorita Steele a su casa… Sí, ahora mismo. Gracias.

Introduzco el cheque en un sobre, y vuelvo al salón. Sigue de pie, quieta en el mismo sitio en el que la he dejado. Me acerco a ella y se lo alargo.

Tu escarabajo era un clásico, así que Taylor consiguió un buen precio por él. Puedes preguntárselo, si no me crees –digo, anticipándome a sus eternas protestas por todas mis decisiones. ¿Será ésta la última de sus protestas, de sus miradas de reproche? Dios, qué tristeza… Será mejor que termine cuanto antes esta agonía. Y con el rabillo del ojo veo a Taylor, entrando en el salón y saludándome con un gesto de la cabeza –Te llevará a casa.

-Puedo ir sola a casa –rechaza mi ofrecimiento-

.- Muchas gracias, no es necesario que me lleve.

¡Joder! ¿Hasta el final tiene que rebatírmelo todo? ¿Cuestionármelo todo?

-¿Es que me vas a desafiar en todo, Anastasia?

-¿Pero por qué voy a cambiar mi manera de ser? –responde, cansada.

Puede que tenga razón. Esto es lo que ha sido siempre. Mi forma de ser, su forma de ser. Pero sólo quiero que deje que Taylor la lleve a casa, sólo quiero hacerle la vida más fácil.





viernes, 24 de julio de 2015

CINCUENTA SOMBRAS DE GREY – Tráiler Español HD