lunes, 22 de junio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.2 ( Fans de Grey )

Nunca he querido más hasta que llegaste a mi vida, las palabras recién pronunciadas retumban en mi interior como el sonido de una piedra que cae en el fondo de un cañón estrecho y profundo. Es cierto, nunca había querido más. Mi propia locuacidad me sorprende, pero sienta bien decir las cosas en voz alta, así que sigo respondiendo al repentino interrogatorio de Anastasia.

- ¿Y qué fue de las otras catorce?

- A decir verdad Anastasia, sólo he tenido relaciones largas con cuatro mujeres. Y con Elena, claro –estudio su reacción con el rabillo del ojo, divertido. – Elena fue la primera de ellas.

Anastasia me mira descolocada y preciosa. La luz del amanecer le cae tan bien… No puede evitar seguir preguntando.

- ¿Y qué fue de ellas?

- Por increíble que te parezca una se enamoró de otro. Y las demás quisieron más de mí de lo que yo estaba dispuesto a darles –Anastasia me observa en silencio, tratando de digerir mi respuesta. –Las demás, simplemente la cosa no funcionó.

Las últimas horas de confesiones han sido muy intensas, y no tengo ganas de seguir dando vueltas en el pasado. Acepto la sinceridad como elemento fundamental de una relación basada en la confianza, y por eso he aceptado contarle muchas más cosas de las que jamás había contado. Pero ya es suficiente, he volado a través del país para estar con ella, para disfrutar de ella, no para remover en mis historias personales. Recuperando el placer de la sorpresa lanzo otra pista al pasar frente a una señal del desvío de la interestatal que conduce al campo de vuelo.

- Señorita preguntona, estamos a punto de llegar a nuestro destino.

- ¿Dónde me estás llevando?

- A volar.

- ¡Pero yo no quiero volver a Seattle! .¡Se ha asustado!

- ¡No! Quiero compartir contigo la segunda cosa que más me gusta en el mundo. La primera también te incluye, pero esta es más un pasatiempo de altura – la recuerdo en la cama mientras lo digo, tan dulce, tan dormida… imagino mi dedo recorriendo su pierna de la rodilla a la cadera, dibujando círculos, acercándome con el pulgar a su zona más sensible para retirarlo después.

- Más o menos sé a qué te refieres Christian, tú también estás en lo más alto de mi lista de perversiones –dice casi susurrando.

Es tan inocente que aún le da vergüenza hablar abiertamente de sexo. Pero eso cambiará, igual que cambiará su actitud hacia muchas de las cosas que nunca había probado, ni se había planteado probar. Ha empezado a disfrutar de los azotes, así que es sólo cuestión de tiempo.
Un poco más caliente de lo que tenía planeado llegamos al campo de vuelo.

- ¿Has planeado alguna vez?

- ¿Quieres decir, en un avión? – dice tímidamente.

- ¡Claro Anastasia!

- No.

- Pues ven conmigo, preciosa. Esta mañana quiero llevarte a perseguir el amanecer. No hay nada más bonito en el mundo que empezar un día a tu lado, y ver salir el sol junto a ti.

Me inclino para besarla antes de salir a abrirle la puerta del coche y ayudarla a bajar. Cogidos de la mano recorremos las instalaciones hacia la pista de despegue. Busco con los ojos a Taylor, y le encuentro junto a uno de los aviones hablando con un hombre.

- Buenos días Taylor –saludo cuando llegamos a su altura.

- Señor Grey, le presento a Mark Benson, el piloto que va a remolcar el planeador. Señorita Steele, es un placer volver a verla.

Mientras Taylor y Anastasia se saludan me aparto con Benson para establecer un plan de vuelo.

- Señor Grey –dice Benson- me han dicho que no necesita un piloto para el planeador. Hace mucho que no me encuentro con un piloto experimentado por aquí. Será un placer remolcarle.

- Muchas gracias. Hace tiempo que no llevo un planeador, estoy ansioso.

- ¿Dónde aprendió, si no es indiscreción?

- Por supuesto que no. En Alemania.

- Me alegra escuchar eso. Los europeos tenemos una fama merecida de buenos pilotos y en Alemania tienen las mejores escuelas de vuelo libre. Está bien, no le entretengo más. Hace una temperatura perfecta para un vuelo a térmica. El calor de los últimos días hace que la diferencia de temperatura entre el suelo y el aire a estas horas de la mañana y hay muchas corrientes que le ayudarán a subir y hacer un vuelo más largo de lo habitual. Cuanto antes despeguemos mejor.

- Por supuesto. Permítame presentarle a una persona –me giro hacia Anastasia, que cuchichea algo con Taylor -¡Anastasia! Ven, por favor. Esta es mi novia, señor Benson, Anastasia Steele.

- Encantado señorita Steele.

- Bien, no perdamos más tiempo. ¡Vámonos!

Tomo de la mano a Anastasia y noto que transpira más de lo normal. Se la aprieto para tranquilizarla mientras ultimo los detalles del vuelo mientras nos acercamos al planeador.

- ¿Qué velero tiene preparado para nosotros?

- Un Blanik L-23, es el aparato con mejor coeficiente de planeo que existe, 1:28. Lo fabricaron como planeador de entrenamiento pero ya lo verán, surca el cielo con una suavidad inigualable.

- ¿Y la polar? –Anastasia me mira fascinada. Y a mí me gusta dejarla atónita.

- Muy plana, para velocidades de unos doscientos kilómetros por hora se mantiene muy baja.

- Maravilloso. Gracias Benson. ¿Y qué rumbo vamos a seguir?

- Despegaremos hacia el oeste para coger altura, y a cuatro mil pies aproximadamente viraremos nor-noreste y os soltaré.  Nos abre la cubierta de la avioneta y saca los arneses.

- Ya me ocupo yo de los paracaídas.

- Está bien, voy a por el lastre para el vuelo.

No voy a permitir que nadie más que yo se ocupe de la seguridad de Anastasia. Igual que no voy a permitir que nadie más la toque. Anastasia es mía. Nada le va a pasar si soy yo el que pilota el planeador, pero quiero asegurarme de que lleva el paracaídas bien colocado, y de que sabe cómo accionarlo en caso de necesidad.

- Ven Anastasia, voy a ponerte el paracaídas.  Me mira aterrada.

- Vamos nena, ¿es que no confías en mí?

Introduzco sus brazos y piernas por el arnés y ajusto todos los mecanismos de sujeción. Con un tirón suave pero firme me aseguro de que está correctamente apretado. Las correas se adaptan perfectamente a su cuerpo y dibujan su figura, enmarcándola entre las tiras blancas de poliéster.

- Siempre Christian. Siempre. ¿Vas a pilotar tú?

- ¿Y qué esperabas? ¡Pues claro! Vamos, no es la primera vez que vuelas conmigo.

- Ya… pero esto no tiene motor.

- Si no sale bien puedes darme unos azotes al volver. Ahora sube.

Acomodo a Anastasia en el asiento delantero del planeador biplaza y me siento a su espalda. La melena le cae sobre los hombros, brillante bajo la luz de las últimas estrellas que, tímidas, empiezan a desaparecer.

- Recógete el pelo.

Obedece y Benson pone en marcha la única hélice de la avioneta remolcadora. El sonido pasa apagado a través del plexiglás de nuestra cabina. Muy suavemente, empezamos a movernos, atados con una cuerda al aparato de Benson. Noto como el cuerpo de Anastasia se pone rígido, como siempre que está excitada, nerviosa. Empiezan a resultarme familiares muchos de sus gestos, muchas de sus reacciones. El remolcador levanta el vuelo a doscientos metros de nosotros, y su ruido se hace cada vez más tenue. En pocos segundos despegaremos nosotros también y Anastasia verá por primera vez cómo sale el sol sobre el que ha sido su hogar, y lo verá conmigo.

- ¿Estás lista? ¡Allá vamos!




domingo, 21 de junio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 24.1 ( Fans de Grey )


El botones acaba de marcharse después de dejarnos el desayuno especial de la casa en una bandeja tan horrible como todo en este hotel. Por lo menos los productos son de primerísima calidad, y además tenían el té favorito de Anastasia. La bandeja reposa en la mesita, junto a su ropa doblada, lista para irnos. Con cariño y nostalgia pienso en la primera noche que pasamos juntos, en el Heathmann, parece que ha pasado una eternidad desde entonces. ¿Éramos los mismos? Sin duda lo éramos, aunque no lo seamos. Aquella noche tampoco dormí mucho. No paré de observar a Ana, la forma en que su silueta se dibujaba bajo las sábanas, igual que ahora. Con una respiración igualmente pesada. Oh, Ana, sí que hemos cambiado. Tú me has cambiado.

Coloco unos boxers míos junto a sus tejanos, con una sonrisa. Tampoco será esta la primera vez que lleve mi ropa interior. Me da cierta sensación de pertenencia, cubrir sus partes más íntimas con mis calzoncillos. Por fin se levanta, majestuosa en su desnudez; me resulta tan difícil resistirme a ella que me ausento del dormitorio, con la excusa de dejar que se arregle. En la salita, le sirvo un té y retiro la cubierta de los platos dejando a la vista el suculento desayuno que, conociéndola, no querrá probar. Pero yo sí: los huevos revueltos son un sueño, y la mermelada de frambuesa sobre las tostadas de queso fresco, insuperable.

Me asomo a la ventana para ver cómo la neblina que cubre el río Savannah como una manta esponjosa se empieza a disolver a medida que el alba se acerca. Los amaneceres cerca del agua tienen ese efecto sedante, esa suavidad que recuerda el fácil interacción de los elementos en el medio natural. Ojalá fuera así entre las personas también. Ojalá fuera así entre Ana y yo. En medio de otra penumbra, la del baño, la del baño vistiendo algo más que una pícara sonrisa.

- Ven aquí Anastasia. El desayuno está listo.

- No tengo apetito Christian, ¿te parece bien que me lleve algo para comérmelo luego?

- Ana –bajo la voz y la reprendo casi en un susurro. Me saca de quicio, sabe que tiene que comer.- por favor, toma algo.

- ¿Un té? Y me llevaré un cruasán para luego. ¿De acuerdo?

- Está bien.

Sopla la taza humeante y envuelve en una servilleta el cruasán. Con un gesto jocoso me mira mientras se lo guarda.

- En serio señor Grey, a veces me dan ganas de ponerle los ojos en blanco.

Nada me gustaría más, pero, ¿no podría simplemente hacer lo que le digo, sin discutir cada una de mis decisiones? Haciendo un esfuerzo para mantenerme serio le replico:

- Será un placer, no se corte, señorita Steele. Es una forma estupenda de empezar el día.

- ¡Estoy segura de que eso me despabilaría! -¿indiferencia? ¿es eso lo que he notado en su voz?

- Lo dejaremos para otro momento. No quiero disgustarte tan temprano. Acábate el té, por favor, y vámonos, que no quiero que se nos haga tarde.

Recuerdo repentinamente el por qué de haberla sacado tan temprano de la cama y mi malestar por su rebeldía desaparece, igual que la bruma que se desvanece sobre el río a medida que la claridad asoma por el horizonte.Salimos de la mano atravesando el lobby casi desierto del hotel. A estas horas apenas hay movimiento en los hoteles, es ese raro momento en el que los cocineros ya han entrado a trabajar y los recepcionistas de la noche aún no han acabado su turno, por lo que no se mueve un alma. Aún así, los pocos trabajadores que nos cruzamos nos lanzan una mirada en la que se adivina la envidia. Sonrío. Es normal que nos envidien. No todo el mundo puede ser quien soy, ni llevar a una mujer como ésta de la mano. Y eso que lleva una sudadera mía y del bolsillo a lo marsupio abultado asoma la servilleta en la que ha envuelto su desayuno. Como diría mi amiga Elena: Querido, estás irreconocible.

Una vez en la calle el aparcacoches me tiende la mano de mi deportivo descapotable. Anastasia lo mira exultante, y yo apruebo su reacción. Era la que buscaba. Temo que un día pueda acostumbrarse a este lujo que me rodea y del que quiero rodearla a ella también, así que  cuanto más pueda disfrutar de la sorpresa que le provoca ahora, mejor.

- ¿No te parece estupendo que sea Christian Grey?

Por respuesta Ana me regala una sonrisa que ilumina más que el mismo sol que vamos a perseguir.

- ¿No vas a decirme dónde vamos?

- Es una sorpresa.

Con destreza acciono el gps para programar la dirección del campo de vuelo y configuro el dispositivo que sincroniza la música de mi ipod con la radio del coche. Inmediatamente los acordes de la obra maestra de Verdi inundan la madrugada.

- ¿Qué está sonando, Christian?

- La Traviata, de Verdi. ¿La conoces? –por el modo en el que se acurruca en el asiento de piel adivino que es de su agrado.

- No, bueno, he oído hablar de ella, claro. ¿Qué quiere decir?

- La descarriada. Seguro que conoces La dama de las camelias, de Alejandro Dumas. El libreto está basado en esa historia.

Me callo, me doy cuenta de que estoy entrando en un terreno pantanoso. Probablemente Ansatasia conoce la obra de Dumas y en ella se reflejan muchos de los temas espinosos entre nosotros: prejuicios, rechazo social, celos, venganza. Y muerte.

- Sí, la conozco. La desgraciada cortesana –Murmura, haciéndose más pequeña en su asiento. Mierda, Christian, qué torpe eres.

- Pon algo más animado si quieres, esto es un poco triste para estas horas de la mañana. Está sonando desde mi iPod, mira, cambia desde aquí –toco la pantalla que hay en el salpicadero para mostrarle cómo acceder al menú de reproducción. Salvado por los pelos. Tomo nota mental de tener un poco más de cuidado con lo que digo y cómo lo digo, porque no quiero asustar a Ana. Es tan agradable compartir mi tiempo con ella.

- ¿Toxic? –esto sí que no me lo esperaba.

- ¿Acaso te sorprende? No veo por qué.

Ana no deja de fascinarme: mientras intentaba recordarme a mí mismo que tendría que ser más cauto con las cosas que digo, ella va y selecciona Toxic, el estandarte del amor dañino, de las caídas peligrosas.

- No fui yo quien puso esa canción en la lista de reproducción.

- ¿Ah no? –me mira atónita.

- No, fue Leila –trato de mantener la serenidad pero creo que  estoy volviendo al terreno peligroso.

- ¿Y se puede saber quién es Leila?

- No es nadie Anastasia, es sólo una ex. Es historia ya.

- ¿Con eso quieres decir que es una de las quince con las que has tenido una relación? –su tono ha vuelto a endurecerse.

- Sí –respondo sencillamente. ¡Mierda Christian! Me esfuerzo por parecer alegre, tal vez si yo no le doy importancia a esto ella tampoco.

- ¿Y qué fue lo que pasó?

- Se terminó.

- Pero, ¿por qué?

- Quiso más de lo que yo quería –es mi oportunidad de que las aguas vuelvan a su cauce- y yo no. Nunca he querido más hasta que llegaste a mi vida.




sábado, 20 de junio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 23.6 ( Fans de Grey )

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He hecho bien en venir, a pesar de los consejos de Elena en contra de mis planes. Esta conversación nos ha venido muy bien y no sé si habríamos sido capaces de tenerla en casa. El terreno neutral es mucho más importante de lo que parece. Tanto, que hasta hemos tenido la conversación acerca del número de amantes que han pasado por mi cama. Esto es tan nuevo para mí. Nunca antes le había importado a nadie mi pasado, el resto de mis relaciones sentimentales. Aunque, bien pensado, es lógico, porque nunca he tenido ninguna. Y es tan agradable que no sé por qué no lo he hecho hasta ahora. Hemos pasado la cena hablando de cosas tan sencillas como cuál es mi película favorita. ¡No sabía que eso podía ser un tema de conversación!
 
Insomne, como casi siempre, me levanto de la cama y observo a Anastasia, desnuda, entre mis sábanas. Su cuerpo perfecto reposa sobre el colchón, y sube y baja al ritmo de su respiración con una paz que nunca antes había conocido. Qué cerca he estado de perderte, Ana, qué cerca. No podía quedarme allí en casa, en Seattle, sin hacer nada y ver cómo te escurrías de mí, cómo te ibas asustada y no poder decir nada, no saber cuándo ibas a volver, si es que pensabas hacerlo. Como si escuchara mis reflexiones Anastasia se revuelve por un momento en la cama, con un ligero gemido. Al girarse la sábana se desliza por su torso hasta la cintura, dejando a la vista su pecho, firme y redondo, perfecto. Me siento tentado de acercar mi boca a él y lamerlo, centímetro a centímetro, pero no tengo tiempo. Nuestra sesión de sexo matutino tendrá que esperar y, resignado, cubro pudorosamente de nuevo con la sábana su cuerpo, beso su pelo suavemente y susurro: “duerme, Anastasia. Te he echado de menos”.
 
La salita contigua al dormitorio está decorada con el mismo mal gusto, y con la crueldad añadida de que es una estancia pensada para pasar tiempo, no para dormir. Así que inevitablemente la tapicería infame de motivos florales y las pesadas cortinas con motivos marinos están siempre a la vista. Abro mi ordenador portátil sobre la mesa falso Luis XIV con cubierta de falso nácar y me dispongo a enfrentarme de una vez a la maldita crisis de los contenedores en Holanda y a menesteres mucho más agradables, como el plan que tengo en mente para sorprender a Anastasia.
 
Tecleo en Google Rotterdam huelga de estibadores con la esperanza de obtener alguna noticia que me permita saber cuándo va a terminar el conflicto. Con alivio, descubro que se trataba de una crisis provocada por la puesta en marcha de una nueva terminal de descarga de contenedores totalmente automatizada, lo que supondrá un cambio en la condiciones del convenio de los estibadores del puerto, y el consiguiente perjuicio. Pero parece que tras tres días de negociaciones se ha llegado a un acuerdo, y el anuncio de que la huelga se desconvoca llegará de un momento a otro.
Aliviado, cambio las palabras de la búsqueda: vuelo sin motor cerca de Savannah, Georgia.
 
Rápidamente la página de Brunswick Soaring Association aparece anunciando Una inolvidable aventura en Savannah, curioso clico sobre el enlace para descubrir que lo que anuncian son vuelos al amanecer, en dirección a la salida del sol sobre el mar. Sin muchas esperanzas de encontrar a nadie en el campo de vuelo saco mi Blackberry y marco el número que aparece en pantalla. Después de dos tonos una voz tan fresca que me hace dudar de que sean las cuatro y media de la mañana me saluda:
 
- Buenos días, Brunswick Soaring Association, le habla Caitlin. ¿En qué puedo ayudarle?
 
- Buenos días Caitlin. Mi nombre es Christian Grey. Me gustaría utilizar uno de sus planeadores esta mañana, a la salida del sol.
 
- Tendrá que darse mucha prisa señor Grey, ¡el alba rompe en dos horas! Pero ha tenido suerte. Un cliente acaba de fallarnos así que disponemos del planeador. Avisaré a un piloto para que esté listo a las seis en punto.
 
- Eso no será necesario Caitlin, pilotaré yo mismo. Con un piloto de remolque bastará.
 
- ¿Dispone usted de una licencia en vigor, señor Grey?
 
- Así es.
 
- Está bien, entonces necesitaré que la traiga y un depósito de cinco mil dólares.
 
- Ningún problema. Enviaré a uno de mis hombres para que formalice la documentación y a las seis en punto estaré allí.
 
- No se retrase ni un minuto, señor Grey. Ver salir el sol sobre el mar desde aquí es probablemente la experiencia más alucinante que vaya a vivir en toda su vida.
 
- No sabría qué decirle, Caitlin –qué poco me conoce…- Hasta luego.
 
Al colgar veo la luz roja que indica que ha llegado un mensaje durante la conversación que he tenido con el campo de vuelo. Chequeo el remitente, y viene de Holanda.
 
De: Roger Hijjs
Fecha: 2 de junio de 2011 08:03
Para: Christian Grey
Asunto: Grey Enterprises – Europe: Fin del conflicto de la huelga de estibadores
 
Buenos días señor Grey,
 
El sindicato de estibadores acaba de convocar una reunión con todos los responsables de las empresas afectadas por la huelga para informar de su fin inminente. Todos los contenedores paralizados aquí saldrán del puerto a lo largo de la mañana, por lo que en contando los seis días de travesía más los dos que ya hemos perdido, la mercancía estará en Baltimore con tiempo suficiente para ser redirigida a su destino. En las próximas horas le haré llegar los códigos de rastreo para que pueda seguir vía satélite la posición de los contendores en cada momento.
 
Un saludo,
 
Roger Hijjs, representante de Grey Enterprises Holdings – Europe, Inc.
 
Un problema menos. Totalmente dispuesto a pasar una jornada de vacaciones con Anastasia, marco el número de Taylor.
 
- Señor Grey.
 
- Buenos días Taylor. ¿Has tenido un buen viaje?
 
- Sí, muchas gracias.
 
- Me alegro. Necesito que vayas a Brunswick Soaring Association, he alquilado un planeador. Estaré allí a las seis pero hay que pagar un depósito, una fianza o algo así, y llevar mi licencia de vuelo. Yo me reuniré contigo allí en una hora.
 
- Perfecto, señor Grey. Ahora mismo salgo para allá.
 
Llamo a recepción para avisar de que necesitaré un coche en treinta minutos, me doy una ducha rápida y me acerco a despertar a Anastasia. Está tan plácida que me cuesta romper su sueño, pero lo que va a vivir ahora lo merece.
 
- Eh, perezosa, ya es hora de levantarse.
 
- Mmm… Christian…
 
Tan dormida como juguetona me agarra de la camiseta y me atrae hacia ella, torpe y tentadora. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad consigo convencerla de que se levante y se vista, que tenemos que irnos. Lo que daría por parar el tiempo y perderme entre sus piernas un rato antes de salir… Pero el sol no va a esperarnos, tenemos que salir ya.