martes, 6 de octubre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 31.16 - ( Fans de Grey )

Sus ojos repasan cada cosa que cuelga de las paredes, con la curiosidad de un recién nacido que abre los ojos por primera vez. No dice nada. Sé que está es una puerta al universo Grey antes de ser Grey. El universo Christian. El hombre de verdad, el que ha forjado, recuerdo a recuerdo, el empresario de hielo que soy yo. Nada de esto se parece ni lo más mínimo a lo que hay en mi casa, en el Escala y, sin embargo, ni Grace ni yo nos hemos tomado la molestia de retirar los recuerdos. Tendré que hablar del asunto con Flynn, porque es raro, cuando menos.

- ¿Quién es esta mujer? –pregunta Anastasia señalando un pequeño retrato en blanco y negro, una vieja foto en papel. La foto arrancada de un expediente y está de frente, pero bien podría estar de perfil. No sé qué diferencia hay entre una mala madre y una delincuente y, sin embargo, Grace me dio esa foto y todos estos años la he mantenido allí, colgando de la pared.

- No es nadie importante –resuelvo mientras me recoloco la chaqueta, la ridícula pajarita- ¿Quieres que te ayude a subirte la cremallera?

- Sí, por favor –responde, girándose delante de mí y apartándose la cascada desordenada de cabello oscuro de los hombros. Oh, es deliciosa, sencillamente deliciosa-. Pero, Christian, si no es nadie, ¿por qué la tienes en el corcho, con los otros recuerdos?

- Habrá sido un descuido por mi parte. Lista –digo, depositando un beso sobre su hombro, y girándola para colocarla frente a mí-. ¿Y mi pajarita? ¿Está bien colocada?

Anastasia sonríe y feliz de la cercanía que le produce colocar mi ropa, ajusta un poco el lazo.

- Perfecta. Ahora está perfecta.

- Exactamente como tú, nena –le doy un beso largo, intenso, apretando su recién recompuesto vestido contra mí-. ¿Estás mejor?

- Sí, señor Grey. Muchísimo mejor, gracias.

- Un placer complacerla, señorita Steele. Vámonos.

El aire fresco de la noche ayuda a rebajar el rubor de las mejillas de Anastasia, que a duras penas iba a haber podido ocultarlo si no. Con lo otro, no habrá problema. Había calculado esto a la perfección, los azotes antes del baile, que no tuviera que sentarse. No creo que, pese a haber terminado con el dolor de las bolas de plata, el escozor de mis palmazos no iba a ayudar mucho.
Cuando llegamos a la carpa, recompuestos, las máscaras en su sitio, nadie parece haber notado nuestra ausencia, y el baile aún no ha dado comienzo. Nos sonreímos cómplices, satisfechos.


- Damas y caballeros, les ruego que me presten un último momento de atención. Ha llegado, al fin, el momento del primer baile, que tendrán el honor de inaugurarlo nuestros encantadores anfitriones de esta noche, el señor y la doctora Grey. ¿Están listos?

Mis padres salen al centro de la pista de baile radiantes nada más escuchar las palabras del engendro de arlequín que hace de maestro de ceremonias. Carric rodea los hombros de Grace, y ella aprieta su mano con cariño, visiblemente orgullosos el uno del otro.

- Y ahora, por favor, señoras y señores de la Subasta Inaugural, ¿están preparados? Doce parejas, entre las que nos incluimos, nos agarramos de las manos y nos acercamos a la pista presidida por mis padres.

Jóvenes muchachas que sonríen incrédulas, sin poder asimilar que los hombres que las agarran por la cintura hayan pagado miles de dólares para bailar con ellas. Entonces, yo miro a mi Anastasia. Entre esas mujeres y ella hay una diferencia fundamental. Hay muchas, pero una fundamental. La actitud. Anastasia no se comporta como una mujer cuyos servicios han sido obtenidos tras una transacción económica. No. Anastasia se mueve entre mis brazos cómoda, confiada. Enamorada. Anastasia no es como ellas, ni yo como ellos. Somos sólo tú y yo.

El director de la banda, a un guiño del arlequín, se gira sobre los cuatro componentes del grupo musical que, acariciando con los arcos de sus instrumentos, hace salir por arte de magia la dulce melodía de I’ve got you under my skin. Le regalo una reverencia a Anastasia para empezar el baile y ella sonríe, complaciente. Al compás de la suave voz del muchacho que canta flotamos por la pista de baile. Me cuesta mucho separar los ojos de los de ella, que a través de la máscara me indican que me ama, y que yo soy un hombre afortunado. Y me dejo llevar por las palabras de Cole Porter, que parecen escritas para nosotros:


I’ve got you under my skin
I’ve got you deep in the heart of me
So deep in my heart that you’re really a part of me
I’ve got you under my skin

I’d tried so not to give in
I said to myself this affair never will go so well
But why should I try to resist when baby I know so well
I’ve got you under my skin
I’d sacrifice anything come what might
For the sake of having you near
In spite of a warning voice that comes in the night
And repeats, repeats in my ear
Don’t you know little fool
You never can win
Use your mentality, wake up to reality
But each time that I do just the thought of you
Makes me stop before I begin
‘Cause I’ve got you under my skin
I would sacrifice anything come what might
For the sake of having you near
In spite of the warning voice that comes in the night
And repeats how it yells in my ear
Don’t you know, little fool
You never can win
Why not use your mentality
Step up, wake up to reality
But each time I do just the thought of you
Makes me stop just before I begin
‘Cause I’ve got you under my skin
Yes, I’ve got you under my skin


- Siempre me ha encantado esta canción, Ana –le digo, acercándome aún más a ella, para poder susurrar-. Además, resulta de lo más apropiada.

- Yo también te llevo bajo la piel, Christian. Literalmente. O por lo menos literalmente hace un rato, en tu dormitorio –dice mientras me sonríe pícara y yo noto de nuevo una erección que trato de disimular acercándome aún más a ella.

- ¡Señorita Steele! No sabía yo que fuera tan grosera –bromeo, siguiendo su juego.

- ¡Yo tampoco! –responde ella, estallando en una carcajada; cuando se recompone me devuelve la mirada juguetona y prosigue-. Creo que podría deberse a mis experiencias recientes. Digamos que han sido muy educativas.

- Así es –añado-, muy educativas para ambos, no lo puedo negar.


En silencio, Anastasia reposa su cabeza sobre mi hombro mientras bebemos de las palabras que salen de la boca del cantante y aproximándolas a nuestros corazones, dándole color a nuestra historia, recuperando, abrazados, el aliento perdido que no hemos tenido tiempo de recuperar después del sexo. Pierdo la noción del tiempo hasta que noto que Anastasia se aparta de mí, y empieza aplaudir. Miro a mi alrededor. La banda ha terminado el baile, y todas las parejas detenidas en el centro, aplauden al grupo.





lunes, 5 de octubre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 31.14 ( Fans de Grey )

- Ésta era mi habitación. Nunca había traído a una chica aquí –digo, cerrando la puerta detrás de nosotros.
- ¿Nunca?

Anastasia gira sobre sí misma, mirando a todas partes con curiosidad. Es posible que Mia le haya descubierto a un Christian que ella no ha conocido, y esté buscándolo ahora en las paredes de mi habitación de adolescente. Pero ahora no estoy para cuentos. Llevo queriendo follar con ella desde el mismo momento en el que le introduje las bolas en su lubricada vagina antes de salir de su casa. Y tengo ganas de castigarla desde que se ofreció voluntariamente a un público ávido de espectáculo cuando compró mi propio lote en la subasta. Por no hablar de su ofrecimiento a la puja

- No tenemos mucho tiempo, Ana, aunque no nos hará falta mucho tiempo tampoco… Estoy a punto de explotar. Ven, date la vuelta –la atraigo hacia mí-. Deja que te quite el vestido.

Anastasia se acerca a mí, y deslizo los tirantes del vestido por sus hombros, dejando que resbalen. Sus manos suben hacia la cara, y la detengo con la voz.

- No te quites la máscara.

Bajo la cremallera del vestido, y noto cómo la piel de Anastasia se eriza al contacto con mis manos. En mi mente bullen los distintos momentos de la noche en un caldero confuso. Las escenas de mi casa, antes de salir, la tensión en el coche, su mano apretada en la mía, las ganas que tenía de llevármela lejos de aquí, y desnudarla, tal y como está ahora… Y la subasta, después. Maldita subasta. Pero verla así, tan… linda. Tan pequeña y frágil, tan… tan mía.

- Sabes, Anastasia, antes estaba tan enfadado porque hubieras comprado mi lote en la subasta que tuve ideas de todo tipo –digo mientras me quito la chaqueta, me deshago el lazo de la pajarita, me desabrocho la camisa y el calor sube en el interior de mi habitación infantil-. He tenido que recordarme a mí mismo que el castigo no era una de las opciones viables –me acerco a ella que espera inmóvil, los labios entreabiertos, su delicioso cuerpo atrapado en el delicioso conjunto de ropa interior, los ojos cuyo interior sólo he visto yo, escondidos en la penumbra de la habitación tras su máscara-. Dime, ¿por qué hiciste eso?

- ¿El qué? ¿Ofrecerme para la subasta? No lo sé… -su voz arranca con un temblor-, frustración, tal vez; tal vez demasiado alcohol… Y era por una buena causa. Además, Mia me lo pidió y yo…

Anastasia, consciente de que ha obrado mal, de que ha pasado por encima de mí, parece que me ruega extrañamente ese castigo. La forma en que se enfrenta a mí esta vez es distinta de las otras. No hay miedo en sus gestos, no es incomprensión. Me atrevería a decir que es más deseo, más ansia. Pero no puedo dejarme engañar y correr el riesgo de perderla otra vez.

- Me juré a mí mismo que jamás volvería a pegarte. Nunca, ni tan si quiera si me lo suplicabas, Anastasia.

- Por favor –lo desea, lo desea tanto como yo.

- Y sin embargo, me he dado cuenta de que puede que estés muy incómoda en este momento, y no es algo a lo que estés acostumbrada –tantas horas con las pesadas bolas de plata en su interior tienen que dejarse notar…

- Un poco… -dice ella, en un murmullo.

- Por eso creo que podría haber… algo de flexibilidad en mi decisión de no volver a castigarte. Pero, si lo hago, hay una cosa que tienes que prometerme, Anastasia.

- Lo que sea –su voz suena como una súplica que me llena de satisfacción.

- Prométeme que usarás las palabras de seguridad si las necesitas. Si lo haces, simplemente te haré el amor, ¿has entendido?

- Oh, sí, Christian, sí…

Perfecto. Tomo su mano y nos dirigimos a la cama. Yo con la camisa floja, ella en ropa interior y tacones. Los dos con la máscara, como dos desconocidos que se conocen muy bien. Retiro de la cama la colcha y coloco una almohada para hacerle más cómodo el apoyo del pecho. Empieza el castigo y con él, termina la delicadeza. Tiro con fuerza de su mano y ella cae sobre mi regazo. Coloco su vientre sobre mis muslos, el pecho en la almohada, y retiro el pelo de su cuello, para poder admirar toda la belleza pálida de su espalda. Retiro la pajarita del cuello de la camisa y le ato las muñecas en la espalda con ella. Ahora está inmovilizada, casi desnuda, muerta de deseo por mí. Ardiendo. Con la respiración entrecortada. Yo ardo también. Ardo en deseos de entrar en acción.

- Anastasia, ¿de verdad quieres esto? ¿Estás segura?

- Sí, lo quiero.

- ¿Por qué? –por qué, por qué… me tortura la pregunta. Si lo hace por mí no podrá soportarlo. Lo intentamos y no funcionó. Tiene que querer, tiene que querer ella… Tiene que ser ella. Anastasia tarda en responder, y en su silencio, se me seca la boca.

- ¿Es necesario que tenga un motivo? –dice, al fin.

- No, nena. No hace falta un motivo. Solamente estoy intentando entenderte.

Aprieto su cuerpo con la mano, tratando de encajar la curva de su vientre en mis muslos. Inmovilizo sus caderas, acaricio sus muñecas atadas y, cuando noto el primer suspiro de placer escapar de su boca, alzo la palma de la mano y la dejo caer con fuerza, abierta, en el punto exacto en el que se encuentran sus muslos.

- ¡AAaahhhh! –gime ruidosamente Anastasia ante el golpe inesperado. Adopto a medias mi actitud de Amo y, aunque no la reprendo por haberse quejado sin pedir ni obtener mi permiso, no busco reconfortarla. Es más, repito el golpe seco en el mismo punto. Exactamente en el mismo sitio. Allí donde el eco del azote rebotará en el interior listo para mí por las bolas de plata. Y el retumbar del golpe aliviará la tensión que habrán creado con su peso.

- Dos –susurro yo-. Doce, con doce azotes bastará.

Con el tercero descargo la rabia contenida de su puja por mi lote.
Me deleito en la visión gloriosa de su cuerpo semidesnudo sobre mí. Detengo un segundo los azotes, quiero su culo entero a mi vista, sin ropa interior, sin bragas. Deslizo los pulgares por debajo de la goma para retirarlas y ella, adivinando mis intenciones, ahueca el vientre para facilitarme la tarea. Al hacerlo noto lo húmeda que está, lubricada, lista para recibirme. Oh, dios, qué maravilla… Una vez su culo desnudo sobre mis piernas, recupero el castigo. Levanto la mano. Descargo.

- Cuatro.

El cuarto y el quinto por hacerse ido al cuarto de baño a quitarse las bolas sin mí.

- Seis.

Del sexto al noveno, por la erección dejada a medias durante el resto de la subasta. Y los últimos tres, por haber dejado que la miraran otros hombres. La piel de su culo está irritada y enrojecida cuando termino.








domingo, 4 de octubre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 31.13 - ( Fans de Grey )

- Y esos pendientes. En el barrio chino hacen las imitaciones de los Cartier con mucha más clase.

- Oh vamos Lily no seas tan mala –dice otra de las amigas de Mia, a la que tengo que acordarme de enviarle un ramo de flores mañana por la mañana-. A mí me parece encantadora.

- Vulgar, querrás decir. Si encuentras encantadora la torpeza, tal vez, pero yo no apostaría por ella. Christian la dejará en cualquier momento, ya lo veréis.

- ¡Qué dices! Mia nos ha dicho que son novios.

- Estoy segura de que nada ha cambiado –prosigue Lily-. Mia también decía que nunca había llevado a una chica a casa, y estoy segura de que sigue siendo así.

Una parte de mí quiere volverse, y darle una torta. Una bofetada. Como haría un padre con un hijo insolente, maleducado. Pero no voy a dignificar su comentario absurdo con una reacción. Sé que lo dice para que lo oiga, no quiero darle ninguna satisfacción. Finalmente, el maestro de ceremonias se dirige a ella, y todos los músculos de mi cuerpo se empiezan a tensar. Ana… Ana…

- En cuarto lugar, damas y caballeros, permítanme presentarles a la encantadora Ana.

A mi lado, escucho otra vez los reproches de Lily, esta vez en tono más bajo, para mantener la discreción en medio del silencio que se hace cada vez que presentan a una muchacha.
Mia estalla en una risita y empuja a Anastasia hacia el centro de la pista, y trastabillea un poco antes de recuperar el equilibrio sobre los altísimos Loubouttin. Noto sus mejillas ruborizadas por la vergüenza, tan rojas como mis ojos de ira. Estoy a punto de empezar y terminar la puja de una sola vez, pero el doctor Flynn me hace un gesto con las manos. Calma. Trato de respirar hondo. Una vez, dos veces. Vuelvo a mirar a Ana, en el centro de la pista, expuesta ante los ojos de todos. Flynn repite el gesto. Calma. Vuelvo a respirar hondo.

- La bellísima Ana toca con soltura seis instrumentos musicales, practica yoga desde los seis años y habla chino mandarín con fluidez. Por si fuera poco… Sin pensarlo un segundo, y sin darle tiempo a que prosiga inventándose alabanzas de la mujer que amo, y que es mía, le corto en seco.

- Diez mil dólares –digo en voz lo suficientemente alta como para que me oiga el último camarero que haya recogiendo la última mesa en la parte posterior de la casa. Con Christian Grey no se juega. Y con sus posesiones tampoco. Se hace el silencio en la finca Travelyan-Grey. Eso es lo que quería. Basta de gilipolleces. Atónita detrás de mí, Lily ahoga un grito. Ahí tienes, Lily, la bofetada que te mereces. Por descarada, por insolente, por mala.

- Bueno bueno, señores, parece que hemos dado con un bien preciado para el señor de la máscara oscura… ¿Quién será nuestro misterioso pujante, y nuestra misteriosa Ana? En fin, damas y caballeros, da comienzo la subasta con una puja inicial de diez mil dólares. ¿Alguien da más?

- Quince mil dólares –todas las caras se vuelven hacia el doctor Flynn, que ha elevado mi puja en cinco mil dólares y me reta con una inclinación de cabeza.

- Parece que hoy contamos con unos contendientes de altura; bien caballeros.

Trato por un momento de decidir si merece la pena entender o no lo que está haciendo Flynn. Si está testando mi paciencia, si está jugando a tocar lo que es mío, y ver si estoy dispuesto a compartirlo. Pero desecho rápidamente la idea. Esto tiene que terminar ya.

- Veinte mil dólares –digo.

- Veinticinco mil –el doctor Flynn me devuelve la puja.

El silencio a nuestro alrededor es total. Mi tono de voz, tan frío como la actitud de Anastasia, quieta en la atalaya en que se ha convertido la pista de baile mientras dos hombres se retan en duelo por ella. Un duelo absurdo porque tiene el ganador adjudicado desde antes de empezar. Sabiéndome vencedor, sonrío. Tu juego ha terminado, Flynn. Nuestras reglas son distintas, y nuestras divisiones también.

- Cien mil dólares –zanjo la cuestión.

El maestro de ceremonias tarda un poco en reaccionar, y cuando lo hace se vuelve hacia Flynn que, derrotado, me sonríe con las manos levantadas, las palmas hacia arriba, claudicando. Le devuelvo la sonrisa con la misma gracia que le he devuelto cada una de sus pujas, aumentada. El grupo de amigas de Mia, que había enmudecido, recupera la voz.

- ¡Cien mil dólares! ¿Qué decías Lily, que no iba en serio? –estallan en una risotada, imagino que todas, menos una. Comparto su alegría.

- Damas y caballeros, parece que esto es todo. Cien mil dólares a la de una, cien mil dólares a la de dos, cien mil dólares a la de tres. Adjudicada la preciosa Ana por cien mil dólares al apuesto caballero del antifaz oscuro.

Todo el público se une en una ovación cerrada, vítores, aplausos y silbidos a mi alrededor mientras me acerco al borde del escenario para ayudar a bajar a Anastasia. Se acerca a mí, vacilante y sonriente, contenta, supongo, de quitarse del ojo público, al fin. La tomo del brazo, y la calma vuelve a mí. Ya pasó todo, y está aquí, mía, otra vez. Como siempre tuvo que ser.

- ¿Quién era ése, Christian?

- Una persona a la que conocerás después. Ahora, nena, salgamos de aquí. Hay algo que quiero enseñarte, y sólo tenemos media hora hasta que termine la subasta. No querrás que me pierda ese baile por el que acabo de pagar cien mil dólares…

- Un baile bastante caro, ¿no te parece? –me pregunta Anastasia, divertida.

- Así es, pero estoy convencido de que valdrá cada uno de los centavos que me ha costado.

Anastasia se ríe y se deja arrastrar lejos de la carpa, mientras la voz del maestro de ceremonias se apaga a medida que nos alejamos.

- Me informan de que ésta ha sido la puja más alta de la historia de la subasta del baile inicial de la gala benéfica de los señores Travelyan-Grey… Sabía que cada año nos superábamos pero…

Su voz se apaga definitivamente. Atravesamos el jardín donde se prepara la banda para el baile, y la llevo hasta el edificio principal de la casa. Por fin a solas. Por fin los dos. Me quema la ropa, me quema cada centímetro que nos separa. Y los comentarios de Lily me han encendido aún más. Y me han hecho pensar. En algo sí tenía razón, cuando éramos pequeños, jamás llevé a una chica a casa. Nunca entró ninguna en mi habitación. Y hoy puede cambiar eso. Con Anastasia. Es la primera, y la única, que se ha ganado mi confianza. La única capaz de haber saltado todas mis barreras. Impaciente, la llevo hacia el interior de la casa por la puerta trasera. Sin detenerme, la tomo de la mano para poder subir las escaleras que llevan al segundo piso, segunda puerta a la izquierda. La abro despacio, la ayudo a entrar.