miércoles, 23 de septiembre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 30.31 - ( Fans de Grey )

- Mi Ana. Eres mía, nena.

- Sí, soy tuya. Siempre -animada por sus propias palabras el ritmo de su cabalgada se hace más rápido. Tanto que estoy a punto de correrme cuando oigo que se derrumba entre gritos sobre mí, y me dejo ir
- Ohh, nena…

Joder, la satisfacción del sexo con Anastasia no tiene parangón. Nunca había disfrutado tanto, nunca los orgasmos habían sido tan intensos. Y nunca, sobre todo nunca, había terminado con una mujer apoyada en mi pecho recuperando el aliento, coronada por mis caricias, mi miembro aún dentro de su cuerpo. Y, sin embargo, el pelo de Anastasia me cubre el torso, y no puedo evitar cubrirlo de caricias, recorrer la suave piel de su espalda. Concentrarme y notar el aleteo de sus pestañas encima de mí. De pronto se alza, me mira.

- Eres preciosa.

- Y tú eres sorprendentemente dulce en algunas ocasiones.

Me incorporo para salir de ella, y su cuerpo se tensa alrededor de mi pene cuando sale, como queriendo retenerlo. Involuntariamente, su cuerpo me quiere retener. Cuando vuelva a tomar la píldora las cosas serán distintas, mejores. La beso con la ternura que desconocía hasta que ella llegó a mi vida.

- No tienes ni idea de lo atractiva que eres.

Ella sacude la cabeza, sin creerme.

- Vamos, no me digas que no te has dado cuenta. Con todos esos chicos que van detrás de ti…

- ¿Chicos? ¿Pero qué chicos?

- Si quieres una lista créeme, puedo hacértela. Tu amigo el fotógrafo, está completamente loco por ti. Luego está el tipo de la ferretería. Después, el hermano mayor de tu amiga Kate y, por último pero no menos importante, tu jefe.

- Vamos Christian, eso no es cierto.

- Claro que lo es. Todos ellos te desean. Todos ellos quieren lo que es mío -la atraigo hacia mí para darle más énfasis a mis palabras, y susurro frente a ella-, pero tú eres mía.

- Sí, soy tuya -replica sonriendo.

Sus dedos recorren las marcas del lápiz de labios que aún siguen delimitando mis zonas infranqueables. No puedo evitar tensarme, pese a que confío plenamente en ella. Sé que no traspasará los límites, que no irá más allá de donde yo deje que vaya. Pero el contacto humano tan cerca, me incomoda.

- La marca sigue intacta… Quiero explorar -dice, sin dejar de perseguir la línea roja, algo borrada por el roce con las sábanas.

- ¿Quieres explorar la casa?

- Más bien estaba pensando en el mapa del tesoro que he dibujado sobre tu cuerpo.

- ¿Qué significa eso, señorita Steele?

- Nada, sólo quiero tocarte allá donde pueda sin ir más allá.

- De acuerdo, pero… Espera -cedo, no sin hacer un tremendo esfuerzo para dejarme acariciar. Me incorporo para retirarme el preservativo, que cuelga aún de mi pene fláccido. Es odioso-. Detesto estos chismes. Creo que voy a llamar a la doctora Greene para que venga y te ponga una inyección.

- ¿Y tú crees que la mejor ginecóloga de todo Seattle vendría corriendo a tu llamada? -pregunta con un mohín. Sabe la respuesta.

- Puedo ser muy persuasivo, nena -aprovecho el cambio de tercio para retirarle un mechón de pelo de la cara. Hacerle un cumplido suele funcionar. Tal vez si follamos ya, otra vez, retrasemos la sesión de exploración… Necesito hablar con Flynn-. Estás preciosa, me encanta el corte de pelo que te ha hecho Franco.

Y sin embargo, el cumplido no funciona esta vez.

- Para de cambiar de tema, Christian.

Resignado, me recuesto sobre los antebrazos y coloca a Anastasia sobre mí. Tomo aire, profundamente.

- Toca lo que quieras, nena.

Su mano se adelanta hacia mi pecho, los dedos separados, ligeramente tensos. Duda cuándo apoyarlos, en qué momento tocar, y la incertidumbre me incomoda aún más. Contengo la respiración en el mismo momento en el que me roza. Ella siente mi rechazo, y retira otra vez la mano, que empezaba a dibujar el contorno de mi vientre.

- No es necesario que lo hagamos ahora, Christian -su tono suena entre compasivo y apenado.

- Sí, hagámoslo. Es sólo que tengo que… Adaptarme. Hace mucho tiempo que nadie me acaricia, Ana.

- ¿Desde la señora Robinson?

Así es. Elena me tocaba. Elena me acariciaba. Elena conocía mi cuerpo mejor que yo mismo. Elena fue la que me enseñó a quererme, a cuidarme y a respetarme. A mirar de frente cada cicatriz, a vivir con ella sin pensar que eran manchas en mi pasado. Elena, esa mujer a la que le debo tanto y que Anastasia sigue llamando despectivamente la señora Robinson.

- Preferiría no hablar de ella ahora, Anastasia. Este día ya ha sido suficientemente difícil, no quiero que nos lo amargue una conversación acerca de Elena.

- Para mí no es ningún problema hablar de ella -me miente descaradamente.

- Sí que lo es, te sulfuras cada vez que menciono su nombre. Pero mi pasado es mi pasado, y no puedo cambiarlo. Lo cierto es que es una suerte que tú no tengas uno, porque yo no podría soportarlo. Estoy convencido de que me volvería loco.

La sola idea de imaginarme al capullo del fotógrafo intentando besarla, o los ojos con los que su jefe la miraban en el bar, me hacen querer hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. No quiero ni pensar cómo reaccionaria al saber que Anastasia hubiera compartido cama con alguno de ellos. Que la hubieran poseído, visto desnuda, hecho gozar. Sacudo la cabeza.

- ¿Te volverías más loco que ahora? -su mirada picara me arranca una sonrisa. Sé que ha sido sólo mía, yo soy el único hombre de su vida, y así será.

- Me volvería loco por ti, nena.

- Oh Dios mío, si vas a enloquecer tal vez debería llamar al doctor Flynn…

- No creo que sea necesario –suficientes progresos estoy haciendo ya hoy…

Me incorporo, incómodo, molesto por el comentario de Anastasia. Tras un breve instante de silencio ella reacciona, y se coloca detrás de mí. Noto su aliento en mi hombro, cada vez más cerca. Siento una mano que se posa en mi vientre y un escalofrío me azota. Me obligo a mirarla para comprobar que es ella, la única persona en el mundo cuyo contacto estoy dispuesto a tolerar, la que me toca. Cuando mis ojos se cruzan con los suyos mi espíritu se serena. Es Anastasia. Es por nosotros. Sus dedos, que se habían parado esperando mi reacción, arrancan de nuevo.

- Me gusta poder tocarte, Christian –dice con voz suave. Y yo, empiezo a pensar que me gusta que me toque.

La yema de sus dedos traza círculos pequeños en mi estómago, y se deslizan hacia abajo. Se pierden en mi ombligo, serpentean provocándome un cosquilleo agradable. A fin de cuentas, puede que esto no esté tan mal, y suspiro con alivio. Las manos diestras de Anastasia bajan aún más, despertando otra vez mis instintos sexuales. Sin esconder la respuesta de mi cuerpo a sus caricias sobre mi pene, sonrío.

- ¿Otra vez, Christian? –su tono juguetón me enciende aún más.

- Oh sí, otra vez, señorita Steele.






martes, 22 de septiembre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 30.29 - ( Fans de Grey )

En un cajón del cuarto de baño de invitados hay un montón de trastos que han ido quedando en mi casa. Aquí tiene que haber algo. Rebusco entre horquillas, medias, cremas hidratantes y algún que otro frasco de perfume que la señora Jones se afana en conservar y que, no sé bien por qué, nunca he tirado. Ahora me alegro: al fondo del todo hay una barra de labios. Eso puede servir.
Con ella  en la mano llego a la habitación de Anastasia, y la encuentro tumbada en la cama con el ordenador sobre las piernas, enfrascada en la lectura de algo.

- ¿Qué haces? -pregunto mientras me acerco a su lado y me tumbo en la cama junto a ella. Por encima de su hombro acierto a ver que el sitio web que está consultando es uno de esos sobre psicología barata, con los síntomas y el diagnóstico del trastorno de la personalidad múltiple-. ¿Estás mirando esta página web por algún motivo en particular?

- Investigo -dice, bajando de golpe la tapa del ordenador portátil-, sobre las personalidades difíciles.

- ¿Así que personalidades difíciles, eh? Creí que lo tuyo era la literatura inglesa.

- Es mi nuevo proyecto de investigación.

- ¿Ahora soy un proyecto de investigación? Qué lástima, señorita Steele, yo pensaba que lo era todo para usted y resulta que no soy más que una actividad suplementaria, un experimento científico. Me parte el corazón -dejo que el tono teatral quite un poco de dramatismo al hecho de que la mujer que amo esté consultando páginas web acerca de trastornos de personalidad buscando cómo tratar conmigo.

- ¿Y por qué crees que me refiero a ti? –pregunta.

- Mera suposición.

- Tengo que reconocer que últimamente tú eres el único jodido y volátil obseso del control que he conocido íntimamente –confiesa al fin, con un suspiro.

- ¿Últimamente? Creía que yo era la única persona que habías conocido íntimamente… -las palabras le han jugado una mala pasada, y aprovecho para divertirme.

- Bueno, sí… Eso también -replica, ruborizándose.

- Y cuéntame, ¿has encontrado en una página web tan científica como ésta algún tratamiento?

- Creo que necesitas terapia intensiva -dice, recuperando una pícara sonrisa.

Ella no lo sabe, o no es consciente del todo, por mucho que yo se lo diga, pero es mi terapia. La mejor, la única que ha funcionado en toda mi turbulenta vida. Y ahora mismo vamos a hacer la terapia intensiva que tanto cree que necesito.

- Yo creo que te necesito a ti, Ana. Toma esto -le entrego la barra de labios que he cogido del cuarto de baño, y me mira atónita.

- ¿Quieres que me maquille con esto?

- No es necesario si no quieres… Además -señalo el color rojo vivo cuando lo abre-, me parece que este color no es el que más te favorece.

Adelante, Christian. Es ahora, o nunca. Revivo las palabras del doctor Flynn para encontrar el valor que necesito, y hacer esto.
Te has pasado la vida construyendo desde lo negativo, y no hay edificio que se sostenga sobre unos cimientos basados en un no. El “no” destruye. Busca tu zona de confort, y señálale el límite. Dile dónde, cuándo y cuánto puede hacerlo para que te sientas cómodo. Recuerda, no le digas sólo lo que no puede hacer, dale directrices en positivo. En lugar de aquí no, un aquí sí. En lugar de hasta aquí, un desde aquí. Ya verás como poco a poco la seguridad en ti mismo, y en ella, irá aumentando.
Me siento en la cama y me saco la camisa por la cabeza, dejando expuesto mi torso.

- Me gusta tu idea del mapa de ruta. De zonas restringidas.

- Oh, vamos, no lo dije en serio -sacude la cabeza, descolocada, recorriendo con los ojos mi pecho tatuado de pequeñas e irregulares cicatrices.

- Yo lo digo muy en serio.

- ¿Quieres que te dibuje con carmín las zonas restringidas sobre el cuerpo? -sus inmensos ojos azules están fijos en mi torso.

- Sí. Tranquila, se limpia. Lo limpiaremos al terminar.

- Podríamos probar con algo más permanente, como un rotulador.

- O directamente podría hacerme un tatuaje.

- ¡No! Detesto los tatuajes -alza el lápiz de labios y se ríe.

- Entonces será carmín rojo. Ven, siéntate en mis piernas -digo mientras me recuesto en la cama.
Anastasia aparta el ordenador portátil de la cama y se sienta a horcajadas sobre mí.

- Pareces entusiasmada con la idea del mapa -y supongo que también con la de tenerme atrapado bajo sus piernas.

- Ya sabe, señor Grey, que soy una buena estudiante y que me encanta recopilar información nueva. Más, si eso quiere decir que por fin va a relajarse porque yo ya sabré dónde están sus límites.

- Destapa la barra de labios -concentrada en mis pectorales, lo hace-. Ahora dame la mano.
Anastasia me ofrece su mano vacía.

- Esa no. Dame la del pintalabios –insisto contrariado.

- ¿Vas a ponerme caras raras?

- Si es necesario, sí.

Sigue escondiéndome la mano del pintalabios, estirando este juego en el que se sabe superior.

- Es usted tremendamente maleducado, señor Grey. Y yo sé de uno que se pone muy violento cuando le llevan la contraria, o cuando le ponen caras raras…

- ¿Ah sí?






lunes, 21 de septiembre de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 30.28 - ( Fans de Grey )

Un carraspeo sigue a las dos palabras que Taylor acaba de pronunciar jodiendo nuestro momento. Suelto a Anastasia y la aparto de mí bruscamente. Taylor me ha asustado. Por el amor de Dios, ¿cómo es posible que este hombre no tenga la delicadeza básica necesaria para carraspear primero, e interrumpir después?

- Taylor -digo, escrutando su gesto con la mirada. Por su expresión sé que ha habido novedades y que es necesario que hablemos. Ahora. En privado

-. Vamos a mi despacho. Adelántate, ya mismo estoy contigo.

Mientras Taylor cruza el salón en dirección a mi estudio me inclino de nuevo sobre Anastasia. Esto no ha terminado, y va a terminar después.

- Vamos a dejar esto para otro momento, nena -susurro en su oído.

Una vez en mi estudio Taylor saca del bolsillo interior de su chaqueta un sobre de papel de estraza marrón, y me lo tiende.

- Son los documentos relativos al otro equipo de seguridad, señor Grey. El que se ocupará de su vigilancia en el caso de que se separe de la señorita Steele y tengamos que disponer de dos unidades simultáneas.

- Gracias, Taylor. Cierra la puerta, haz el favor -señalo con un gesto la barra de la cocina en la que Anastasia sigue haciendo girar el batidor de huevos en el bol. No quiero que oiga nuestra conversación-. ¿Alguna novedad?

- Eso creo, señor Grey. Hemos obtenido de las cintas de seguridad de la armería una imagen que, aunque no es demasiado nítida, muestra una chica que podría ser la señorita Williams. Un equipo de expertos a las órdenes de Welch lo está comprobándolo en estos momentos.

- De acuerdo -avanzo hacia la puerta dando por finalizada nuestra conversación, y la abro. Tengo que entrevistar a los nuevos hombres, pero ahora voy a comer-. Y estos dos -digo, levantando en el airé las hojas con el historial profesional de los dos nuevos guardaespaldas-, ¿están aquí ya?

- Sí señor. ¿Les hago pasar? Están esperando el itinerario de esta tarde y el plan exacto que van a seguir para la cena benéfica.

- No, yo os avisaré en diez minutos. Tengo algo que hacer antes.

- Estaremos listos y esperando su llamada, señor Grey. Señorita, que aproveche -se despide de Anastasia con un gesto de la cabeza.

Anastasia abre y cierra las puertas de los armarios de la  cocina y responde a Taylor con una sonrisa. Saca dos platos y los coloca en la encimara, sobre un par de pequeños manteles que ni siquiera yo sabía que tenía.

- ¿Comemos? -me pregunta con una sonrisa de satisfacción.

- Por favor, estoy hambriento.

- ¿Hay algún problema? -siguiendo su mirada caigo en la cuenta de que aún llevo en la mano los informes de los equipos de seguridad.

- No -respondo, guardando despreocupadamente los papeles en el bolsillo trasero de mis pantalones vaqueros y pruebo la comida-. Está deliciosa la tortilla, Ana. ¿Te gustaría acompañarla de una copa de vino?

- No me apetece, gracias.

- Como quieras.

Anastasia come despacio, como siempre, como un pajarito ahíto que ya no tuviera más hambre. No hay forma… Trato de apartar de mi cabeza la sucesión de problemas de la mañana, y me levanto para poner de nuevo la música. No quiero discutir, el silencio en este momento se me hace pesado.
Y funciona. La conversación empieza a fluir con facilidad sobre mi infancia. Sobre la parte de mi infancia de la que no me importa hablar. Que si Grace quería que aprendiéramos un idioma, a tocar un instrumento musical, un arte marcial cada uno… Anastasia parece divertida con mis historias de juventud, y a mí me relaja verla tan a gusto. Hablar de mi familia me trae a la mente la cena de mis padres.

- ¿Has pensado ya qué vas a ponerte esta noche? ¿O voy a tener que escoger por ti?

- Aún no lo he decidido… Pero, ¿has elegido tú toda la ropa que hay en el vestidor?

- No, fue una personal shopper de Neiman Marcus. Yo simplemente le di tu talla y una lista con las cosas que quería que comprara para ti. Así qué debería ser todo de tu medida. Ah y, creo que debes saber que he contratado un par de hombres de seguridad para esta noche y los próximos días. Leila sigue en alguna parte de la ciudad, no sabemos dónde, y es impredecible. Lo más sensato es actuar precavidamente y evitar que salgas sola a la calle. ¿De acuerdo?

- Sí, claro. De acuerdo -lo escueto de su respuesta me hace pensar que estará rumiando algo para más tarde.

- Bien, voy a informarles de todo. No tardaré mucho en volver -dejo la servilleta al lado del plato vacío de la tortilla y Anastasia me retiene.

- ¿Cómo? ¿Están aquí?

- Sí -zanjo el tema levantándome de la banqueta y llevando mi plato al fregadero.
Taylor me espera en el recibidor con dos hombres vestidos de riguroso negro, que más bien parecen camareros que guardaespaldas.

- Señor Grey -me saluda Taylor-, ya hemos establecido los protocolos básicos de seguridad de acuerdo a las directrices de Welch. Únicamente queda por confirmar su recorrido de esta noche entre el Escala y la mansión de los señores Grey.

Uno de los dos hombres despliega una tablet en la que aparece un mapa de la ciudad de Seattle. Rápidamente explica qué rutas conviene coge y qué rutas es mejor evitar. Han montado un dispositivo conectado a las cámaras de seguridad vial de la ciudad, de modo que si nos ceñimos a sus indicaciones es posible peinar en recorrido antes de hacerlo.

- Buen trabajo. Cargadme las rutas en el GPS del Audi, y haced lo mismo con el navegador del coche de Anastasia. Está aparcado junto al mío. Saldremos de aquí sobre las siete. No quiero estar pendiente de vuestro coche: es vuestro trabajo y confío en que lo haréis y lo haréis bien. En la fiesta os ruego la mayor discreción. No me gustaría que se organizara un revuelo a costa mía y mi seguridad personal.

- Descuide, señor Grey. A las siete estará en la puerta el coche que les escoltará hasta casa de sus padres, y otro dos hombres están allí ya vigilando los movimientos del exterior. Con el trajín del catering puede ser más fácil colarse, y no queremos correr ningún riesgo.

- Perfecto. Caballeros, buenas tardes. Ah, y, por favor, que se pongan una indumentaria un poco más discreta.

A Anastasia no le va a hacer ninguna gracia tener que seguir unas rutas que, según ella, estarán decididas por mí. Y no atenderá a razones, por mucho que quiera explicarle que es por su seguridad. Y mucho menos querrá dejar que dos gorilas la acompañen día y noche hasta que esto termine. Tengo que encontrar una manera de compensarla por estos sacrificios. Sé lo que ella quiere. Quiere tocarme. Quiere poder acercarse a mí sin que huya. Pero, ¿cómo? Necesito establecer un límite, una línea, un principio y un final del espacio tolerable. Eso es. Una línea.