miércoles, 29 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 27.2 - ( Fans de Grey )

El techo hoy está más cerca que nunca, más negro que nunca a pesar de que toda la sala está pintada de blanco. A pesar de que por la ventana entra toda la luz del cielo inmenso de Seattle. Se me seca la boca, y no soy capaz de decidir desde dónde contarle. Qué decirle.

- Yo… doctor Flynn, lo cierto es que hoy no sé ni por dónde empezar.

- Empiece por las pesadillas –me guía, y agradezco su consejo.

Y entonces le cuento mi terrible sueño. Y a medida que lo hago, mi propio sueño me habla a mí. Y todo tiene sentido.

- He visto mi futuro, mi pasado y mi presente, doctor. Todo en un mismo sueño terrible, en una pesadilla.

- Continúe.

Le hablo de las tres mujeres reunidas en una casa, que era la casa de mi madre, la casa donde fui llevado nada más nacer, si es que mi madre no me parió sobre el sucio suelo de aquella misma casa. Nunca lo he sabido.

- ¿Nació en la casa?

- No lo sé. Creo que Grace y Carrick pidieron los registros de mi nacimiento cuando me adoptaron, pero nunca hemos hablado de ello. Yo no he preguntado, y ellos no me lo han dicho.

- ¿Le inquieta? ¿Querría saberlo?

- No, me da lo mismo. Mi madre era una puta y una drogadicta. Poco importa si justo ese día encontró tiempo para ir al hospital, o si tenía dinero para pagarse un taxi. Probablemente no, probablemente se lo gastó en un pico. Se lo metería. Se drogaría con él. O se lo daría al gilipollas de su novio para que se lo bebiera. Mierda. Maldita perra, ¿cómo se puede ser tan desgraciado?

- No estoy seguro de que no le importe, señor Grey –me dice.

-Y yo tampoco. Tal vez sí, sí me importa.   ¿Puede dolerme? ¿Puede afectarme algo que ocurrió antes incluso de que naciera?

- Por supuesto, señor Grey. Se trata de usted, de su madre. De cómo le trajo al mundo. De cómo quiso traerle. Aunque no lo recuerde, la forma en la que aparece en su mente nos da una idea muy precisa de lo que siente.

- De puta madre. Pues lo que siento es que me parió una puta drogadicta en el suelo sucio de una casa que nunca se ventiló. Y que probablemente un borracho estaba mirando, sentado en una silla, esperando que aquello terminase para poder pegarnos. A cualquiera de los dos, o a los dos. ¿Suficiente?

- Eso lo marca usted, señor Grey. Son sus recuerdos. Ya sabe que puede hablarme de lo que quiera.

- Siempre y cuando no me pase del tiempo, doctor –respodo, jocoso.

- Los dos sabemos que el negocio es el negocio. Y aún le quedan veinticinco minutos –dice, consultando su reloj.

Y sigo con mi relato. Es desde el suelo de esa casa en la que creo recordar que nací que veo toda la escena. Anastasia vestida de Ama dominante en un sofá que una vez fue de terciopelo verde, me mira desde arriba. Es ella la que manda y es una gata porque tiene siete vidas. Ella podrá sobrevivir a esto, aunque yo haya muerto.

- ¿A esto? –me interrumpe el doctor.

- Se ha ido, doctor. Anastasia. Me ha dejado.

- Siga con el sueño señor Grey, ya llegaremos a eso.

Entonces le cuento que quería pedirle perdón, que quería hablar con ella y decirle que sentía ser como era, que sentía no poder dejar de ser así. Y ella era una Ama que quería saber si podía confiar en mí. Y yo no quería responderle, porque la respuesta era no. Por eso no podía. Ni con el cuaderno de Grace. Tampoco podía dibujar porque ahora estoy en manos de Anastasia y ella no me había dado permiso para hablar. Sólo me había pedido una respuesta.

- ¿Y su madre, en qué punto aparece en el sueño? –me reconduce el doctor.

- Mi madre estaba allí desde el principio, tumbada sobre el regazo de Grace. Dormida, o muerta.

Mientras hablo me doy cuenta de que no me importaba que mi madre estuviera muerta. No era una de esas pesadillas en las que quiero gritar porque el hijo de puta va a pegarnos, a hacernos daño. A obligarme a comer guisantes congelados. Mi madre muerta descansa en el regazo de mi madre viva.

- Eso es una gran noticia, señor Grey. Está pasando página.

- Pero, ¿y el resto? La comida, el estofado…

Termino de contarle todos los detalles de la historia, el estofado que prepara y sirve Anastasia, la mesa en la que se sientan las tres y a la que yo no estoy invitado. La resignación sin pena de Anastasia cuando dijo Lo sabía, sabía que no podía confiar en ti.

- No es tan enrevesado, señor Grey. Piénselo. Son el presente, el pasado y el futuro de su vida, como bien ha dicho. El pasado es su madre, que ya no duele, que ya simplemente acompaña. Que estará ahí siempre, porque es su madre. Pero ya no llora, ya no se deja golpear, ya no es la responsable de usted. Primero duerme y, después, simplemente se sienta a una mesa a comer. Grace es el presente. Grace es su madre actual, es quien le sostiene a usted, sosteniendo la cabeza de su madre biológica muerta. Sostiene tus orígenes, sean del tipo que sean: en un suelo sucio o en un limpio hospital. Grace está ahí para usted. Y Anastasia es el futuro. Un futuro que se le presenta fuera de su alcance. Un futuro disfrazado de Ama, pero que sirve guisantes calientes.

- ¿Y eso? ¿Qué quiere decir?

- Quiere decir que puede disfrazar a Anastasia con las máscaras que quiera, con los trajes que quiera, pero ella es una mujer de carne y hueso, hogareña. Que cocina para ti y tus madres la comida que te obligaron a comer congelada.

Me doy unos segundos antes de responder. Creo que lo estoy entendiendo yo también. E incluso mi subconsciente sabe que lo peor que podía hacer en esta vida era perder a Anastasia.

- ¿Algo así como que acabo de perder al nexo entre todas mis vidas? ¿A alguien que me ha aceptado sin reparos, que ha cogido lo peor de mí y lo ha convertido en algo bueno? -pregunto casi en un murmullo.

- Me temo que sí, señor Grey. Alguien que ha cogido los guisantes congelados y, sin juzgar, ha hecho con ellos un estofado. Y ha invitado a la mesa a tu pasado y a tu presente.

Flynn se calla, y lo mismo hago yo. Intento digerir sus palabras, y medir los daños. Cuando Anastasia se fue sabía que no me recuperaría fácilmente pero esto… Esto es aún peor.

- Echo de menos a la otra mujer de su vida, señor Grey. En el sueño, quiero decir.

- ¿Elena? –respondo.

- Sí. Elena no estaba. ¿Por qué?







martes, 28 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 27.1 - ( Fans de Grey )

Sus ojos me miran, inertes, desde detrás de la puerta. Su gesto es el de un animalillo herido, indefenso y orgulloso, que no ha querido dejarse cazar. Un animalillo que, habiendo perdido las fuerzas, se resiste a verse convertido en presa. Pero ahí está, las únicas muestras de vida en su cuerpo son sus ojos sedientos, y su postura, tan erguida… Tan resistiéndose a caer. Me mira, sin reconocerme, al principio. Sus ojos pasando sin posarse en ningún objeto, en ninguna superficie, ignorantes de cualquier acción. Pero de pronto el recorrido de su mirada se detiene, y vuelve atrás. Hasta mí. Hasta mis ojos. Leila me ha visto. Sabe quién soy.

Incómodo, sin saber bien qué hacer, me revuelvo en el sofá de piel, que cruje bajo mi peso. No me atrevo a hablar con ella hasta que no vea al doctor Flynn,  pero joder, llevo cuatro días en estado de ansiedad permanente por su culpa. Y ha estado a punto de hacerle algo a Anastasia. Anastasia… una punzada de dolor me atraviesa al recordarla. Pero ahora no es el momento. Ahora no. Centro mi atención de nuevo en Leila, tratando de entender, tratando de adivinar.

Está sentada en una fina silla de diseño, como todo en este lugar. La inmensa luz blanca que se cuela por la ventana inunda la estancia, comiéndose los bordes de su silueta en un incómodo contraluz. Leila se quiere mover, pero no puede. Pequeño movimientos de sus extremidades sacuden su cuerpo. Un pie ahora, los dedos de una mano después… No deja jamás de mirarme, como si sus ojos pudieran entablar conversación con los míos. Y los míos responden Ya no, Leila. Ya no hablamos el mismo idioma. Has querido herirme. Sin querer, has querido atacar lo único que quiero. Nunca, Leila, nunca, tú y yo volveremos a hablar el mismo idioma.

Entonces sus labios dibujan una frase.

-Sabía que vendrías. Lo sabía. Si limpiaba el camino, vendrías.

¿Qué le habrán dado? Parece totalmente fuera de sí misma física y mentalmente. Lleva unos pantalones vaqueros viejos, y raídos. Sucios. Unas deportivas de cordones y un jersey de lana, pese a que fuera ya no hace frío. Hace semanas que no hace frío. Es como un personaje sacado de otro tiempo, de otra dimensión. Leila fue parte de mi vida una vez, pero es una vida que me parece ajena, lejana y despreciable. Una vida sin Anastasia que ya no es vida, y que ya no quiero.

-¿Señor Grey? – la recepcionista me llama.- El doctor Flynn le recibirá ahora. Pase, por favor.

-Muchas gracias –respondo levantándome.

Antes de abandonar la sala de espera, echo un último y rápido vistazo a la habitación en la que he visto a Leila. Sus labios siguen hablándome sin voz.

-Lo sabía. Sabía que vendrías. Por eso tenía que limpiar el camino. Lo sabía. Lo sabía. Sabía que vendrías. Vendrías. Lo sabía. Limpiar el camino.

El doctor Flynn firma unas recetas en su escritorio, mientras despacha por teléfono algunos asuntos con quien parece la policía.

-Así lo haré, señor agente. Descuide… Por supuesto, haré que el procurador se ocupe del papeleo.

-La cadena de custodia empieza en esta consulta, ya lo sé. Pero supongo que usted debe saber que no es una criminal y, si no lo sabe, le agradecería que me enviara a alguien de la oficina del fiscal lo antes posible. Ya he hecho que un juez autorice que la entrevista tenga lugar aquí.

-¿Algún problema? – interrumpo en voz baja, pero el doctor Flynn sacude la mano con un gesto negativo.

-Eso espero. Y ahora, si me disculpa, tengo pacientes que atender. No todo gira alrededor de su oficina, señor, y si me permite recordárselo, esto es América.

Cuelga el teléfono y lo lanza con fuerza sobre la mesa

- Me cago en todos los malditos agentes incompetentes de policía –gruñe.

Nunca había visto al doctor Flynn así.

-¿Qué ha pasado?

-Que no se puede hablar con un ignorante, coño.

-¿El agente de policía?

-El mismo. El agente Robbins. Apunte bien el nombre en su mente por si alguna vez tiene que cruzarse con él. Yo le recomendaría que lo evitara.

-¿Pero qué ha pasado, Flynn?

-Un gilipollas del vecindario de Anastasia vio a Leila durante horas parada, en la calle. Se asustó y llamó a la policía. Al parecer Taylor la trajo aquí antes de que les diera tiempo a llegar y el vecino les siguió hasta aquí, para no perderles la pista. ¿No le bastaba que se hubiera ido? ¿No era eso lo que quería? – Flynn gesticula y golpea la mesa mientras habla.

-¿Y cuál es el problema ahora? – le pregunto, porque no termino de entender qué ha pasado.

-Pues que la ha denunciado.

-¿Alegando qué?

-¡Acoso! Lo que te digo, es gilipollas. ¡Ni siquiera estaba esperándole a él!

-Hombre, que estaba acosando a alguien es innegable –tengo que concederle eso, al menos.-

-No joda, señor Grey.

-No se preocupe Flynn, haré que mis abogados se encarguen de esto. No habrá ningún problema. Le aseguro que no es la primera vez que me enfrento con la oficina del fiscal, se por dónde apretarles las tuercas. Y ahora dígame, ¿cómo está?

Flynn parece calmarse un poco, y se sienta de nuevo en su silla, detrás de la mesa.

-Hemos tenido que darle un tranquilizante, no se ha tomado muy bien que la trajéramos aquí. Quería a toda costa “limpiar el camino” hasta usted. Eso decía.

-¿Limpiar el camino?

-Quitar de en medio a Anastasia, señor Grey.

Oír su nombre es una nueva bofetada. Anastasia. Anastasia. Anastasia.

-Yo… la he visto, doctor Flynn. No tiene buen aspecto.

-Lo sé. Pero se pondrá bien. Sólo tenemos que mantenerla vigilada, y controlada. Y para empezar ahora mismo estoy obligado a hacerlo no sólo por el juramento hipocrático, sino también por culpa del subnormal del agente Robbins y por la ley. Así que, descuide, yo me ocupo.

-Gracias, doctor Flynn. Y le ruego que no repare en gastos. Quiero lo mejor para ella, yo me ocuparé. No quiero que nada le ocurra, ¿entendido?

-Por supuesto. ¿Está usted bien, señor Grey? No tiene buen aspecto –pregunta el doctor.

-Hace un par de días que se me ha desordenado el sueño. Duermo a deshora y, cuando lo hago, me atacan las pesadillas.

-Pase al diván, señor Grey. Acomódese. Y hableme de esas pesadillas.

Liberado de la tensión que me producía no saber de Leila, me dejo caer en el diván de mi terapeuta, sintiéndome muy muy pequeño. Sintiendo que necesito ayuda.

-Adelante –me dice.

Y sé que no va a decir más. Éstas son las reglas. Él me da el pie, y yo lo tomo como quiero. Y echo la vista atrás, intentando decidir desde dónde empezar a contarle. ¿Desde que Anastasia se marchó? ¿Desde Georgia? ¿Desde que la conocí? ¿Desde la primera vez que Elena Lincoln golpeó mi cuerpo con una vara de bambú?







lunes, 27 de julio de 2015

En la piel de Grey - Capítulo 26.9 - ( Fans de Grey )

Con los ojos nublados por las lágrimas, abro el denso aire para recoger el cinturón del suelo. Apenas con dos dedos, el tacto del cuero en mi piel abrasa. Enloquecido, grito de nuevo. Las mandíbulas apretadas, como si en el mordisco pudiera liberar todo el mal que llevo dentro. Y golpeo. Golpeo. Golpeo sin cesar. Golpeo las paredes, golpeo el banco, recién convertido en potro de tortura para mi pobre Anastasia, mi dulce Anastasia. Sin control, los latigazos destrozan todo a mi alrededor. Fustas, atizadores, pinzas, plumas, todo cae al suelo, cruje bajo mis pies cuando lo piso. Astillas de la madera de la cómoda saltan por los aires bajo los golpes de la hebilla del cinturón, que no perdona. No perdonó antes, y no lo hará ahora.

Y no perdonó ni perdona no porque el mal sea parte de él, sino porque yo lo llevo, yo lo guío y lo conduzco. Era mi mano la que empujaba cada golpe. La misma mano que nunca estuvo tan viva como cuando acariciaba su piel desnuda. Y el recuerdo de los momentos felices me enciende aún más. Tiro el cinturón y con las manos termino de destrozar todo. Rasgo las sábanas entre gritos, armado sólo con mi rabia y mi pena arranco los grilletes de los postes de la cama. Los grilletes que una vez sostuvieron sus tobillos, sus muñecas. Anastasia…

¡Anastasiaaaaaaa !

Acurrucado en el suelo, agotado, magullado y derrotado, hago lo único que puedo hacer. Lo último que puedo hacer. Estiro la mano hasta llegar al iPod, que apenas se ha salvado de mi afán destructivo, y pulso el play. Las voces que Thomas Tallis ideó para una reina servirán ahora para torturarme. Sólo quiero mi castigo. Sólo quiero sentir el dolor que está sintiendo ella para así, tal vez, liberarla. Subo al máximo el volumen, es ensordecedor, y me trae recuerdos encontrados. El muchacho de la casa de acogida, el cuerpo de Anastasia desnudo, mis lágrimas y mi impotencia, la sal del llanto y el sudor del sexo. Merezco sufrir. Y si hay un Dios, que me oiga, y me haga sufrir para liberarla.

He perdido la noción del tiempo. El motete a cuarenta voces se repite en bucle, aturdiéndome. Han pasado las horas y empiezo a tener frío, me duelen los músculos, los huesos, la cabeza me va a estallar. El silencio en el resto de la casa es ensordecedor. Le di el día libre a Gail para poder estar con Anastasia, a solas. Y sólo Taylor sabe que ella no está, pero no se atrevería a venir sin que yo le llamara. Sólo estoy yo, y así será el resto de mi vida. Apago el reproductor y me levanto, a duras penas, del suelo. Aparto con los pies los restos del destrozo que mi furia ha dejado a su paso, los restos de la vida que soy y que alejaron a Anastasia de mí para siempre. Los restos de una vida que soy yo y que odio. Arrastrando los pies, salgo del cuarto al que no creo que jamás vuelva a entrar. Lo quemaré todo. Tapiaré la entrada. Lo borraré. Y bajo las escaleras en dirección a mi habitación. Necesito ducharme, necesito lavar mi ira y descansar. Comer. Beber. Vivir, aunque no lo merezco.

El agua, como siempre, purifica. Levanto la cara para que corra por mi cara, dejando que entre en mi boca por la comisura de los labios, bañando su interior. El calor sobre mi piel me recuerda que estoy vivo y que una vez, solamente una vez, fui amado. Y ser amado es la única cosa comparable a la paz, al sosiego. Y me prometo a mí mismo, bajo lo más puro y lo más limpio que existe que nunca, nunca, volveré a amar a otra. Nunca lo hice antes, ni lo haré después. Consagraré mi vida al amor que no merezco, para así tratar de redimir la culpa que me provoca haber hecho que me quisiera y no haber sabido corresponder. Nunca traicionaré a Anastasia. Si amarla implica dejarla ir, así lo haré. Si amarla significa mantenerla lejos para que no sufra, así lo haré. Y penaré solo, sabiendo que es ella el sentido de mi vida. Sabiendo que he tenido la suerte de conocer al ser más dulce, más generoso y más valiente que ha pisado la tierra.

Busco mi imagen a través del vaho en el espejo, que me devuelve una figura borrosa, fría. Torpemente me seco, me aparto de mí. Y como si tuvieran vida propia, mis pies se dirigen al maldito cuarto en el que nos recostamos juntos por última vez. Un bulto llama mi atención sobre la cama. Una bolsa. Me acerco a abrirla con el corazón encogido, esperando que pueda ser la clave de la jugarreta del destino. Que sea algo que quiera decir que volverá. Que no se ha ido. Pero el corazón vuelve a rompérseme cuando al abrir la bolsa veo una maqueta del Blanik L123. El puto planeador. Y una nota manuscrito:

Esto me ha traído recuerdos de un tiempo feliz. Gracias.
Anastasia

Me tumbo en la cama y coloco el planeador a mi lado. Aprieto la nota en la palma de mi mano, pensando yo también en un tiempo feliz. Fuimos felices, Anastasia, tú y yo, fuimos felices. ¿Qué te he hecho, pequeña?

Las sábanas aún conservan el olor de su piel, en la almohada aún se adivinan los círculos oscuros de sus lágrimas. El ibuprofeno y la crema de árnica todavía están en la mesilla. El tiempo sigue detenido. El sol ha salido y se ha puesto otra vez. No hay razón para desear lo contrario. Sólo quiero la noche. Sólo quiero encontrar una estrella en lo más alto del cielo, y que me haga compañía. Porque nadie más se podrá acercar a mí nunca más y, después de haber conocido el calor del amor, me aterra quedarme solo. Con los ojos entrecerrados escruto cada centímetro del cielo que nos cubre ahora, por separado, a ella y a mí. ¿Dónde estás, Anastasia? ¿Cómo estás? Miro dubitativo el teléfono, pensando si llamarla. ¿Por qué? No quería el teléfono, no quería nada de mí, “arregla tu mierda”. No puedo llamarla, no tengo derecho pero, ¿cómo voy a saber que está bien? Me ocuparé siempre de que esté bien. Aunque ella no lo sepa. Jamás, jamás, dejaré que nada le ocurra.

Detrás de la aguja una estrella titila. Mi estrella. Dejando que brille en la distancia, le confío todos mis pecados, todos mis miedos y mis angustias. Con Anastasia cometí el error de no saber quién era, de dudar de mí y de tratar de ocultarme. Pero me descubrió y lo que vio hizo que se horrorizara. Y, rendido, caigo en un profundo sueño, abrazado a las sábanas que un día antes la abrazaron a ella.

Hace mucho frío, y todo es grande, enorme. Las sillas, las mesas, los pomos de las puertas están a una altura inalcanzable. Intento ponerme en pie, pero no puedo. Y gateo, gateo por una moqueta sucia, rancia, levantada a veces, haciéndome tropezar. Mis torpes manitas pequeñas (¿por qué, tan pequeñas?) se enganchan en las fibras podridas. Anastasia está sentada en el viejo sofá verde de mi madre, vestida con un body de cuero negro.